Abraham Oceransky, un creador de teatro

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  • A los talleres del Galeón, el director de teatro llevó también maestros de otras partes del mundo.

 

FRANCISCO MORALES V./AGENCIA REFORMA

CIUDAD DE MÉXICO.- Abraham Oceransky tenía apenas 21 años cuando fue obligado a cerrar su primer teatro. Fue en 1971, en un México recientemente herido por la matanza de Tlatelolco, y con un Gobierno receloso de cualquier reunión de jóvenes revolucionarios.

Y vaya que Oceransky (1943) y sus colaboradores lo eran.

Por aquel entonces, durante sus breves meses de existencia, la hoy mítica Carpa Alicia, montada en las caballerizas del Campo Marte, se había constituido ya como uno de los espacios pioneros de los laboratorios de experimentación teatral del País.

Con talleres abiertos de dramaturgia, actuación, artes circenses, clown –impartidos por figuras de la talla de Juan José Gurrola–, un comedor comunitario para artistas y funciones de la obra Conejo blanco, del fundador de la carpa, era indudable que ahí estaban sucediendo cosas.

Una mañana, sin embargo, al regresar los artistas al enclave teatral peligrosamente cercano a un campo militar, todo se había ido.

“La rompieron (a la carpa) una noche, la cortaron, la despedazaron. Era una época difícil, porque acababa de pasar el 2 de octubre. Estaba muy fresco todo y había mucho temor a que los jóvenes se juntaran, sobre todo en un recinto independiente”, recuerda Oceransky en entrevista.

Donde en otros hubiera cundido el desánimo, en el dramaturgo se avivó una determinación -una obstinación, dirían algunos- que lo llevó a convertirse uno de los más prolíficos fundadores de espacios teatrales de México.

Una máxima anima la labor de quien, a principios de diciembre, recibió el Premio Nacional de Arte y Literatura en la rama de Bellas Artes.

“Yo insisto en que, para que haya mejores mexicanos, hay que hacer mejores teatros”, declara, en entrevista telefónica desde Xalapa, donde reside.

Esta insistencia resultó premiada cuando, también este año, le fue otorgado su nombre al teatro El Galeón, que fundó en una bodega en desuso en 1972, tras el sabotaje sufrido por la Carpa Alicia.

Ahí, entre muchos otros montajes, Oceransky estrenó su influyente pieza “Simio”, en la que vertió sus largas investigaciones sobre teatro ritual y corporal -prácticas escasamente conocidas en México- y que logró mantener en cartelera durante cuatro años, aun con sus desnudos que escandalizaron.

A los talleres del Galeón llevó también maestros de otras partes del mundo, como Francia, Alemania y Japón, y prácticas poco conocidas como el teatro Noh y Kabuki.

“Hicimos las primeras cosas con teatro oriental. Empezamos a traer maestros de Oriente, que en México no se conocían, de teatro japonés, teatro chino”.

Llamar al teatro “Abraham Oceransky” fue, a su vez, un gesto de desagravio, pues también de ahí fue corrido cuando la entonces Unidad Cultural del Bosque (hoy CCB) cambió de autoridades.

“Este premio solamente me da la seguridad de que mi País sí me ama, de que sí me querían y que no he hecho nada de lo que he hecho en vano”, celebra.

En la Ciudad de México fundó también el Teatro Estudio “T”, que tuvo que trasladar definitivamente a Xalapa cuando, en otra mala jugada, lo encontró completamente vaciado por ladrones cuando regresó de un viaje.

Apenas en el 2018, la falta de presupuesto y de ayuda gubernamental lo forzó a cerrar el Teatro La Libertad, también en Xalapa.

Sus teatros, como dan fe quienes han laborado o se han presentado en ellos, forman comunidades que, ante los problemas que los llevan al cierre, deben romperse.

“Toda mi vida he tenido que dejar tantas cosas, tanto amor se ha quedado detrás de mí”, lamenta.

Sin embargo, su optimismo no se agota: “La esperanza de mañana es poder fincar lugares más aptos para la gente, que se vea a sí misma, que aprenda de sí misma, que sea más solidaria, que se acabe la violencia de su vida”.

Con una carrera que supera los 50 años, alumno de la Escuela de Arte Teatral del INBA y con más de 90 montajes dirigidos o producidos, Oceransky también ha llevado a la escena obras de autores como Hugo Argüelles, Emilio Carballido, Vicente Leñero y Sabina Berman.

Gracias, a ello, asegura, ha tenido la vida que ha querido.

“Al mismo tiempo que hago teatro, pulo mi existencia, la modelo, la voy mejorando y voy haciendo de mí el Adán, el personaje que siempre quise ser”.

A los 76 años, declara con voluntad de roble, todavía le quedan teatros por fundar.

“Sigo fumando y tomando café, nunca piso un hospital, estoy sano mentalmente para seguir trabajando. Estoy más viejo, pero eso no significa que estoy en el final, ahora sé que tengo mucho más resistencia. Me he vuelto un árbol fuerte”.

 

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