Vivir y convivir con Covid-19, reto a la muerte

257
La capital del estado descontroló y vuelve al semáforo rojo.
  • Si somos (y celebramos ser) el país donde la vida no vale nada, ¿cómo nos va a asustar un bicho que ni siquiera se deja ver?

 

FERNANDO MARTÍ / CRONISTA DE LA CIUDAD

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / ¿Me voy a morir de esto? ¿Serán estos mis últimos días? Esa es una pregunta que a lo mejor (y sólo a lo mejor), se haría un mexicano auténtico en el momento de dar positivo, cuando la prueba confirma que está infectado, cuando los doctores lo mandan a casa (si tiene suerte) o al hospital. Por más escéptico que sea, sabe que el bicho ha matado a más de medio millón de personas en el mundo, y que las estadísticas nacionales, aunque sean una fantasía y una mentira (o ambas cosas), también son un diario recordatorio de que los ataúdes se van acumulando.

Si es así, si ya está enfermo o quizá grave, tal vez piense en la muerte, en qué pasará cuando se vaya, en quiénes lo quieren y se van a doler con su partida. En cambio, si todavía está sano, jamás va a asumir que le queda poco de vida. Nada le duele (o sólo le duele lo mismo de antes), se cuida suficiente, confía en los que tiene cerca: por ese camino, puede llegar a la frágil conclusión de que la va a librar.

En el párrafo anterior, el adverbio todavía está usado de manera intencional: no hay manera de librar el virus, a todos nos va a pegar más pronto o más tarde. Cierto, hay una muy buena oportunidad de sobrevivir, incluso de no tener síntomas o de tener molestias leves, como le pasa a más de ocho, casi a nueve de cada diez enfermos. Pero el valemadrismo generalizado, esa actitud indiferente ante la mortandad que nos rodea, sin duda tiene una raíz sicológica más profunda.

Durante siglos, hemos pregonado a los cuatro vientos que en México la vida no vale nada. Desdeñamos a la parca, le decimos la huesuda y la calaca, nos la comemos en calaveras de azúcar, la pintarrajeamos de colores, la vestimos de catrina, le llevamos a los difuntos trago y serenata hasta su propia tumba, y aprovechamos la parranda para recordar que si me ha de matar mañana, da exactamente lo mismo que me maten de una vez.

Ese desdén por los cielos y los infiernos lo hemos presumido en el mundo entero por medio de corridos rancheros, festivales fúnebres, desfiles cadavéricos, tzompantlis sombríos, cementerios multicolores y una millonada de altares domésticos, donde nos sentamos a conversar muy a gusto con quienes se nos adelantaron. Esa es nuestra fama universal: parafraseando a Edmundo Valadés, la muerte tiene permiso.

Pero ahora resulta que no lo tiene, que no hay que dejarla entrar, que hay que pintar una raya, que hay que renunciar a la vida aunque eso signifique vivir en la cárcel. Los burócratas que machaconamente insisten con el quédate en casa, un consejo cada vez más inútil, tienen que entender que el coronavirus es una incidencia de la vida y que lo vamos a sobrevivir, como antes sobrevivimos la conquista de los españoles, las epidemias de viruela, las hogueras de la Santa Inquisición, las invasiones de los gringos y los gobiernos del PRI (que, por cierto, cada vez se ven menos malos).

En su Laberinto de la Soledad, Octavio Paz escribió que el mundo moderno funciona como si la muerte no existiera. Dada nuestra peculiar forma de ver la vida, ¿qué tiene de extraño que millones de mexicanos hayan llegado a la conclusión de que el coronavirus tampoco?

 

LUNES, 6 DE JULIO

Después de 18 meses de no hacer nada, la Secretaría de Turismo federal publicó en el Diario Oficial el Programa Sectorial 2020-24 (Prosectur), el documento que regirá el desarrollo del turismo hasta que termine el sexenio de López Obrador.

