‘Descansan’ algunos en la excentricidad; tumbas rebosan de flores, cerveza y ‘guisqui’

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  • Tumbas rebosan de flores, cerveza y ‘güisqui’; tríos o cuartetos tocan los corridos

 

Marcos Vizcarra/Agencia Reforma

CULIACÁN, SIN.- Aquí el ritual es distinto: las tumbas rebosan de flores, hay cerveza, güisqui y agua mineral para tomar; los tríos o cuartetos suenan por todos lados con corridos que fueron hechos para terminar de inmortalizar las leyendas de quienes “descansan” en el panteón Jardines del Humaya.

Es un lugar fuera de serie por su excentricidad, que evoca la memoria de aquellos que deseaban tener un mejor estilo de vida.

“Es el reflejo de los excesos de la cultura del narcotráfico o de la “narcocultura”, como más se le conoce”, dijo Anajilda Mondaca Cota, doctora en Estudios Científico-Sociales por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (Iteso).

“La grandiosidad de esa búsqueda de reconocimiento, que yo pongo en cursiva, es para decir ‘aquí estamos, aquí seguimos y somos quienes somos’, para mostrar lo que en vida pudieron tener o nunca tuvieron, pero que después de la muerte permanece”.

Por ejemplo, en Jardines del Humaya pueden verse construcciones que superan los 5 millones de pesos, como la réplica del Taj Mahal; torres con símbolos griegos, departamentos minimalistas o casas hechas con cantera o mármol importado.

Las construcciones que aquí se hicieron -y se siguen haciendo- tienen un alto poder simbólico para los narcotraficantes, a través de sutiles mecanismos de fuerza que escapan a la percepción; logran atribuir significaciones y otorgar legitimidad a los actos que hicieron en vida, señala la investigadora.

 

Empresarios, políticos…

 

En este lugar descansan los restos de empresarios, políticos y narcotraficantes, como los de Arturo Beltrán Leyva, a quien se le construyó una tumba modesta en comparación con el resto.

Pero en 2009, cuando murió en un enfrentamiento en Cuernavaca, era una de las que destacaba, junto a la tumba donde están los restos de los hijos de Héctor Luis Palma Salazar, “El Güero Palma”.

“Lo que se nota es cómo han evolucionado, porque cada vez las vemos más ostentosas”, señala Mondaca Cota.

“Sabemos lo que gastan en una construcción de esa magnitud, por ejemplo el Taj Mahal, que fácilmente pudo haber costado unos 15 ó 20 millones, a como se observa y a como en otras ocasiones nos lo han dicho albañiles con construcciones menos ostentosas”.

 

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