Del miedo al hartazgo, el coronavirus deja de importar

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La gente está harta del coronavirus, no hace caso a las cifras de positivos y muertos, y sale ya en mayor número a las calles.
  • La gente está harta del coronavirus, no hace caso a las cifras de positivos y muertos, y sale ya en mayor número a las calles.

 

Diario del Coronavirus

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Conforme pasan las semanas y se acumulan los meses, el coronavirus va dejando de ser noticia. Poco importa que estemos en el pico de la pandemia (5 mil 716 contagios diarios, promedio de la última semana), o que tengamos días de mil muertes (el 21 de junio, mal Día del Padre, y otra vez el miércoles 24). Esas cifras siniestras, que hubiesen sido noticia de ocho columnas y titular de cualquier noticiero amarillista, hoy apenas merecen una discreta columna en el Reforma y una mención de 90 segundos en el noticiario de Denise Maerker.

Para quienes ejercemos este oficio hay que recordar la máxima del periodismo que sostiene que los periódicos se llenan con hechos extraordinarios. Esa es la esencia de la noticia: ser excepcional, ser única, ser novedosa (por eso casi siempre son malas). Esa calidad ya no la tiene el bicho de nuestros desvelos, que se ha vuelto ordinario, predecible, aburrido.

¿Qué diferencia hay entre reportar cinco mil infectados el lunes, otros cinco mil el martes, los mismos el miércoles, y así ad infinitum? ¿Qué tiene eso de novedoso? Los conductores suelen rematar la acumulación rutinaria de cadáveres con un gesto humanitario, dicen sin excepción “los que lamentablemente fallecieron”, tratando que se entienda que se trata de seres humanos, pero la realidad nos ha vuelto insensibles a la tragedia: da lo mismo cuántos se mueren, no te vas a poner más triste porque hoy se murió el doble que ayer (ni siquiera te vas a poner triste).

Para colmo, la última semana estuvo plagada de noticias, estas sí excepcionales. El lunes, la Conagua anuncia que una gigantesca nube de arena del Sahara está cruzando el Atlántico y caerá sobre México. El martes, cuando las primeras briznas de polvo llegan a Cancún, un temblor de muchos grados zangolotea la sierra sur de Oaxaca, con el epicentro exacto sobre otra ciudad turística de Fonatur, Bahías de Huatulco. El miércoles, bastante insensible a la tragedia en la tierra de Juárez, AMLO anuncia que se reunirá con Donald Trump en Washington (no quiere parecerse a Fox y a Calderón, que tenían por costumbre hacerse presentes en los desastres naturales). Y el viernes, de madrugada, un comando de 28 sicarios intenta asesinar al jefe de la Policía capitalina, Omar García Harfuch.

El viejo coronavirus, a pesar de que mata más gente que las tolvaneras, los terremotos y los sicarios, no puede con tanta competencia y pasa a segundo plano. Esto me recuerda una frase del filósofo Ortega y Gasset, quien afirmaba que “la interpretación periodística es y será siempre la perspectiva de lo momentáneo”. Y el bicho ya no tiene nada de momentáneo: se volvió rutinario, un acompañante de todas las jornadas, una presencia molesta que preferimos ignorar.

Eso hay que dejarlo claro: los periódicos evaden el tema porque a la gente ya no le interesa, ya no atrae lectores, ya no genera rating. Estamos hartos del Covid-19, de que sea tan misterioso, tan esquivo. Si bien lo sabemos capaz de mandarnos al hospital o al sepulcro, ya no ocupa ningún espacio en nuestra mente, no le vamos a regalar más segundos de nuestra preciosa vida. Nos tiene hartos.

La pregunta es, ¿qué voy a escribir entonces en el Diario del Coronavirus?

