Carbones Políticos: El asesinato de jóvenes… gobiernos que huelen a sangre

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Elmer Ancona

Hay gobiernos que huelen a sangre, que saben a sangre. La falta de determinación y valentía para frenar los altos índices de criminalidad, hacen a los políticos cómplices del asesinato de nuestros queridos jóvenes.

Con el reciente asesinato de los tres universitarios en Puebla, amantes de la medicina a su corta edad, con ganas de comerse al mundo profesionalmente, hacen que los gobiernos se conviertan también en criminales.

Lo mismo sucede en otras partes de la República, principalmente en Guerrero, Michoacán, Guanajuato y Veracruz, puntos neurálgicos donde el crimen y la delincuencia se mueven como peces en el agua.

La omisión, la apatía, la indiferencia, la mediocridad política también son un crimen, y los gobernadores, como principales responsables de conducir el destino de los ciudadanos, al no frenar la delincuencia, también tienen parte de culpabilidad.

Es cierto, los gobiernos no activan el arma homicida, no jalan el gatillo, no persiguen ni torturan a los jóvenes antes de arrebatarles la vida, sin embargo, no mueven un solo dedo para detener la maldad que aqueja a diversas ciudades.

Tal parece como si estuviesen coludidos, atemorizados, acobardados ante el actuar de los hampones que hacen de las suyas sin que nadie -ni Ejército, ni Marina, ni Guardia Nacional– hagan algo para acabarlos.

Quizá sea por la torpe decisión presidencial de tratar con dedos de seda a quienes violentan la ley, bajo la falsa idea de que, encerrándolos, encarcelándolos, no se logra mucho.

Como político, es muy fácil ver pasar la vida sentado en un trono de soberbia, desde donde no se pueden presenciar las aterradoras historias que viven a diario los ciudadanos.

Es muy fácil estar metido entre cuatro paredes donde no se escucha el lamento ciudadano; la demanda social; el grito de auxilio que niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos que son lastimados por la perversidad de muchos.

Es tremendamente seguro estar rodeado de patrullas, de agentes, de escoltas que les dan protección como mandatarios estatales las 24 horas del día, mientras que los demás, los gobernados, se convierten en víctimas de la criminalidad.

 

A manera de ejemplo

 

Hace un par de días, cientos de estudiantes de Medicina, de diversas universidades públicas y privadas, se pararon a las puertas el Palacio de Gobierno para gritar a Miguel Barbosa Huerta, el tímido mandatario poblano, que está haciendo mal las cosas, que la gente de su “Movimiento de Regeneración” está haciendo terriblemente las cosas. Pero no hace caso.

Ha prestado oídos sordos a todo lo que suene a crítica, a demanda, a protesta, porque cree que los “conservadores”, los “neoliberales”, los “enemigos de siempre”, los de la “derecha”, están detrás de todas las protestas.

Pero no es así, son las familias poblanas, los conductores de Uber (porque también están matando a sus conductores), las feministas y otros tantos sectores, los que reprochan su indiferencia política.

Al igual de Barbosa Huerta, otros gobernadores y alcaldes deberían estar heridos, lastimados, compungidos, avergonzados, llenos de pánico ante la tristeza y la preocupación que está sumiendo a todo un pueblo, a toda una sociedad que les exige que gobiernen.

No pueden hacerse de la “vista gorda”, no pueden pensar que se vive en la “normalidad” cuando, uno a uno, están muriendo nuestros queridos jóvenes que únicamente piden estudiar, divertirse, vivir la vida como quisieran.

¿No les da vergüenza? ¿No creen que deberían convocar a la sociedad, a todos los sectores sociales, para hacer algo por el bien de la gente, para detener a esa gente mala y perversa que sólo piensa en arrebatar vidas, sin pensar en el dolor que causan a las familias?

A todos esos gobernadores, más valiera sentarse con su gabinete a reflexionar cómo van las cosas en el estado que gobiernan, a replantear las estrategias de combate al crimen y a la delincuencia.

Más valiera que se sienten con sus alcaldes, sin distinción de partidos ni ideologías, para ver cómo pueden detener a aquellos que sólo piensan en crear dolor en los ciudadanos de bien.

Mientras tanto, el gobierno del morenista Miguel Barbosa hoy huele a sangre, sabe a sangre, y así seguirá mientras no haga algo importante para hacer lo que le corresponde: gobernar.

El presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, los gobernadores, los alcaldes, los diputados y senadores, los ministros y jueces no pueden callar ante la maldad que avanza aceleradamente en México.

No pueden permanecer pasivos e inertes, ciegos y sordos, ante el clamor de miles de mujeres y de hombres que en público y privado protestan por las malas políticas públicas en materia de seguridad.

Los políticos no pueden seguir “apapachando”, protegiendo, cobijando, sobando las espaldas a los criminales que arrebatan pertenencias y que acaban con la vida de nuestra gente.

El Ejército Mexicano, la Marina, la Guardia Nacional deben, a la de ya, lo más pronto posible, activarse para usar toda su inteligencia, toda su infraestructura, todo su amor y lealtad a México, para defender y proteger a quienes más se deben: a su pueblo.

Si el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) no puede o no quiere responder al clamor social, con todo respeto, que se haga un lado para dejar trabajar a quienes sí quieren, sí pueden y sí saben.

En términos de seguridad, los mexicanos en lo que menos piensan es en las banderas políticas, en los colores partidistas. Lo único que exigen es protección a su integridad.

Valga esta columna en memoria de nuestros queridos universitarios, a nuestros jóvenes médicos que perdieron la vida en Puebla por la indiferencia de los gobernantes.

Twitter: @elmerando  

#CarbonesPolíticos | El 9 de marzo: ¡Con ellas, siempre… sin ellas, nunca!