López Obrador: una hoja seca… un florero… un adorno

386

Elmer Ancona

¿Qué vale un presidente sin el apoyo popular? Es una hoja seca, es un florero, es un adorno… No hace falta que yo esté aquí a la fuerza”. Esta tremenda declaración la hizo Andrés Manuel López Obrador, hace justo un mes, en su tradicional “Mañanera”.

Y tiene toda la razón. Sin el apoyo popular, esto es, sin el respaldo del “pueblo” difícilmente un presidente de la República podrá mantenerse en “La Silla” donde coloca a diario su trasero.

Por eso es bueno recordar lo que dice la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos al respecto:

Artículo 39.- La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.

Más claro, ni el agua; por lo tanto, lo que no debe hacer un presidente de la República, es hacer creer que por “pueblo” debe entenderse única y exclusivamente a los pobres, a los más amolados, a los más necesitados.

Por “pueblo” o “población” debe entenderse a los más de 120 millones de mexicanos que habitan esta Nación, más allá de las particularidades que los caracterizan:

No importa si son pobres o ricos, morenos o blancos, chaparros o altos, ignorantes o cultos, mujeres u hombres, niños o adultos; no importa si eres de Baja California o de Quintana Roo, del Norte o del Sur. Todos son “pueblo”.

Por eso, cuando López Obrador dice que un presidente de la República vale nada sin el apoyo del “pueblo”, debería especificar, literalmente: “sin el respaldo de la clase media, de los ricos, de los magnates, de los empresarios, de los generadores de empleos, de los creadores de trabajo”. Pero no lo entiende.

Hoy, Andrés Manuel tiene un preciso panorama y eso lo hace temblar de miedo: tiene a gran parte de la población en su contra, por las pésimas (casi trágicas) medidas que ha tomado como presidente de la República.

Hoy sabe, y eso no me cabe la menor duda, que sus días están contados como inquilino de Palacio Nacional; y tan lo sabe que, públicamente, lo ha dejado ver ante el mundo:

“La última reforma que me importaba muchísimo, que ya se aprobó, es la reforma al cuarto constitucional; elevar a rango constitucional la pensión de los adultos mayores. Entonces, ya me puedo ir tranquilo”.

Afirmó que el primero de diciembre de este año termina de establecer las bases de la llamada Cuarta Transformación de México, por lo tanto, no le preocupa irse de la Presidencia.

Y para rematar, dejó ver que la culpa de todo esto viene de los gobiernos “conservadores”, donde las cosas se hacían mal y las decisiones se tomaban desde lo alto, desde las cúpulas, sin el consentimiento del “pueblo bueno”, del “pueblo culto e inteligente”, del “pueblo consciente”.

Hoy las encuestas, todas, apuntan a un estrepitoso derrumbe de la figura presidencial; hoy, el que fuera el político más popular de México se viene abajo aceleradamente. Hoy sabe que sus días están contados.

Tan es así que en la “Mañanera”, los mexicanos pueden ver a un presidente de la República agotado, cansado, solitario, sin fuerzas para seguir adelante como capitán del barco. Por eso la decisión de poner al frente de todo al canciller Marcelo Ebrard.

La decisión quizá fue muy dolorosa, pero quien se lo sugirió le dio el consejo más adecuado: hacerse a un lado, poco a poco, lentamente, para dar paso al relevo presidencial.

Tiene su lógica

No es descabellada la idea por algunas razones en particular: en primer lugar, porque desde que llegó al poder López Obrador ya lo tenía contemplado y medido; sabía que su mandato sería por dos años. Con eso le bastaba para pasar a la historia.

Segundo, porque nunca se imaginó que gobernaría tan mal, a tal grado que todo le ha salido mal, por las decisiones políticas que personal y voluntariamente ha tomado.

Pero también, involuntariamente, por la coyuntura que le ha caído encima, como el Covid-19 y la caída de los precios del petróleo, que ponen a los sistemas de salud y económico en un altísimo riesgo. Aquí también ha tomado pésimas decisiones.

Tercero, porque desde que inició su mandato se echó encima a los hombres y mujeres más poderosos del país, a los magnates, pero también a los pequeños y medianos empresarios. Sin ellos, difícilmente un gobierno puede resistir cualquier embate.

De la gente más pobre de este país pronto se verá su decisión, basta con tocarle su salud y los bolsillos para poner de cabeza a cualquier gobierno. Y si no lo creen, revisen la historia para ver qué le hizo el “pueblo bueno” a Moctezuma II y cómo terminó su vida.

¿Qué vale un presidente sin apoyo popular? Es una hoja seca, es un florero, es un adorno… no hace falta que yo esté aquí a la fuerza”. Andrés Manuel lo dijo, por lo tanto, lo tiene claro. Tiempo al tiempo.

@elmerando