 

LUNES, 22 DE JUNIO

Una noticia que apenas llegó a los periódicos ensombrece el inicio de semana: fallece el profesor Velio Vivas, cronista de Cozumel. Nada que ver con el coronavirus: a consecuencia de una insuficiencia renal, secuela de la diabetes, llevaba años sometido a un fatigante tratamiento de hemodiálisis, tres veces por semana. Al salir de la sesión del día, un ataque fulminante al corazón cerró el ciclo de su vida.

Velio tuvo una existencia que los manuales deberían consignar como el ejemplo perfecto del oficio de cronista. Prendado de Cozumel, se pasó la vida recogiendo testimonios y rescatando archivos, hasta tener un conocimiento enciclopédico de la isla. Investigó en el Registro Civil, por ejemplo, la historia familiar de los fundadores de Cozumel (que se formó con familias procedentes de Valladolid que huían de la Guerra de Castas, en 1848), encubierta en cientos de actas de matrimonio y de nacimiento. Así, conoció mejor que nadie los lazos de parentesco que unían a los isleños y solía sorprender a sus alumnos —fue profesor durante más de 40 años, relatándoles anécdotas desconocidas de sus abuelos (que a veces no sabían ni los padres).

Todo Cozumel pasó por su aula, incluyendo a los hombres del poder. Un par de ellos lo invitó a incursionar en la política y un par de veces ocupó la Secretaría del Ayuntamiento, pero lo suyo era la crónica y la historia. Escribió una docena de libros (el más conocido es su “Travesía por la historia de Cozumel”; el último, “Naufragios. Entre la historia y la leyenda”; por desgracia, no se pueden conseguir fuera de la isla). Publicó cientos de artículos, reunió una notable colección de fotografías y compartió ese acervo de manera generosa, publicando en Facebook hasta la víspera misma de su deceso.

Presidente de la Asociación Nacional de Cronistas en 1999, después de ese lance se alejó de la organización. En 2017, cuando yo mismo ocupé la presidencia, le pedí que se integrara al Comité Directivo. Ya estaba enfermo, pero aceptó con gran generosidad, eligiendo una de las carteras más conflictivas, la de Admisión. A partir de ahí, asistió puntualmente a los congresos nacionales (Valladolid en 2018, Campeche en 2019), y pensaba hacer maletas para estar presentes en Monterrey, en agosto próximo. Cuando falleció ocupaba —con gran reconocimiento de sus pares— la Comisión de Honor y Justicia de Anaccim.

Hay un incidente que lo pinta de cuerpo entero. En el Congreso de Cancún alguien propuso designar a Velio y al cronista de Izamal, Miguel Vera Lima, como presidentes honorarios vitalicios de la institución, por tener cerca de 40 años en el desempeño del oficio (son los decanos a nivel nacional). Ese es un cargo de gran prestigio, que tan sólo habían ocupado los creadores de la institución, el yucateco Renán Irigoyen y el regiomontano Israel Cavazos Garza. La asamblea aceptó la propuesta por aclamación, con muchas hurras y un gran aplauso, pero Velio pidió la palabra. Ese nombramiento le corresponde a Miguel, alegó Velio, él llegó antes que yo. Miguel mismo argumentó que unos meses no importaban, insistió en formar mancuerna, pero Velio se sostuvo. Nobleza obliga…

Cuando se trata de homenajes hay una frase que suelen utilizar los cronistas sobre el mejor momento de recibirlos: en vida, hermano, en vida. La recomendación fue acatada en el caso de Velio, que en el último año fue reconocido en sesión pública por el Cabildo de Cozumel y por el Congreso del Estado. Al menos, en eso se pudo llevar un buen sabor de boca. Pero no hay que olvidar el mejor homenaje que se le puede rendir a un cronista: impedir que sus libros junten polvo en los estantes de los libreros.

Velio Vivas, cronista de Cozumel, dejó un gran legado a nivel académico y cultural.
Velio Vivas, cronista de Cozumel, dejó un gran legado a nivel académico y cultural.
MARTES, 23 DE JUNIO

Reacio a hablar del coronavirus y habiendo consignado la noticia del temblor, voy a cometer la osadía de dedicarle este día a un pariente cercano del bicho, la epidemia de influenza española de 1918, que dicen que mató a 50 millones de personas. Una horrorosa hecatombe, pero puede dar pie a un mensaje esperanzador en la circunstancia actual: la plaga desapareció como por encanto, tan súbitamente como llegó.

