El Coronavirus y la ignorancia popular y política

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ELMER ANCONA

Me sorprende la cantidad de sandeces, burradas, estupideces y bromas de mal gusto que se dicen y se hacen en México, en calles, casas y oficinas, en torno a la pandemia del coronavirus.

Mientras en el mundo la gente está tomando esta declaratoria lanzada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) con la seriedad debida, los mexicanos no hacemos más que pitorrearnos y lanzar un “gracioso” ¡Chaleeeeee, esto no va a suceder aquí!”.

Circula, incluso, el audio de un presidente municipal de Puebla, donde se le escucha diciendo a la población que esa es una “enfermedad de blanquitos”, que los pobladores (“más indios que nada”) no se han muerto ni de rabia.

Y no es que al mexicano le guste burlarse hasta de su propia muerte; simple y llanamente no tiene ni la educación ni la cultura suficientes para comprender la peligrosidad colectiva que representa este tipo de hechos.

Tan es así, que el mismo presidente de la República, en sus famosas “mañaneras”, recomienda a la población seguirse abrazando (y muestra cómo), y en sus giras oficiales no deja de besar a mujeres y niñas sin medir las consecuencias.

Lo mismo pasó con el morenista Miguel Barbosa Huerta, gobernador constitucional de Puebla, quien hace un par de días se confrontó con el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, quien dio la orden de suspender las clases en las escuelas para todos los estudiantes.

El morenista prácticamente dijo que, en el estado de Puebla, nadie tiene voz más autorizada que la de él, y las de sus secretarios de Gobierno y de Salud; por lo tanto, no acatará las indicaciones que lleguen de la federación.

“El gobierno de Puebla va a funcionar, no va a parar; cuando llegue a parar el gobierno, el que lo va a anunciar soy yo ¿de acuerdo? Soy yo, no va a ser ni una presidenta municipal (Claudia Rivera) ni un secretario de Educación federal (Estaban Moctezuma).

“Soy yo, entiendan, tres personas solamente podrán hablar de este tema: el gobernador, el secretario de Salud y el secretario de Gobernación ¿Está claro, verdad?”.

Y pasó lo que tuvo que pasar. En primera instancia, fue el hazmerreír de la gente que no lo bajó de ignorante -una vez más-; sigue en la misma sintonía que el otro morenista que vive en Palacio Nacional. Ambos son motivo de burla permanente de la población.

Aquí tendríamos qué preguntarnos, o somos serios o no lo somos, ante los momentos de incertidumbre que se vive a nivel internacional.

Si como autoridad estatal o federal no se es capaz de asumir el mando y dar indicaciones serias -las mínimas- ¿qué se puede entonces esperar de los gobernantes?

A los secretarios de Salud y de Educación, a nivel federal, se les debe aplaudir las decisiones acertadas que tomaron al momento de ordenar el cierre total de las escuelas, de las universidades.

Están dando pasos responsables para evitar que esta enfermedad se propague por todo el territorio nacional; lo mismo debería estar haciendo Andrés Manuel López Obrador, su jefe Inmediato, para evitar actos masivos, multitudinarios.

Por 30 días de trabajo y estudio desde la casa no se va a detener la economía del país; por supuesto, algunas industrias, como la turística, se verán visiblemente dañadas por la falta de visitantes extranjeros.

Con toda seguridad, el turismo será el prin- cipal rubro afectado por la aparición de la pandemia; líneas aéreas, agencias de viajes, aeroPuertos, restaurantes, náuticos, transportación, entre muchas otras, verán alterada su economía.

No obstante, de no acatar las órdenes que se dan desde los gobiernos, la afectación y el daño será mucho mayor, porque se estaría hablando del cierre total de empresas, de negocios.

LA GRAN LECCIÓN…

Situaciones de esta naturaleza nos debe arrojar enseñanzas, la primera de ellas, el cambio que debemos asumir en nuestra forma de estudiar o trabajar, visualizar otros modelos de aprendizaje que se están dando en el mundo.

En otros países, las jornadas laborales se han reducido no sólo por un factor laboral y económico, como es el abatir los altos índices de desempleo que prevalecen, tanto por el crecimiento de la población local como la migrante.

También porque las dinámicas de convivencia social han obligado a las empresas y gobiernos a pensar más en el bienestar personal y familiar de los trabajadores, a estrechar sus lazos sentimentales. Eso los hace productivos.

Además, el trabajo desde casa (homeworking), es una modalidad que están adoptando las nue- vas generaciones laborales que, por cierto, arroja resultados positivos.

¿Por qué? Porque las sociedades protegen más el medio ambiente al no existir tanta movilidad innecesaria; porque la alimentación de casa llega a ser más saludable; porque se evitan conflictos sistemáticos en la relación trabajador-trabajador.

Se economiza en todos los sentidos; todo el mundo sabe, por ejemplo, que en la Ciudad de México a diario se desplazan miles de personas a otras ciudades (Pachuca, Toluca, Puebla, Tlaxcala) o a otros municipios (sobre todo del Estado de México), con lo que los trabajadores pierden hasta 6 horas de vida por una sola jornada laboral.

Por si fuese poco, la nueva administración federal conmina a muchos de sus trabajadores a “regalar” al Estado horas extras, por el simple hecho -argumentan- de que les está ofreciendo una seguridad laboral. Lo ven como una retribución obligada.

Es una especie de “derecho de piso” cuyo único benefactor es el Estado Revolucionario, el Estado Benefactor que necesita del mayor esfuerzo y solidaridad de su gente.

Sin lugar a duda, el llamado de alerta por la pandemia nos viene a dar también excelentes lecciones de convivencia social y laboral. La mentalidad debe cambiar. Estamos obligados a cambiar los roles de juego. O es eso o es nada.