La lectura de ese texto puede resultar asombrosa y perturbadora, y permite llegar a dos rápidas conclusiones. Primera, que la Secretaría de Turismo se ha convertido en un espacio decorativo, una oficina sin rumbo y sin rango que impulsa programas que están al nivel de una dirección municipal. Segunda, que el sector turístico de México está librado a su propia suerte y se pasará unos años trabajando no con el gobierno, ni siquiera sin el gobierno, sino lisa y llanamente contra el gobierno.

Desde la década de los 70, a partir del programa de ciudades turísticas de Fonatur (del cual Cancún es la joya de la corona), México logró colocarse entre las economías que tienen una industria sólida, con un componente importante de turismo internacional. Las cifras del 2019 son elocuentes, porque hablan de un esfuerzo sostenido durante cincuenta años: 8.7% del producto interno bruto, 41 millones de turistas internacionales, más de 200 millones de viajes domésticos, 25 mil millones de dólares de divisas.

Pues ahora resulta que todo eso estaba mal, dice el programa sectorial, porque “la política turística de pasadas administraciones” debilitó “el pacto social entre los mexicanos”, por lo cual ahora se requiere fomentar servicios “para la atención de los miembros más débiles y vulnerables de la sociedad”. Eso llevará a la implantación de un “nuevo modelo turístico”, que tendrá “un rostro social, incluyente y de irrestricto respeto a los derechos humanos, con respeto de los usos, costumbres y territorios de los pueblos originarios, la igualdad sustantiva entre hombres y mujeres, la dignidad de los adultos mayores, el derecho de los jóvenes a tener un futuro mejor”, y bla bla bla.

Todo eso se logrará mediante los siguientes programas: Sonrisas por México (que fomentará que el turismo sea un derecho para todos), Disfruta México (que busca que todos los mexicanos puedan disfrutar su país), la Operación Toca Puertas (enfocada a diversificar mercados) y el Reencuentro con mis Raíces (una copia al carbón del programa Paisano). Un último programa aparece perfilado, aunque aún no arranca: México Amanece Sostenible. Estas iniciativas, que seguramente tienen aterrorizada a la competencia, son adicionales a los dos proyectos estrella de la 4T: el Instituto de la Diplomacia Turística (el parche que le encargaron a Marcelo Ebrard para tapar el hueco del CPTM), y el Tren Maya (que bien visto, es lo único que tiene seriedad en todo este esquema).

Al final, el documento se puede sintetizar en una frase: el turismo de verdad, la industria diversificada y seria que ha costado tanto trabajo construir, la actividad promotora de regiones enteras, generadora de empleos y captadora de divisas, nomás no está (y nunca estará) en las prioridades de Andrés Manuel López Obrador. La novedad es que tampoco parece estar en la visión de la secretaría de Turismo.

Industria turística, en el limbo oficial.
Industria turística, en el limbo oficial.
MARTES, 7 DE JULIO

Chetumal alcanzó las primeras páginas de los diarios nacionales, pero por la razón equivocada: los contagios de coronavirus se dispararon, causando la alarma de todo el sistema. La advertencia el gobernador se hizo realidad: el martes, el secretario de Seguridad (¿por qué él?) anunció una especie de toque de queda, con cierre más o menos estricto de giros comerciales. Cuarenta y ocho horas después, era notorio el fracaso de la medida: la gente seguía en la calle y no parece dispuesta a volver al encierro por ningún motivo.

Por vía telefónica, en la semana tuve oportunidad de platicar con algunos ilustres capitalinos (Rosario Ortiz Yeladaqui, Luis García Silva, Fabián Herrera), y más o menos coinciden en las siguientes causas del desastre:

  • El total descrédito hacia el discurso oficial (nadie les cree)
  • La ausencia total de la autoridad municipal (no se ve, no se siente, no se oye)
  • La falta de medios de contacto con los nuevos inmigrantes (no hay diálogo posible)
  • La cerrazón de la gente (el virus no existe).

Es muy posible que el récord de Chetumal como capital nacional de los contagios dure poco: otras ciudades pronto le arrebatarán la gloria, porque en muchas se conjuga ese mezcla explosiva de ineptitud, apatía y necedad.

