Crónica de un salto al vacío

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  • El auge de Acapulco propició un crecimiento desordenado de la ciudad, que terminó amenazando su existencia como destino turístico.

 

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

 

A principios de la década de los 70, cuando se iniciaron en el norte de Quintana Roo los trabajos para construir una ciudad que se llamaría Cancún, el turismo en México giraba en torno a una bahía magnética y legendaria, que en unas pocas décadas había alcanzado renombre a escala global: Acapulco.

Refugio del jet-set internacional (ahí vacacionaban las estrellas de Hollywood y los banqueros de Wall Street); destino de inversiones multinacionales (ahí aterrizaron las grandes cadenas hoteleras, como Hilton y Hyatt); coto privado del ex presidente Miguel Alemán (que se había convertido en una especie de zar del turismo).

Ninguna amenaza parecía cernirse sobre la Perla del Pacífico. Algunos datos duros avalaban ese espejismo:

 

  • En 1968, México firmó con Estados Unidos un tratado bilateral aéreo, que permitía a las aerolíneas efectuar vuelos directos al puerto sin necesidad de hacer escala en la Ciudad de México. Las rutas y las frecuencias se multiplicaron, presionando la ampliación de la oferta hotelera

 

  • Las playas de Hornos y Condesa se llenaron de rascacielos; Puerto Marqués y su playa Pichilingue se pusieron de moda, fuera de la bahía tradicional. Incluso, el naviero P. Ludwig arrancó la construcción de un enorme complejo por el rumbo del aeropuerto, con mil cuartos de hotel y un campo de golf, el Princess.

 

  • En 1973, Alemán convenció al presidente Echeverría de construir el Centro Acapulco para atraer convenciones internacionales masivas; con un costo de 50 millones de dólares (similar a la primera etapa de Cancún), el recinto se convirtió, a partir de 1976, en sede permanente del Tianguis Turístico de México

 

  • Con su Reseña Cinematográfica (iniciada en 1979), el fuerte de San Diego (donde tenían lugar las premiere), su yate Fiesta (que surcaba la bahía atiborrado de visitantes), los clavados de la Quebrada (un auténtico salto al vacío) y una costera atiborrada de restaurantes y boutiques, el inventario de atracciones parecía completo y estaba en auge.

 

Pero negros nubarrones se acumulaban en el horizonte. Una mirada atenta bastaba para descubrir que, detrás del oropel y la fanfarria, existía una ciudad disfuncional saturada de asentamientos irregulares, con crecientes índices de marginalidad y violencia.

Incluso la Zona Turística enfrentaba grandes desafíos: la línea costera estaba sobredensificada, las playas habían sido copadas por el comercio ambulante, el tráfico en la costera era caótico, y lo más grave de todo, la mancha urbana desaguaba en la bahía, provocando altos índices de contaminación.

Recuerda Alejandro Morones, en ese entonces funcionario del Banco de México: “Los problemas eran de una magnitud fuera de serie; tan sólo meter una red de drenaje y construir plantas de tratamiento, requería más dinero que el presupuesto completo de Infratur. Era más fácil construir un nuevo Acapulco que reparar el que ya existía”.

Así que el Banco de México canceló la idea de rehabilitar el puerto y, triste es decirlo, el gobierno de México abandonó con el tiempo cualquier tentativa de rescatar Acapulco.

Los detalles de esa historia se encuentran en el capítulo Crónica de un salto al vacío, del libro Fantasía de Banqueros II, que su puede solicitar sin costo al correo electrónico fantasiadebanqueros@gmail.com

 

Ese relato debe ser leído con atención en Cancún, mas no como una anécdota, sino como una lección.

Desde hace varios años, algunas voces críticas han advertido que los problemas de Cancún se acumulan, con inquietante similitud a la zaga de Acapulco: una ciudad marginal y desordenada, una contaminación incontrolable (sobre todo del agua), una movilidad urbana colapsada, y quizá lo más grave, la falta de límites a la densidad hotelera, que ya se encuentra en nivel de saturación.

Los responsables de este último tema, Ayuntamiento y hoteleros, suelen responder a las advertencias con una frase lacónica: no pasa nada. Esa es la moraleja de Acapulco: cuando sí pasa algo, ya es demasiado tarde.