Cancún 50 Años.

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Fernando Martí / Cronista de Cancún

 

Accidentado, podría decirse. Caótico, en más de una ocasión. Impopular, como todas las imposiciones. Esos calificativos, sin duda, aplican al proceso de creación de los siete municipios que conformaron el nuevo estado de Quintana, allá por el año prehistórico de 1974.

Todo comenzó cuando la Secretaría de Gobernación envió a Chetumal el proyecto completo de la Constitución local, ya redactada, con puntos y comas, un paternalismo que no cuadraba del todo con la erección de un Estado Libre y Soberano.

Para aprobar ese documento “pre-aprobado”, el Gobernador en turno convocó a la elección de un Congreso Constituyente, cuya única función era redactar una Constitución que ya estaba redactada.

Las elecciones, celebradas en noviembre, las ganó el único partido que presentó candidatos, el Revolucionario Institucional (PRI). Así, siete ciudadanos del Territorio se convirtieron en los primeros diputados del Estado, para encontrarse con que alguien más ya había hecho su trabajo.

Pero antes de dar su conformidad, de firmar y de promulgar el mamotreto, se toparon con un capítulo que les pareció incompleto: la División Territorial.

De acuerdo con su propio testimonio, el texto proveniente de México preveía que el nuevo Estado tendría cuatro municipios, idénticos a las cuatro delegaciones del territorio: Othón P. Blanco, Felipe Carrillo Puerto, Cozumel e Isla Mujeres.

El Gobernador en turno les hizo ver que eso era imposible. Para empezar, Cancún requería ser municipio, no podía seguir siendo parte de Isla Mujeres. Para esa fecha ya vivían en los campamentos más trabajadores que isleños en toda la isla.

Además, añadió el Señor Gobernador, como se rumoraba que el destino turístico tenía una vocación extranjerizante, sin duda ese municipio requería un nombre mexicano… ¡y que más mexicano que Benito Juárez!

Así se zanjó la cuestión. Desde luego, nadie preguntó a los habitantes de Cancún si se querían llamar así, ni se evaluaron los méritos de Juárez (que nunca estuvo en Yucatán ni en Quintana Roo) ni se consideró mantener el nombre maya e histórico de Cancún.

Más bien, prevaleció el impulso de complacer al Presidente en turno, que dos años antes había declarado 1972 como el Año de Juárez (y que, por cierto, convocó a un certamen escultórico que ganó Víctor Gutiérrez, autor del impertérrito monolito que adorna la plaza principal de la ciudad).

De ese modo, Benito Juárez, el impasible, obtuvo otro municipio, otra Plaza de la Reforma, otra estatua y otro Palacio Municipal (que no estuvo listo a tiempo), en esta suerte de homenaje interminable que los mexicanos hemos decidido rendirle.

Cancún obtuvo también un territorio inmenso, que se extendía desde Puerto Morelos (cuyos habitantes estaban enojadísimos, pues ellos querían pertenecer a Cozumel) hasta Cabo Catoche.

Ahí fue donde ser armó la gorda: Isla Mujeres casi se amotina. Los isleños habían aceptado, a regañadientes, que les quitaran los terrenos del Proyecto Cancún, pero nunca iban a aceptar que les cercenaran todo el territorio continental.

Así que se pusieron en pie de lucha, hicieron mítines, mandaron cartas, bajo el liderazgo de su propio diputado, el químico Gilberto Pastrana.

Al final, el Congreso Constituyente no la tuvo tan tranquila. Hicieron una gira relámpago por la entidad (de donde surgió la visión de crear otros dos municipios: Lázaro Cárdenas y José María Morelos).

Negociaron lo que se pudo con la gente de Isla Mujeres para llegar a una solución de compromiso: el territorio continental fue dividido, de “El Meco” hacia abajo para Cancún, de “El Meco” hacia arriba para Isla.

Un caso insólito: antes de nacer, el municipio de Benito Juárez había perdido la mitad de su territorio.