‘La fuerza de nuestra voz’

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Cientos de mujeres de todas las edades marcharon del Malecón de Tajamar hasta la Glorieta del Ceviche, en Cancún.
  • Cientos de mujeres de todas las edades marcharon del Malecón de Tajamar hasta la Glorieta del Ceviche, en Cancún.

ELMER ANCONA

CANCÚN, Q. ROO.- Seis jóvenes mujeres corren, atraviesan la Tulum a toda prisa como pidiendo no llegar tarde a su cita en el Malecón de Tajamar. Se les ve urgidas por levantar la voz. El entusiasmo es inocultable.

Son las 16:20 horas, tiempo de unirse, de solidarizarse; van vestidas de negro color luto, color muerte; algunas con pañoleta colgada al cuello, signo de que simpatizan con “Marea Verde”, icónica organización feminista que organiza la protesta en nombre de muchas.

Son mujeres que gritan ¡Ni una más, ni una más!, ¡No nacimos para morir violentamente!, ¡Sistema asesino de mujeres!; mujeres que ponen el puño en alto pidiendo solidaridad a los mirones.

Sus pancartas llevan leyendas de demanda, de exigencia, de gritos que no pueden ser callados; son el llamado a una sociedad inerte, dormida, poco solidaria ante la caída de muchas, de cientos, de miles.

Son llamados de ultimátum a autoridades que no oyen, que no quieren ver, que se quedan quietas ante el asesinato no de una, sino de decenas -diez al día en México- ante la mano asesina de “quién sabe quién”, porque no se investiga.

Hombres mirones que, temerosos, ven todo desde lo alto de un puente, como queriendo no asomarse por las rejillas para no ser identificados, que en voz bajita susurran “Son un chingo”, “tienen razón al protestar”, “Ahora sí, hasta dan miedo”.

También algunos periodistas cautelosos que, haciendo eco a la petición de las marchistas, realizan su labor con prudencia, respetando las normas del no acercamiento, para que las mujeres no se sientan agredidas, identificadas, perseguidas.

Aparece de pronto todo el contingente, llevan a la vanguardia una batucada para hacerse oír, para hacerse ver, para hacerse “visibles” ante la ceguera de una sociedad que no quiere darse cuenta de los espantos que aparecen a diario, que atormentan, que acaban.

Mujeres embarazadas con leyendas “por el derecho a decidir”; mujeres con discapacidad que se unen a la protesta con todo y silla de ruedas, con ganas de andar entre ellas, entre todas.

Niñas, adolescentes, jóvenes, adultas y adultas mayores que, a coro, al unísono, bajo las indicaciones de quienes las guían por contingentes, piden ser respetadas, exigen ser protegidas. Otras más demandan justicia por las mujeres caídas por el simple hecho de ser mujer.

Hoy, esas cientos de mujeres parecen dar una lección al mundo que tiene puesta la mirada en ellas; por eso se arrojan al piso, quietas, inertes, silenciosas, enmudecidas, en solidaridad por las que se fueron.

Los demás observan y callan; los demás respetan las normas solicitadas previamente en esta marcha-protesta, pero también se solidarizan con ellas porque hoy es su Día, como debieran ser los demás días del año, de toda la vida.

Para ellas no importa el número, importa su voz; no saben si con cientos, si son miles. Simplemente saben que lo que dicen en la marcha, su marcha, tendrá repercusión. Que ni qué.

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