Sendero hacia la vid

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  • Los caminos que llevan al vino siempre tienen cierto encanto, pero recorrer los Andes hacia viñedos de gran altura roba el aliento.

Teresa Rodríguez / Agencia Reforma

SALTA, Argentina.- Resulta difícil apartar la mirada de sus cimas nevadas, su geografía imponente y su geometría caprichosa; la Cordillera de los Andes es magnética; tanto, que los Incas extendieron sobre ella su imperio.

En compañía de tres chefs y dos enófilos, nos dirigimos 196 kilómetros hacia el sur, a descubrir una región vinícola opacada por la avasallante fama de Mendoza, pero que por paisaje y aventura no le pide nada.

Advertidos están: imposible visitar Salta sin volverse adicto a sus famosas empanadas rellenas de carne picada y papa. Y para maridarlas: un blanco de Torrontés, uva blanca emblemática de Argentina.

Por ello, la primera parada es precisamente a pie de carretera, en D’ Mi Tata. Después de un platón de empanadas salteñas y humitas somos la viva imagen de “barriga llena, corazón contento”.

La montaña nos devora y la panorámica se vuelve espectacular: azufre, cobalto y fierro regalan magia technicolor a crestas y geoformas. En vez de ceder al mal del puerco, aprestamos las cámaras para capturar los rojos, verdes, cobaltos y amarillos que colorean la postal.

Nos adentramos en la Quebrada de las Conchas, reserva natural formada por movimientos tectónicos ocurridos en los últimos dos millones de años. En sus entrañas, descubrimos El Anfiteatro, un majestuoso escenario de tonos rojizos y con la acústica del mejor de los teatros. Lástima que nadie se atreviera a cantar.

La travesía continúa hacia el Mirador Tres Cruces. Tras subir la breve escalera improvisada, el rugir del viento enmarca un momento de contemplación y sonrisas de agradecimiento a la Pachamama.

Antes de llegar al vino, una breve caminata por Los Colorados, entre geoformaciones, paredones, cuevas y cardones, mientras el atardecer embellece sus tonalidades rojizas, terracotas y cobrizas.

Consejo de experta
Patricia Cruz, nuestra guía bilingüe y gran conocedora de los paisajes y la cultura de los Valles Calchaquíes, responde las preguntas frecuentes:

¿Cuál es la mejor época para venir?
Noviembre es un lindo mes, porque las viñas ya tienen fruto, hay buena temperatura y tranquilidad. No sientes los 28 o 30 grados porque estamos en un clima seco.

¿Cuántos días?
Cuatro; nosotros hemos hecho sólo un par de bodegas, pero hay mucho más. A parte de las visitas, está la Estancia de Cafayate donde hay cancha de polo, campo de golf, restaurante y spa.

¿Qué más puede hacerse en esos días?
Tenemos caminata, dentro de la Quebrada hay lugares preciosos, dunas de arenas rojas, cañones cerrados… En la Yesera pueden hacerse recorridos de 2 o 3 horas y ver cortes con 19 tonalidades.
El cerro Chuscha es muy bonito, sin darte cuenta subes y llegas a una cascada con siete metros de altura.
A una hora, en Quilmes, están los ruinas de los originarios de esta región. Avanzando un poquito más, encontramos el Museo de la Pachamama con la evolución de la cultura incaica.
A una hora y media de Cafayate, hay una observatorio; por la noche se hacen visitas guiadas para ver diferentes constelaciones y planetas según la época del año.

Además de las empanadas salteñas, ¿qué otros platillos hay que probar?
El cabrito al horno y las empanadas de queso del restaurante El Rancho.