Eso es el coronavirus: en el centro del escenario hay una epidemia, pero en el trasfondo hay grilla política, intereses mezquinos, incompetencias flagrantes, autoridades ignorantes, y un mal nada menor, supersticiones al por mayor. La desgracia es que la factura se tiene que pagar con vidas humanas.

La capital del estado descontroló y vuelve al semáforo rojo 1
La capital del estado descontroló y vuelve al semáforo rojo.
MIÉRCOLES, 8 DE JULIO

Exactamente en el pico de contagios para ambos países (más o menos 40 mil diarios en los Estados Unidos, unos siete mil en México), los presidentes Trump y López Obrador se reunieron en la Casa Blanca para jurarse amor eterno. Ya se ha dicho hasta la saciedad lo que pasó: halagos mutuos, discursos fraternales, y como remate, los empresarios mexicanos aplaudiendo de pie a Andrés Manuel.

Ese aplauso no tuvo dobleces: todos los empresarios que estaban en la comitiva están haciendo negocios fabulosos con la 4T, y ninguno parece recordar sus airados reclamos por la cancelación del aeropuerto de Texcoco y otros deslices semejantes. Esos magnates tienen claro que deben ignorar el radicalismo verbal de AMLO (que no se cansa de llamarlos conservadores, fifís, corruptos y deshonestos), mientras los contratos oficiales les permitan seguir engordando sus chequeras.

Fortalecido en todos los frentes (con los magnates, con los Estados Unidos, y con la gente, que no le retira su confianza), no hay ningún aliciente para que López Obrador cambie de ruta. Al contrario, ahora tiene vía libre para buscar el triunfo de Morena en las elecciones intermedias del 2021, mantener el control del Congreso y profundizar su proyecto de nación (lo cual requiere, él mismo lo ha dicho, varias décadas de control político).

Vueltas que da la vida: es posible que el espaldarazo que le dio Andrés Manuel no le sirva de mucho a Donald Trump, que va abajo en todas las encuestas y está en serio riesgo de perder las elecciones. En cambio, no me cabe la menor duda, el espaldarazo de Donald Trump sí le va a servir de mucho a López Obrador.

 

JUEVES, 9 DE JULIO

En una edición artesanal, elegante y vistosa, Román Rivera Torres ha publicado sus memorias de vida, las cuales por cierto tienen una estructura singular. A diferencia de otras autobiografías, donde el único y principalísimo personaje es el autor, Román eligió narrar su trayectoria a través de sus relaciones personales, dedicando un capítulo redondo a quienes él considera sus mentores y sus amigos. El resultado es una galería desigual, en donde figuran Presidentes de la República y secretarios de Estado al lado de empresarios de grandes vuelos, socios en diversos negocios, condiscípulos de la universidad, exploradores aficionados, buzos y navegantes empíricos, e incluso, humildes pescadores y campesinos.

Con la contribución de esas voces, a quienes trata sin excepción con cariño y respeto, Román va narrando la circunstancia que le toco vivir: la transformación radical del Caribe Mexicano, un rosario de playas desiertas que en una generación se convirtió en el destino turístico más importante de México.

Aunque el texto no es pobre en anécdotas, sería un error pensar que se trata de un anecdotario. Es más bien una historia fragmentada, donde aparece información valiosa de los usos y costumbres del viejo Quintana Roo, del sistema de tenencia de la tierra, de los dueños de este ignoto litoral, del vía crucis de tramitar títulos en la Reforma Agraria, del descubrimiento de la vocación turística de Quintana Roo y de la construcción de la Riviera Maya, en la cual se asienta el proyecto que encadenó a Román de manera irremisible con este moderno paraíso, el desarrollo náutico de Puerto Aventuras.

A mi parecer, y así se lo he hecho saber al autor, este texto merece más que una edición artesanal y doméstica. Las fuentes testimoniales que tenemos para construir la historia de Quintana Roo (y sobre todo de la Riviera Maya) son tan escasas, que la difusión de un libro así requiere un esfuerzo mayor: un tiraje de varios cientos de volúmenes, presentaciones en bibliotecas y universidades, un esfuerzo para que lo tengan periodistas e investigadores, y lo que resulte, o sea, algo que nos garantice que esta versión de los hechos no se empolvará en libreros anónimos.