Con frecuencia, oímos a los integrantes de la comentocracia sostener, sin más prueba que sus prejuicios, que el bicho llegó para quedarse y que vamos a tener que aprender a convivir con él. Esa es una afirmación ignorante, o en todo caso, mal informada, si nos atenemos al desenlace de la epidemia hace un siglo. Sin vacuna, sin antivirales, sin siquiera identificar a plenitud el microbio, la pandemia mató millones de personas en 1918 y 1919, unas decenas de miles en 1920, y luego ni una más en 1921 (aunque aún se discute si se transformó en influenza estacional). Así, tan sencillo como suena: desapareció de la faz de la tierra.

Durante años se pensó que había sido una bacteria, el bacilo “Pfeiffer”, hipótesis que pronto se descartó, sin una buena explicación del agente que causaba esa hemorragia masiva de los pulmones. Como a la ciencia no le gusta quedarse con la duda, el tema se seguía discutiendo en 1950, fecha en que un joven investigador sueco, Johan Hultin, discurrió que el virus se podía encontrar en las víctimas sepultadas en la tundra, y en específico en la capa conocida como permafrost, suelos que se encuentran permanentemente congelados.

Con esa idea viajó hasta la población esquimal de Brevig, en Alaska, una aldea arrasada de la pandemia, donde murieron el 90 por ciento de sus habitantes. Después de pedir permiso al consejo de la tribu, Hultin rescató el cadáver de una niña y tomó muestras de tejido pulmonar, que colocó entre capas de hielo para efectuar el viaje de regreso. La precaución es inútil: el hielo se derritió (pese a que Hultin conseguía hielo fresco en las numerosas escalas del viaje), y las muestras se estropearon.

Cuarenta años después, con el dominio de las técnicas modernas del DNA, un virólogo alemán emigrado a los Estados Unidos, Jeffery Taubenberger, decide hacer su propia investigación. A tal efecto, analiza miles de muestras congeladas por el ejército de los Estados Unidos, pertenecientes a sus propios soldados. Habían pasado muchos años y el resguardo de las muestras no fue estricto, de modo que sólo logra reconstruir unas pocas cadenas de la secuencia genética del virus. Como quiera, el avance le parece con suficientes méritos para darlo a conocer en la revista Science (que dudó mucho en publicarlo, por cierto).

Uno de los lectores del artículo fue Hultin, que vive retirado en San Francisco. Contacta de inmediato a Taubenberger, organiza una nueva expedición, y ya está otra vez en Alaska, solicitando permiso de los ancianos y excavando el suelo helado. Esta vez rescata el cuerpo de una mujer adulta, a quien llama Lucy, de quien extrae tejido en cantidad, que aísla con técnicas modernas.

Con ese material, Taubenberger logra identificar la cadena completa de la plaga. Se trata de una variedad denominada AH1N1, pariente del microbio que provoca la gripe porcina, y también de la gripe aviar que afectó a México en el 2009. Tanto Hultin como Taubenberger recibieron fama y fortuna por su hallazgo, pero hay que cerrar este capítulo aclarando que lo que hallaron fue un virus muerto, porque los virus se mueren si no tienen a quién infectar. Es un final feliz y voy a dejar para otra ocasión el siguiente capítulo, que relata los esfuerzos de un laboratorio de los Estados Unidos que, a partir del virus muerto, se enfocó en producir el virus vivo, simple y sencillamente porque a la ciencia no le gusta quedarse con la duda (y tal vez, para los mal pensados, como arma bacteriológica).

