WAYEB POLÍTICO: El poder de las mujeres

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Édgar Félix

Hace algunos 50 años la mayoría de las mujeres en México eran objetos, una especie de adornos sociales. Abnegadas, casi siempre en la cocina, recibían regalos como planchas y licuadoras, tenían prohibido “vestirse provocativas”, llevaban 20 años acudiendo a las urnas, hablaban con sus amigas sobre sexo, rara vez con la familia, recibían las primeras clases de sexología mediante “atrevidas” fotos de los órganos reproductores de la mujer, del hombre y acudían a misa los domingos para confesar sus pecados.

Todavía había escuelas para niñas, albercas para mujeres, tenían que ser obedientes ante las órdenes de sus esposos, ellas no podían llevar serenata, estaban inundadas de ídolos mexicanos cantantes y machos, tenían prohibido acudir o entrar a una cantina; cuando eran golpeadas por padre, esposo o amigo era un acto de justicia.

Las mujeres, la mayoría de ellas, peleaban por su independencia, por no depender económicamente de hombres que abusaban continuamente del poder otorgado tácitamente por las leyes y la fe católica, ser pobre y ser mujer era un binomio trágico porque tenían que estar atrás, usaban casi siempre falda, traían colgado el rosario para pedir perdón continuamente y subirse a una bicicleta o caballo eran actos de provocación.

No hace mucho sucedía todo eso. Entre esas mujeres aparecían heroínas en universidades, en la vida política, en las empresas, en los negocios, en los medios de comunicación, empezaron a ganar espacios ante continuas y fuertes recriminaciones, peleas familiares por “comunistas” y “revoltosas”, por “facilitas” y “rebeldes”, en las calles merecían ser señaladas porque “no se daban a respetar”.

Cinco décadas son muy pocas, pero para muchas mujeres esos años fueron como estar bajo el agua, tratando de sacar la cabeza y luchar por una libertad natural, negada, quitada y destrozada. De ahí comenzaron los primeros movimientos feministas en México, cuando en otros países la ola de acuerdos sociales y reestructuración se pintaban de rosa y morado. Cada vez fueron más y comenzaron a ganar espacios hasta que llegaron a parar este país.

Un día sin ellas son más de cincuenta años de lucha, un día al que llegaron después de teñir este país con mucha sangre, con el sudor inaudito de sus inteligencias y las lágrimas del averno excomulgadas. No sé cuántas mujeres tuvieron qué morir pero han sido muchísimas cigarras que ahora salieron a las calles a cantar, a gritar, con sus hijas, sus nietas, con toda la fuerza que traen y esa alegría contagiosa. Ni una más, ni una menos. Cimbraron todo a su paso.

Pero no están en el fin de la historia sino en el comienzo de otra escalera. Hay muchas inercias alrededor incrédulos de sus capacidades y conquistas. No ha sido fácil para ninguna de ellas haber salido el domingo pero la libertad se contagia. Ya lo vimos.

Que si el feminismo radical, que si el feminismo liberal, que si el feminismo machista, que si el feminismo aparente. Aquí en México no caben porque hablamos de violencia y asesinato brutal, continuo y masivo contras las mujeres. Son realidades muy distintas con otras naciones donde el camino ha sido más terso porque viven en un Estado de Derecho. Aquí, también, existe la iglesia católica que quemaba brujas, pero nadie cuestionaba a quienes lo hacían. Seguimos sin considerar el retraso ejercido en esta lucha femenina de esa institución del Estado del Vaticano.

La lucha de las mujeres es, ya, un asunto de poder, más allá de solventar la violencia ejercida contra ellas y de la falta de equidad de género. Los escalones que pisan ahora ya las hace mayoría en el sector productivo pero todavía hay resistencias al salto pleno en la vida política del país. Es decir, el Estado patriarcal fundado y defendido por muchos años por las élites comienza a desmoronarse en pedazos para erigirse, tal vez, en matriarcal sino existen los equilibrios y si no hemos madurado lo suficiente para buscar equilibrios.

No se trata de que los hombres pierdan poder sino que se ausenten los abusos en las decisiones del rumbo de la nación. Pero como obtener equilibrios si en esta lucha conviven las ideas extremistas de Kate Millet y la androginia contra la corriente del feminismo cultural. Cultural desde el punto de vista de pactos y valores entendidos en la sociedad y no cuadros al óleo en galerías. Por eso es ridículo observar lo que vimos el domingo en todas las plazas del país como un derrocamiento del  gobierno de López Obrador.

Los canales para comenzar los cambios pendientes para las mujeres se irán dando gradualmente, como hasta ahora. El sistema político es demasiado lento y perezoso para recibir las propuestas del nuevo feminismo mexicano naciente. La llegada de diputadas, senadoras, gobernadoras, asambleístas, lideresas y dirigentes mujeres no quiere decir que abanderan causas feministas. Hablamos de equidad, pero aún falta empoderar a las mujeres en todos los ámbitos.

De alguna manera se cierra el ciclo más trágico de la lucha feminista pero se abren muchos frentes más. De la cantidad pasamos a la calidad como ha ocurrido en otras conquistas femeninas en países más parecidos al nuestro, como Chile o Uruguay. Aquí con el adherente de la violencia institucionalizada, “la muerte que se merecía” como si fuera la moneda de cambio.

La indignación ya nos contagió, ya inundó las mentes cerradas de hace tiempo. Las mujeres marchan ahora por más espacios de poder, con los equilibrios que debe brindar un Estado democrático, para instaurar un sistema balanceado, en el que puedan convivir en paz los mexicanos. Falta mucho, pero estábamos peor hace cincuenta años. Medio siglo es muy poco.

ALUX: Hermelinda Lezama, alcaldesa de Benito Juárez, vive horas difíciles por los escándalos de corrupción que comienzan a tronarle bajo los pies. Desde el negocito familiar de la Desarrolladora Cumpal y ahora con el contrato millonario con Celsol, empresa comandada por Enrique Gómez Junco. El problema se acentúa porque se trata de un contrato remasterizado o mejorado durante la administración de Remberto Estrada Barba, del Partido Verde.

El paso de la estafeta de negocios entre Remberto y Hermelida se ha hecho de manera tersa porque obedece a una razón: pertenecen al mismo equipo político y atrás de estos negocios están las manos protectoras que los cobijan desde Jorge González Martínez hasta los grupos empresariales regiomontanos ya enquistados con varios negocios en la Riviera Maya y con los ojos puestos en Holbox.

En los próximos meses deberán ocurrir algunos golpes de timón si la alcaldesa no quiere ser la primera víctima del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, como ocurrió con el partido verde cuando se descaró en sus pactos con Morena cuando impulsaron la exención de impuestos, desde la Cámara de Diputados de Quintana Roo, para los nuevos casinos del Niño Verde.

Viene el caso del Malecón Tajamar donde no se han destapado todavía los caños pero donde hay fuertes intereses de ex funcionarios federales del peñismo, como Ruiz Esparza y de Natividad González Parás. Pobre Cancún, tan lejos de López Obrador y tan cerca del Niño Verde.

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