Ojalá me haga caso. Los recuerdos de Román —y de muchos pioneros de la zona, que ojalá sigan su ejemplo—, son algo más que historias divertidas: son los testimonios de vida de quienes, algún día no tan lejano, la historia calificará como los forjadores del Caribe mexicano.

Venga la alegría, la muerte tiene permiso.
Venga la alegría, la muerte tiene permiso.
VIERNES, 10 DE JULIO

Conforme lo había anunciado, el gobierno del Estado publicó en Internet un geoportal relativo al Covid (www.geoportal.qroo.gob.mx), que proporciona alguna información sobre la situación de la pandemia. Cada ciudad y cada municipio está dividido en colonias, identificadas con colores diferentes, aunque no hay un cuadro de simbología que indique el significado de cada color.

Al poner el cursor sobre determinada espacio y dar click aparece una ventana que indica el municipio, el nombre de la colonia y el número de casos activos. En el caso de Cancún, Villas Otoch Paraíso, reputada como una zona de alto riesgo, consigna cinco casos activos, en tanto que la vecina Tierra Maya tiene cuatro. Otra colonia popular, Hacienda Real del Caribe, ostenta la cifra más alta, con once. La zona centro muestra muy pocos registros (menos de uno por súper-manzana), mientras la zona hotelera aparece totalmente libre del flagelo.

En una ventana distinta se muestran datos de los hospitales de Cancún y su porcentaje de ocupación, pero sin consignar el número de camas. Es una lástima que sólo se incluyan los hospitales públicos (el General, el Militar, el del ISSSTE, y los dos del Seguro Social), y ninguno de los sanatorios privados, como si fueran ajenos a la epidemia (entre paréntesis, alguien me comentó que el Galenia, quizá el hospital mejor equipado de la ciudad, no está aceptando pacientes Covid; no pude confirmar el dato, pero prometo averiguar por qué). Llama la atención que las ocupaciones sean tan variables (13% para el Militar, 100% para el ISSSTE), pero al no saber el número de camas, no se puede deducir la disponibilidad real.

El mapa ofrece otro dato que sin duda contribuirá a la confusión reinante: la incidencia. Hasta hoy, el gobierno había manejado en forma reiterada el radio de contagio o R0, que equivale al número de personas que contagia cada enfermo. Cuando ese número es igual a uno (cada enfermo contagia a una persona sana), la pandemia se estabiliza; cuando desciende de uno, la pandemia se retrae; cuando es mayor que uno, la pandemia avanza. En un desayuno el viernes, el gobernador declaró que el R0 de Cancún estaba en poco más de dos, lo cual era de esperarse tras la apertura de la economía, pero que en Chetumal se había disparado por arriba de cuatro, lo cual obligó a volver al semáforo rojo. Esa número R0 es fácil de entender, pero el geoportal introduce otro criterio, la incidencia, que debe leerse como “el número de casos nuevos dividido entre la población en riesgo, en un lugar y durante un período específico”. Como esos parámetros no se proporcionan, saber que Cancún tiene 3.43, Tulum tiene 6.11 y Othón P. Blanco 18.07, realmente no ayuda en nada.

Sin duda el geoportal es un esfuerzo estadístico meritorio, cuya preparación debió representar un esfuerzo de mucha gente, pero siento que será de poca utilidad para la población abierta. Si lo que se busca es que la gente esté consciente del riesgo por zona geográfica, tal vez convendría incluir una tabla donde se enliste en orden alfabético las colonias más peligrosas, o bien un buscador, para anotar el nombre de la colonia y tener la referencia directa. La verdad, navegar a través de 300 cuadritos de colores no está padre.

El geoportal del gobierno estatal tiene datos útiles y algunas cuestiones difíciles de entender.
El geoportal del gobierno estatal tiene datos útiles y algunas cuestiones difíciles de entender.

 

Te puede interesar: Autoridades, sin autoridad frente al Covid-19