La moraleja de esta historia es contundente: el virus puede agotarse en sí mismo. No estoy diciendo que eso vaya a suceder, nadie en este mundo tiene elementos para asegurar tal cosa, pero afirmar que aquí se quedará es el mismo despropósito. Ahora bien, si de desear se trata, ojalá se esfume: nada sería tan agradable como leer que la historia se repite y el coronavirus está en peligro de extinción.

 

MIÉRCOLES, 24 DE JUNIO

¿Qué pasaría si Donald Trump recibe a Andrés Manuel con una declaración descortés, una grosería, un gesto agrio, un desplante?

Esa es su manera favorita de empezar una negociación, lo dice con toda claridad en su libro.

Hasta sus peores críticos le están diciendo que no vaya, que no tiene nada que ganar, que lo van a usar para sus propias elecciones.

Y el peligro mayor podría no ser Trump.

¿Qué tal si gana Biden?

El presidente López Obrador se reunirá próximamente en Washington con Donald Trump.
El presidente López Obrador se reunirá próximamente en Washington con Donald Trump.
JUEVES, 25 DE JUNIO

Una plaga infesta al mundo: los “influencers”. Es fácil reconocerlos por sus dos rasgos esenciales: un ego gigantesco y una cabeza bastante hueca, lo cual los lleva a suponer que pueden iluminar al mundo con su sabiduría, a través de mensajes de 140 palabras o videos de 50 segundos.

Una de ellas, Miranda Makaroff, española por todos los costados pese a su apellido, acaba de hacer una declaración en YouTube sobre el coronavirus, en la cual afirma que basta el poder que tenemos en la cabeza, lo que tenemos dentro del cerebro (que es una máquina brutal, dice), y así podríamos gestionar nuestras células con la mente (¡!), gestionar nuestro sistema inmunológico (¡!), y no necesitaríamos ni vacunas, ni medicinas, ni nada. Todo eso dicho, dice la señorita, “porque me da la gana y me da lo mismo si lo crees o no.”

Tanto disparate suena a broma, pero resulta que no, que Marakoff es la “instagramer” más popular de España, que tiene 427 mil seguidores y que gana algunos millones de euros al año promoviendo marcas de ropa. Todo eso está muy bien, pero que opine de temas de salud está muy mal, ya que no faltará algún atolondrado que se contagie siguiendo esa receta.

Desde luego, Marakoff es la millonésima pieza del gran caos que impera en redes sociales, donde cualquier descerebrado opina de cualquier cosa, y además de hacerlo reivindica su derecho a la ignorancia. Muy difícil ir contra la tendencia, sobre todo cuando el “influencer” más escuchado del mundo se llama Donald Trump, vive en la Casa Blanca, y con toda seguridad ya gestionó con su cerebro su sistema inmunológico, porque no muestra ningún temor de contraer el Covid-19.

Miranda Makaroff… ‘influencers’ con mucho ego y poco seso.
Miranda Makaroff… ‘influencers’ con mucho ego y poco seso.
VIERNES, 26 DE JUNIO

La misma noche del atentado, desde su cama de hospital, el jefe de la Policía capitalina, Óscar García Harfuch, denunció como atacantes al Cártel Jalisco Nueva generación y declaró que seguiría su lucha contra el crimen organizado. Ojalá sea cierto, porque el ataque mismo revela que es un personaje incómodo para las bandas y que está pegando donde duele.

Hace unos años, en el 2007, un jefe de la Policía de Cancún, Adrián Samos Medina, sufrió un atentado semejante, con la muerte de uno de sus escoltas. Salió ileso del cuerpo, pero no de la mente: asustado —por no decir aterrorizado— tomó la decisión irrevocable de dejar de ser policía. No lo culpo: no le podemos exigir a los mandos en esta guerra despiadada que asuman la muerte como parte de sus obligaciones.

No lograron matar a García Harfuch, pero eso no significa que el atentado haya fracasado. Vamos a ver qué pasa.

 

Atentado contra el jefe de la Policía capitalina, Omar García Harfuch.
Atentado contra el jefe de la Policía capitalina, Omar García Harfuch.

 

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