Redentores y mesías políticos… una clara advertencia

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Elmer Ancona

@elmerando /lmerancona@hotmail.com

Tiene razón el gobernador Carlos Joaquín González cuando dice que ganar una elección no convierte a los políticos en redentores de causas ciudadanas. Nadie tiene varitas mágicas para dar solución a todo.

El principio político nos dice que los falsos mesías son una verdadera estafa para la sociedad. Quien crea y diga que por llegar al poder tendrá todo resuelto está completamente equivocado.

Las causas ciudadanas y los retos sociales, argumenta el mandatario estatal, tienen que solventarse entre todos. La construcción de una comunidad, de una sociedad, es responsabilidad de gobernantes y gobernados.

Para ser más específicos, Carlos Joaquín recalcó que todos los actores políticos están obligados a entablar diálogos, construir consensos y no disensos, para llevar la fiesta en paz.

Con un “entiéndanlo bien”, expuso que es imprescindible comprender que no es viviendo en el pasado, sino teniendo la mirada en el futuro, como se podrá dar solución a los problemas que aquejan a la sociedad.

Problemas, atorones, conflictos, vacíos, diferencias o disensos “no se pueden resolver de la noche a la mañana”. Sólo con un trabajo en común, trabajando unidos, se podrá construir un mejor Quintana Roo.

“Dialogar entre oficialismo y oposición, entre gobierno y oposición, porque nadie, de ninguna manera, puede sentirse redentor, nadie puede tener soluciones mágicas por el simple hecho de haber ganado una elección”.

Así de claro y contundente fue el gobernador del estado en el marco de la Sesión Solemne del Poder Legislativo, por la conmemoración del 45 Aniversario de la conversión de Quintana Roo a entidad federativa.

“La unidad es lo que todos necesitamos para poder entendernos más y mejor, con palabras claras, sin agresiones, sin descalificación ni discriminación. Cuando eso suceda, no dudo que estaremos en las vías de encontrar nuestro destino”.

Para rematar con su discurso, el mandatario estatal lanzó un llamado de alerta a todos los quintanarroenses, pero en especial para los grupos políticos opositores que lo traen en jaque.

“Con la búsqueda de los consensos se logra (la paz, el desarrollo, el progreso), no con el disenso, porque si los beneficios son para todos, también todos sufrimos los perjuicios”.

Y remató con un “no hay lugar para decir que ganar una elección sea sinónimo de resolver los problemas de los ciudadanos”. Triunfar en unos comicios no es suficiente para construir una sociedad pacífica y moderna. Eso que ni qué.

 

El mensaje ¿para quién?

Lo primero que debemos preguntarnos los ciudadanos es para quién o quiénes fue destinado el duro, claro y contundente mensaje que emitió Carlos Joaquín en su discurso.

Si está hablando de que no se puede ser “redentor” de causas ciudadanas por el simple hecho de haber alcanzado el poder, eso significaría que alguien le está exigiendo o algunos lo están presionando para ser un “mesías”. Y como diría un amigo. “Mesías sólo uno, y ese es el de la 4T”.

En su mensaje, Carlos Joaquín también deja ver que detrás de todo esto hay agresiones, descalificaciones, discriminación, golpeteo político por parte de sus adversarios, de sus eternos enemigos.

Es claro que los tiempos electorales, los tiempos de cambio ya se avecinan, lo curioso es que se están dando antes de tiempo y Carlos Joaquín está queriendo armar una estrategia de combate, de resiliencia política.

Para algunos, su discurso quizá esté sonando como un grito de auxilio y no tanto como tambores de guerra; en términos coloquiales, lo que está planteando a sus contrincantes políticos es un “ya bájenle de yemas”.

Lo hace por la vía pacífica, convocando al diálogo y al entendimiento, aunque habrá otros que metidos en su ansiedad para retornar a la “grandiosa silla” se vuelvan más virales que antes. La nostalgia del poder es afrodisiaca.

Ante ellos, tal parece que Carlos Joaquín está afilando cuchillos, está limando la punta de su lanza, preparando a sus batallones y a sus guerreros -si es que los tiene-, para alivianar la ofensiva.

En tiempos de guerra política, todo el mundo se repliega, muchos abandonan al capitán para no ser heridos en las crudas batallas; aquí Carlos Joaquín tendría que preguntarse con cuántos generales y subalternos cuenta y que brillen por su lealtad.

 

¿Recomendaciones?

 

Hasta donde se sabe, el gobernador de Quintana Roo no está precisamente rodeado de gente de su entera confianza; los conocedores del ámbito político local aseguran que está más solo y dividido que José José en sus medias urnas. Mitad aquí, mitad allá.

Lo primero que tendría que hacer Carlos Joaquín es una auditoría de fidelidad, medir y cuantificar al grueso de amigos que tiene, a los que dicen estar con él hasta la victoria… o hasta la derrota. En el cielo o en el infierno es donde uno encuentra a los mejores amigos.

Inmediatamente, comenzar a depurar a sus principales cuadros porque en esos espacios de aproximación es donde más se dan las puñaladas traperas, las traiciones y rapacerías. No es difícil hacerlo.

Basta con tomar decisiones oportunas porque el tiempo pasa volando y los enemigos políticos son los que menos esperan; aguardan los menores tropiezos para hacer caer a su principal adversario. La maldad permea en todas partes.

El paso tres es de vital importancia: armar una estrategia de defensa ante los durísimos embates que se avecinan, porque lo van a culpar de todo; lo van a acusar de muchas cosas, de corrupción, de negligencia, de abandono social… de ineptitud. Ya hay quien hasta le está pidiendo la renuncia.

 

La cuarta recomendación para este gobernador que va a la mitad del camino es la ofensiva, recabar los suficientes elementos para demostrar a la ciudadanía que, en los hechos, sí pudo con el paquete que le encomendaron.

Lo peor que podría suceder a un gobernante no es que le quiten el poder, sino que sus enemigos lo pongan ante la sociedad como el más torpe, el más tibio y mediocre. Como un incapaz.

Los ciudadanos lo dejamos de tarea, en espera de que, efectivamente, Carlos Joaquín no termine ni como redentor ni como mesías, porque es lo que menos espera la gente de sus gobernantes.