Camina por cementerios para contar las historias; evoca caso de los desaparecidos

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  • En el libro, Mariana Enríquez narra desde el culto al famoso Elvis Presley hasta un paseo por las catacumbas de París.

 

Israel Sánchez/Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- Los cementerios, con su plétora de aposentos sepulcrales y cadavérica congregación, inspiran miedo. Pero tener la certeza de que un ser querido reposa en ellos, también puede resultar reparador.

Así lo considera la escritora y periodista Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), voz referencial de la literatura argentina de terror, quien evoca la perversidad de los generales que asesinaron a cerca de 30 mil personas durante la última dictadura militar de su país, de 1976 a 1983.

En ese entonces, varios de los cuerpos fueron arrojados al Río de la Plata o al mar, por lo cual, a pesar de los esfuerzos de los antropólogos forenses y las políticas de memoria del Estado argentino, la mayoría jamás podrán ser recuperados.

Ahí, en la ausencia de un cuerpo, no en la tumba, es donde radica el verdadero horror para Enríquez.

“Las tumbas con nombre y epitafio son una especie de alivio. Así es como deben ser las cosas, ése es el tratamiento debido a nuestros muertos”, responde la autora desde Argentina.

“Un cuerpo abandonado y sin nombre, el cuerpo desaparecido -por supuesto así se llaman las víctimas de la dictadura, desaparecidos- son el verdadero terror para mi”.

 

Sobre la tumba

 

En su más reciente entrega, Alguien camina sobre tu tumba (Antílope), una compilación de crónicas de viaje por distintos cementerios alrededor del mundo, Enríquez incluye la crónica del entierro de una “aparecida”: el cuerpo recuperado de la madre de la periodista y compañera de trabajo Marta Dillon.

“Su madre, Angélica, fue asesinada en 1977 y hallada en una fosa común. Su entierro fue una ceremonia reparadora y política”, precisa.

La también autora de Las cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama, comparte en su nuevo libro los recorridos realizados desde 1995 hasta 2012 por camposantos de Estados Unidos, Perú, Australia, Italia, Cuba, Francia, Argentina, Alemania y México.

“Los cementerios me parecen muy hermosos y me parece también que hablan de los vivos. Son todos notablemente diferentes y reflejan sus comunidades y las maneras de relacionarse con la muerte.

“Me gusta la estética gótica y todo lo relacionado con los ‘lugares’ del horror: un cementerio me satisface como flaneur, desde un punto de vista estético, y recorrerlos también tiene algo de tabú, porque la muerte lo tiene; algo de desafiante”, explica.

 

Sin planeación

 

Tales itinerarios los realiza sin ninguna planeación, aprovechando las constantes invitaciones a congresos, ferias y festivales, como la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, cuando tuvo oportunidad de visitar dos cementerios en la capital tapatía.

“Me interesa que esa ‘precariedad’ sea evidente: no soy una escritora rica que anda por el mundo visitando caprichosamente cementerios, sino que lo hago en mis vacaciones o escapando a compromisos”, subraya.

En el marco de la tradicional celebración mexicana a los fieles difuntos, Enríquez, quien ha sido aclamada por sus relatos donde el horror y lo fantástico se mezclan con lo cotidiano, lo social y hasta lo político, considera que su última obra puede aportar un vistazo a otras tradiciones y otras formas de relación con la muerte.

“(En el libro está presente) un cementerio de indígenas junto a uno de pioneros en Australia; las esculturas eróticas y carísimas de los genoveses; las catacumbas de París y sus muertos-celebridades; el muy particular cementerio de La Habana; el ascetismo de los alemanes, y los 42 cementerios de Nueva Orleans”, detalla.

Todos ellos permiten entrever, además, algunas de sus obsesiones, como la música, los vampiros, el vudú, Elvis Presley o el arquitecto argentino Francisco Salamone, “que hacía portadas de cementerios monumentales, que parecen un set de Metrópolis”, califica.

Este paseo mortuorio de la mano de la autora es apenas el principio, pues adelanta que ya tiene material para una segunda parte. Una fascinación por lo lúgubre que no para.

 

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