López Obrador… y el saludo indeseable

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ELMER ANCONA

Que la delincuencia organizada podría estar vinculada con los intereses de algunos
gobiernos, eso ni dudarlo; desde hace sexenios, los principales líderes delincuenciales, discreta o descaradamente, se han sentado a la mesa de políticos a quienes financiaron sus campañas.

Por supuesto, tiempo atrás, los políticos (presidentes municipales, gobernadores,  iputados,
senadores y presidentes de la República) solían ser más discretos pensando en lo fundamental: salvaguardar la figura del Estado Mexicano.

Esos funcionarios públicos no sólo estaban vinculados con poderosos personajes de “Cuello Blanco”, sino con otro tipo de organizaciones delictivas como las del secuestro, robo de autopartes y de transporte carretero, robo a casa-habitación y comercios, entre muchas otras porquerías.

Cuando se salía el control de las manos, cuando todo comenzaba a desbordarse por la
irritación y presión social, es cuando iniciaban las “purgas”, para mandar un mensaje claro a la sociedad: “no somos nosotros”.

Y nadie les creía. Fue hasta la década de los 90 cuando poderosos sectores sociales (empresarios, Iglesia, universidades) se decidieron a levantar la voz de forma determinante. Las cosas comenzaron a cambiar.

Pusieron a temblar a las esferas del poder político y a crear conciencia social. Ya no les fue
tan fácil hacer las marranadas a las que estaban acostumbrados. Ya los ojos ciudadanos comenzaron a abrirse.

Además, cabe aclarar, no todos los que estaban en las cúpulas del poder político estaban metidos en el lodazal. Para nada. En los diferentes partidos, incluyendo al otrora poderoso Partido Revolucionario Institucional (PRI) había gente decente -o menos indecente- que no se prestaban a los trabajos sucios de largo alcance (delincuencia organizada).

Hacían sus pequeños negocios; transaban; usaban los altísimos puestos para poner y quitar gente de su confianza, para hacer y deshacer. Todo eso, sí.

Sin embargo, había gente que provenía de familias con un arraigado sentimiento religioso,
o con riqueza propia de tradición, que los limitaba a hacer estupidez y media. Que los frenaba a mancharse las manos de sangre o dañar a la sociedad.

Un Estado Mexicano impoluto jamás ha existido; a lo largo de la historia nacional los grupos de poder, de izquierda o de derecha, de centro, creyentes o no creyentes, siempre han estado pensando en cómo ensuciarse las manos en beneficio propio y de su clan.

Es difícil pensar en un político que realmente esté hecho para servir a los demás, honrado, sano espiritualmente, con desapego a lo material. De que los hay, los hay, pero podemos decir que son contados.

La sociedad, los mexicanos de todas las edades, no creen en la honradez de su clase política, de sus gobernantes, de sus representantes populares. Para nada. Saben bien en las cosas turbias en las que están enchufados. Para nadie es un secreto.

Sin embargo, como sociedad tampoco trabajamos mucho para formar clases políticas orientadas al servicio público con honradez, dignidad, pasión por los demás, sobre todo por los más necesitados.

Para concretar: para nadie es un secreto que la clase política en México siempre ha estado
vinculada con los grupos delictivos de diferente tamaño y de diversa naturaleza.
Pero antes había algo que no se podía tocar ni en sueños: la esencia del Estado Mexicano. Y eso se ha perdido.

UN INDESEABLE SALUDO

Cuando el presidente de la República salió en La Mañanera a defender el saludo de mano que dio a una señora de avanzada edad, en su más reciente gira por Sinaloa, simple y sencillamente nadie le creyó.

Llegar directamente a la camioneta donde estaba esta señora, dio mucho de qué hablar.

Andrés Manuel López Obrador dijo que fue un “asunto humanitario”. El pueblo de México tiene otros datos. Le da otra lectura.

“Hicieron un escándalo los conservadores por el saludo…es la hipocresía del conservadurismo, un gobierno conservador que negoció con el hijo de la señora ¿y no dicen nada? De veras que son hipócritas, esa es la verdadera doctrina del conservadurismo, la hipocresía”.

Con toda seguridad, por la mente de millones de mexicanos pasó la idea de que es preferible, en este tipo de situaciones, ser un tanto hipócrita que ser demasiado cínico. Si se pregunta a la gente, eso es lo que dice.

El Primer Mandatario ya había vivido un doloroso incidente en esa tierra sinaloense, donde un grupo paramilitar propinó al gobierno federal tremendo golpe para dejarlo mal parado.
¿Para qué repetir la historia? ¿Qué gana con eso el presidente? ¿Dónde pone la imagen del Estado Mexicano? ¿Dónde coloca la dignidad, la honra, el honor de todo un pueblo?
Si algo no perdona la gente es el cinismo, señor presidente; cuide las formas como las cuidaban sus ancestros; no sea maleducado; no se envalentone; no se confronte, de manera torpe, con la sociedad.

Este, repetimos, no es un asunto de conservadurismos ni de neoliberalismos. Es un asunto de decencia política, de inteligencia, de prudencia, de sentido común. No se pase de la raya. El Estado Mexicano es primero.

@elmerando

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