El aprendizaje: vivir con huracanes

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  • El impacto de ‘Gilberto’ y nueve episodios ciclónicos más en menos de dos décadas hicieron de los cancunenses unos expertos en meteoros tropicales.

CANCÚN, Q. ROO.- Como si se hubieran soltado los demonios, el impacto de “Gilberto”, en septiembre de 1988, no fue más que el preámbulo de unos años muy movidos para Cancún en el tema de los huracanes.

Todavía en la fase de la reconstrucción, una “traviesa” tormenta tropical, “Keith”, entró de lleno a Cancún en noviembre de 1998, con un saldo que no deja dudas sobre la seriedad del incidente: 215 viviendas destruidas, 30 lanchas hundidas, 70 millones en pérdidas. Y ese fue el aviso de lo que vendría.

“Opal” se ensaña con El Salvador y Guatemala

En septiembre de 1995, la depresión tropical número 17 se formó en el Canal de Yucatán. En las siguientes doce horas, un auténtico diluvio dejó bajo el agua las principales avenidas de Cancún.

Tras cruzar la península, provocó inundaciones masivas en Tabasco y Campeche, pero el peor efecto se sintió en El Salvador y Guatemala, donde las avalanchas de lodo cobraron numerosas vidas.

Al emerger al Golfo de México, alcanzó la categoría de huracán con el nombre de “Opal”, pero el daño mayor ya lo había hecho.

Dos semanas más tarde, la tormenta tropical “Roxanne” se enfiló directo hacia Cancún.

Con el recuerdo de Gilberto, la ciudad vivió una alerta muy intensa; entre las diligencias que debían hacerse, estaban la de tapiar ventanas, descolgar letreros, rescatar lanchas, comprar provisiones, en fin, todas las actividades que sugiere el manual de huracanes.

Al final, viró hacia el oeste y tocó tierra en la Zona Maya, donde ocasionó daños de poca relevancia.

Ataca la Riviera Maya

En octubre de 1998 el susto se llamó “Mitch”.

Su fuerza era tan impresionante que tiró muelles en la Riviera Maya, cuando el ojo se encontraba a tan sólo 800 kilómetros de distancia de aquí.

“Mitch” penetró las costas de Honduras, provocando colosales avenidas de lodo que sepultaron poblaciones completas.

La cifra oficial de muertos, más de nueve mil, sitúan a “Mitch” como el tercer huracán más mortífero de la historia.

Alertas, por si acaso…

En septiembre del 2002, un huracán menor, Isidore, golpeó el extremo occidental de Cuba, y luego se dirigió a la costa de Yucatán.

Era muy improbable que virara hacia el sur, pero las alarmas se prendieron en toda la ciudad. Isidore vagó por días paralelo al litoral, devastando la costa norte de la península: 50 poblaciones afectadas, más de 70 mil damnificados

En septiembre del 2004, una bestia pavorosa llamada “Iván” se enfiló directo hacia Cancún, en una trayectoria idéntica a la de “Gilberto”.

El pánico, justificado, fue mayúsculo. Por suerte, “Iván” torció rumbo al norte, castigando con severidad las provincias occidentales de Cuba, para luego vapulear Florida y rematar en Texas.

¡Y venían más!

En julio de 2005, la tormenta tropical “Emily” penetró por la Riviera Maya, entre Xcaret y Puerto Aventuras, con ráfagas de 270 kilómetros por hora.

Los destrozos fueron mayúsculos. La mitad de la planta hotelera de Cozumel resultó averiada, mientras en el continente sucumbían siete mil viviendas y 20 mil hectáreas de cultivo.

El meteoro obligó a la evacuación forzosa de 30 mil turistas y el cierre de nueve mil cuartos de hotel, en aquel entonces la quinta parte del inventario estatal.

Agosto 29 de 2005, el huracán “Katrina” impacta la costa sur de los Estados Unidos y la marea de tormenta borra del mapa las poblaciones de Biloxi y Gulfport, en Mississippi.

Los diques de Nueva Orleans no aguantan y “la capital del jazz” se sumerge bajo las aguas de su propio lago.

El hambre y la peste se cernieron como amenazas en el país más poderoso del mundo. Los daños materiales suman 80 mil millones de dólares, el huracán más costoso de la historia.

Cancún no estuvo cerca de la trayectoria de “Katrina”, pero sí está cerca de Nueva Orleans, en el mismo mar, con los mismos huracanes.

“Stan” y lo que provocó

El sábado 1 de octubre de 2005 amanece despejado en Cancún, pero por la tarde cae un chubasco de proporciones bíblicas.

Llueve toda la noche y la ciudad despierta bajo las aguas, con inundaciones de metro y medio en algunas regiones. El culpable de tanta humedad fue una perturbación común, que se convirtió en la tormenta tropical “Stan”, uno de los huracanes más destructivos de la década.

Muy mal le fue a Chiapas: 30 ríos se desbordaron, arrasando pueblos enteros en el área de Tapachula.

Peor le fue a Guatemala, donde un pueblo entero, Panabaj, quedó sepultado bajo una montaña de lodo, muriendo la totalidad de sus 800 habitantes.

El saldo de “Stan” para México fue pavoroso: cientos de muertos, 19 mil lesionados, 58 mil evacuados, 155 mil viviendas destruidas, 125 carreteras dañadas, 800 colonias inundadas. Una tragedia, pero a la vez una lección.

Lecciones aprendidas

“Gilberto”, “Keith”, “Opal”, “Roxanne”, “Mitch”, “Isidore”, “Iván”, “Emily”, “Katrina” y “Stan”. Diez episodios ciclónicos en menos de dos décadas, un verdadero curso intensivo en materia de huracanes.

Tanto así que no es un disparate afirmar que la población de Cancún se ha graduado en la materia.

Tal vez no sean muchos quienes entiendan las complejidades de la escala Saffir-Simpson, ni conceptos técnicos como la convección de los vientos y los matices del efecto Coriolis, pero todos saben a qué velocidad avanza el peligro y pueden calcular de qué tamaño es el monstruo.

Más importante aún: la gente se prepara. Las ventanas se cubren con tablones o se protegen con masking tape (y muchas tienen cortinas anti-huracán), las azoteas se limpian (para evitar proyectiles voladores), los árboles se podan (en caso de alerta de huracán, se pueden talar sin permiso), las lanchas se sacan del agua, los aparatos eléctricos se forran en plástico y la alacena se llena de provisiones: agua pura, comida en latas, pilas para radio y linternas, pastillas de cloro, botiquín de primeros auxilios.

Eso parece poco, pero es mucho. A la hora de la emergencia, es vital contar con que la mayoría de la población sabrá refugiarse en casas seguras, que permanecerán alejados de las ventanas, que no saldrán a curiosear durante la fase crítica, que cuidarán de los indefensos.

Un recuento detallado de esa experiencia acumulada se narra en el capítulo “La cultura de huracanes”, del libro Fantasía de banqueros II, que puede solicitar sin costo al correo fantasiadebanqueros@gmail.com.

Después de leerlo, se entiende muy bien la sentencia que asegura que los huracanes son los impuestos que tenemos que pagar por vivir en el paraíso.

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