Sigue en boga novela policiaca

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  • Villar presentará El último barco el 3 de diciembre en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

 

FRANCISCO MORALES V./AGENCIA REFORMA

CIUDAD DE MÉXICO.- Para hablar sobre un silencio literario que duró una década, el narrador español Domingo Villar elige una imagen adecuadamente naval: “Cuando uno comienza la escritura de un libro, conoce el puerto de partida, pero no siempre conoce el puerto de llegada ni sabe cuánto durarán las travesías”.

Su nuevo libro, El último barco (Siruela) requirió precisamente una travesía de 10 años para completarse, marcado por una pérdida personal, una reescritura casi total y una legión de lectores expectantes.

El tiempo de espera, tras el éxito rotundo de La playa de los ahogados (2009), no hizo más que azuzar a los seguidores de sus novelas negras, protagonizadas por el detective Leo Caldas, y ya han agotado de la nueva entrega nueve ediciones en tan sólo seis meses.

En entrevista telefónica desde Madrid, Villar (Galicia, 1971) cuenta que en 2013 todo parecía listo para el lanzamiento del título, pero una pérdida le obligó a dar marcha atrás.

“Tenía la novela ya prácticamente lista, tenía título, tenía cubierta; la editorial Siruela estaba dispuesta a publicarla, pero en aquellos días falleció mi padre y me encontré en un lugar emocional distinto del que estaba el libro”, relata.

Y sucedió que, de pronto, la trama de la historia, sobre un padre que busca a su hija, súbitamente desaparecida tras un vendaval que azotó las costas de Galicia, adquirió una dimensión distinta.

“El último barco es una novela negra en la que se investiga una desaparición de una mujer, pero también una novela que habla fundamentalmente de la paternidad y la maternidad, de lo complicado que es ser padre y ser hijo”, evalúa.

El propio Caldas, un detective lacónico pero movido a la acción por un profundo sentimiento de empatía por las víctimas de los crímenes que investiga, fue reubicado en la trama para encontrarse en ese momento de la vida en el que la vejez de su padre comienza preocuparle.

Rafael Estévez, su fiel pareja policiaca, también recibe la noticia de que habrá de tener un hijo y un grupo de personajes más, vitales para atender la súplica del padre de la desaparecida Mónica Andrade, también enfrentan conflictos y preocupaciones sobre este tema.

“De manera inconsciente -inconsciente por mi parte-, creo que tracé una mirada bastante circular del asunto. Se ve desde muchos puntos de vista diferentes y cada uno con sus particularidades, y acaba dando una visión bastante global del hecho que supone ser padre y ser hijo”, abunda.

Por lo demás, la trama de esta entrega de la saga de Caldas, que inició con Ojos de agua (2006), contiene todos los elementos que han hecho de Villar un escritor querido, como las serenas y profundas descripciones de su tierra, la costa gallega.

“Yo escribo desde los recuerdos, desde los recuerdos añorantes de un lugar que es mágico, y supongo que parte de esa emoción que a mí me absorbe cuando me siento a escribir acaba regando el libro”, dice sobre la representación de su ciudad natal, Vigo.

Tan atrayente ha resultado la prosa que describe, por ejemplo, las rías de Galicia, que actualmente hay agencias de viaje que ofrecen recorridos turísticos para visitar los lugares de sus novelas.

Esto a Villar lo complace más que cualquier crítica favorable o premio literario.

“Lo que a mí más me enorgullece no es ninguna de estas cosas (de los reconocimientos). Lo que más feliz me hace es que alguien haya podido sentir el deseo de hacer la maleta y conocer mi tierra siguiendo las huellas de mis personajes”, celebra.

Afincado desde hace años en Madrid, no olvida las costumbres y maneras de su Galicia natal, como la importancia del mar en la vida de sus habitantes.

En este libro, que presentará en el marco de la FIL de Guadalajara, también se empeñó en registrar -con modelos reales- la vida de los orfebres, ceramistas y luthiers de la Escuela de Artes y Oficios de Vigo, a la que Mónica Andrade no llega a impartir un curso.

“Sentía la necesidad de contar lo que sucedía en ese edifico que está en el centro de la ciudad, que aparenta pasar inadvertido. Quería darle voz a los oficios artesanos, puesto que el literario es un oficio artesano más”, detalla.

Tampoco olvida su lengua, ya que todos sus libros los escribe simultáneamente en gallego, en el que plasma las descripciones, y en castellano, con el que trabaja los diálogos, y cada capítulo lo traduce él mismo.

Para fortuna de sus lectores, Villar planea emplear a Caldas para resolver más crímenes en la Galicia contemporánea.

“Hacia dónde va a ir, me lo tendrá que decir él, pero lo que sí que he aprendido es a estimarlo (a Caldas), a quererlo, a medida que convivo con él, porque me doy cuenta de que es un policía al que le mueve la piedad y él se sabe en una situación en la que puede hacer que el dolor de la gente que está afectada por un hecho criminal disminuya, y a eso se dedica con todo su afán”, describe.

Esta vez, sin embargo, desea que la travesía al puerto de llegada sea más corta, pero no tiene certeza.

“Espero que no me lleve otros 10 años, pero no lo puedo prometer. Mi compromiso conmigo mismo es tener un libro con el que me sienta a gusto, y eso solamente se consigue dedicándole mucho tiempo y mucho cariño, si es que se consigue”, concluye.

 

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