¡Gracias, maestro Julián!

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maestro Julian
maestro Julian

Así fue, siempre, el maestro Julián Guajardo. Apasionado. Obsesivo. Perfeccionista. Meticuloso. Exigente hasta las últimas consecuencias; chispeante, dueño de un humor sarcástico y conmovedor; enamorado profundamente del teatro, de sus musas y de la vida.

Francisco Betancourt
Agencia Reforma

Monterrey.- Lo conocí en 1978 cuando era el director del Instituto de Artes de la UANL y, como muchos otros estudiantes, le tenía admiración y miedo, pues sabía que estaba frente al Hombre-Teatro.

Tras sus estudios en Checoslovaquia, nos enseñó a tenerle respeto total al género dramático. Nos embrujó con su compromiso escénico y permitió que nos permeáramos en su creación escénica.

Fuimos testigos de sus éxitos como “La Sonata a Kreutzer”, con Rubén González Garza y Nuria Bages, en el desaparecido Teatro Mayo, “La Mandrágora”, “El juego de Zuzanka, “El Dandy del Hotel Savoy”, “Cianuro, ¿sólo o con leche?” y la asombrosa, mítica entre el gremio teatral, “La muerte de un viajante”.

Una puesta en escena que rayó en la perfección, con una producción magnífica y atinada de PROTEAC, con las vibrantes actuaciones de Minerva Mena Peña y Rubén Orozco, pero sobre todo con la mano genial de un director en plena madurez que puso el nivel del teatro regiomontano a la altura de las grandes ligas internacionales.

Testigo fui también de su memorable dirección de “Crimen y castigo” para la Compañía Nacional de Teatro de Bellas Artes y partícipe en una de sus obras más exitosas que duró más de un año en temporada y tocó un tema tabú para la ciudad: “Los chicos de la banda”, donde, además de dirigir también encarnó al divertido y entrañable personaje Emory.

El maestro Julián hizo germinar el talento de muchos jóvenes con su carrera, sobre todo en la UANL, donde, a finales de los años 50 comenzó como director de su revista musical.

Temperamental como todo creador, pero siempre en avanzada en pro del arte escénico; quizá el maestro Julián no dirigió una cantidad desbordante de obras, pero las que dirigió permanecerán por siempre en nuestra historia escénica por su calidad y belleza.

A la vuelta de los años, en 1993, le invité a participar con el papel protagónico de mi obra “Genesio, de cómico a santo”, una producción que estuvo en escena 11 meses en la entonces abandonada Sala Sopladores del Parque Fundidora.

Crean teatro ¡por teléfono!

Entre un gran reparto conformado también por estudiantes, Julián se entregó de lleno, sin reparos, a interpretar al Santo Patrono de los Actores y navegar en las alturas, de pasarelas y maquinaria, entregando su vida en cada función como lo hizo Genesio.

Julián fue un hombre que mantuvo una lucha diaria por la vida y por el teatro, y como él mismo lo expresaba: “Me he especializado en el arte de estar vivo”.

Hoy nos sacude tremendamente su inesperada partida, creemos que los grandes hombres siempre estarán ahí para recurrir a ellos.

Ahora don Julián Guajardo, con sus bromas sobre la muerte, que las hizo los últimos 30 años mofándose de sí mismo, seguramente nos estará viendo entre telones. Observando la Obra de la Vida. Mirando cómo tantos de nosotros sentimos su partida, pero también le estamos agradecidos por sus enseñanzas y por sus puestas en escena con las que crecimos como sociedad y seres humanos.

Yo lo imagino como en la última escena de Genesio, en la plataforma más alta de aquella nave y con la despedida de su personaje.

“Aquí está Genesio, el Santo Patrono de los Actores, esperando por todos los demás genios de la escena, cuando la muerte haga caer el último telón de sus vidas. El teatro es el arte más vivo del universo y vivo siempre, en el universo estará el teatro”…

Y vivo siempre en nuestro teatro estará Julián Guajardo.

Telón.

El autor es dramaturgo, director teatral, investigador y académico