Quedarse en casa, sugerencia imposible de cumplir

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El aeropuerto registra cada día mayor tránsito de pasajeros. Los ricos también salen.
  • Pedirle a la gente que se quede en su hogar es por completo inútil: tienes más estímulos para estar afuera que adentro

 

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Quédate en casa, sugiere nada convencido el presidente López Obrador, mientras pone el mal ejemplo dedicando la semana completa a girar por el país. Quédate en casa, repite machaconamente el médico brujo López-Gatell (quien también ya empezó a visitar gobernadores), y un coro desafinado de comunicadores (López-Dóriga, Denise, Paola, Patán, Ruiz Healy, Pepe Cárdenas), que no dejan de señalar con dedo acusador la irresponsabilidad de la gente que está en la calle, pero sin lugar a dudas consideran que sus propias salidas de casa son una parte esencial de las actividades esenciales.

Hay mucho de hipocresía (y nada de empatía) en esa acusación. Las medidas de prevención se han relajado a todos los niveles, incluyendo los más educados o pudientes. Cosa que al principio no sucedía, hoy día los nietos visitan a los abuelos, las familias se reúnen a comer los domingos, las chorchas del futbol se han reanudado, los amantes vuelven a encontrarse.

Cierto, son personas que han estado encerradas semanas y meses: el riesgo de contagio es mínimo, pero por esas rendijas diminutas también se está metiendo el coronavirus.

Los lugares de encuentro de la “clase bien” también están reviviendo. Un buen termómetro son los aeropuertos, que ya tienen bastante movimiento. Los vuelos son pocos, pero van llenos, y algunos pasajeros se ponen el cubrebocas para pasar los filtros, pero se lo quitan en cuanto el avión despega. Es curioso que en los noticieros, para demostrar la indiferencia ante las medidas sanitarias, las cámaras siempre apunten a los tianguis populares, pero nunca retratan los restaurantes de Polanco o las albercas de los hoteles de Cancún, que no sólo están abarrotados, sino donde se interactúa sin la menor precaución.

La gente común es todavía menos precavida (y por tanto merece ser llamada estúpida —Ruiz Healy dixit—, inconsciente, ignorante, o el calificativo preferido, irresponsable), dejando de lado que tiene estímulos más que suficientes para salir de casa.

El más canijo, se ha dicho en todos los tonos, es la necesidad económica. Una inquietante porción de la población del país vive al día, lo que significa que se va a dormir sin un peso en los bolsillos (si acaso con el desayuno en la despensa), pero tiene que procurarse algunos centavos, inmediatos y cotidianos, para la comida y la cena. Si eso sucede en condiciones normales, las oportunidades disminuidas por la pandemia están provocando que millones de familias pasen buena parte del día con el estómago vacío.

Más aun cuando tengan que comer (una circunstancia que el gobierno tiene que asegurarse de que ocurra), la recomendación de confinarse no siempre es posible. Las zonas marginadas de Cancún, y aquí estamos hablando de la inmensa mayoría de la mancha urbana, muestran un grado crítico de hacinamiento. En las regiones 200, en la zona de colindancia de Puerto Juárez, en la Franja Ejidal, en los asentamientos irregulares de Bonfil (sobre la carretera a Mérida), la gente vive apretada y sin servicios, un veinte por ciento sin agua corriente, un diez por ciento sin luz eléctrica.

Aún en zonas urbanizadas y regulares, como Villas Otoch Paraíso o Hacienda Real del Caribe, el promedio de habitantes por vivienda es de 5 personas, pero son viviendas de 28 metros cuadrados, donde se comprimen cocina, baño, estancia y recámara. La gente soporta esa asfixia en su vida normal, por las noches, pero es literalmente inhumano pedirle que la asuma también de día, durante meses que se han vuelto interminables y parecen no tener fin.

Con muchas posibilidades de enfermar, pero pocas de morir, la gente le ha perdido el miedo a la epidemia. En forma paradójica, una conducta tan irresponsable podría estar contribuyendo a la solución del problema, de ser cierta la teoría de la inmunidad de rebaño, que sostiene que todos (o casi todos) nos tenemos que contagiar para impedir la propagación del virus. Entonces, la lógica indica que entre más pronto nos inmunicemos (aunque algunos se mueran), más pronto estaremos libres del flagelo.

Sin embargo, la opinión pública no funciona así: la necesidad de encontrar culpables es una obligación para los medios. Puede ser China (según Trump), pueden ser los dos López, Obrador y Gatell (para los periódicos), pueden ser las brigadas que fumigan las calles, pueden ser hasta los mismos médicos y enfermeras. A esa lista, por qué no, se puede agregar sin dificultad un nuevo villano: quienes salen a la calle porque tienen que comer, es decir, los jodidos.

Barrios pobres de Cancún: ellos no tienen la culpa.
Barrios pobres de Cancún: ellos no tienen la culpa.
LUNES, 20 DE JULIO

Encabezados por el escritor chetumaleño Héctor Aguilar Camín, y su alter ego, el ex canciller Jorge Castañeda, un grupo de 30 intelectuales publicaron hace un par de semanas un desplegado en los periódicos, en el cual acusan a Morena de tener una mayoría legislativa ilegítima (un poco tarde, pues eso sucedió hace dos años), descalifican las maniobras de AMLO para concentrar el poder en la silla presidencial, y he aquí la novedad, convocan a formar un bloque opositor para arrebatarle el control del Congreso en las elecciones del 2021.

Eso fue el 15 de julio. Andrés Manuel lo agarró a chunga en su mañanera, señalando que daban “pena ajena”, para luego celebrar que se hubieran “quitado la careta” en defensa del pasado neoliberal. Al día siguiente, 16 de julio, un grupo de comunicadores le contestó con otro desplegado, en el cual lo acusaba de ser él quien quería restaurar la presidencia imperial. Rebasando la línea del buen decir, ese documento recriminaba al presidente su “cinismo”, le imputaba “repetir mil veces una mentira, para que parezca verdad”, e insinuaba que padece un “sesgo cognitivo, que no le permite apreciar la realidad como es”.

Más allá de alguna razón fundada por cualquiera de las partes, es evidente que el debate político en México está alcanzando cotas inaceptables. López Obrador le ha dicho de todos a sus críticos, pero éstos han caído redondos en el juego y responden con insultos, que no abonan a su causa. En un país reverencial como el nuestro, no creo que despierte muchas simpatías en la población maltratar de palabra al presidente, salvo en un pequeño núcleo de resentidos, que ni locos se hubieran atrevido a soltar esos epítetos en los tiempos de la presidencia monolítica.

Los desplegados, salvo por el exabrupto presidencial (también prepotente y fuera de lugar), cayeron en el vacío. Es curioso, porque sus promotores tuvieron muy buenas ligas con los actuales opositores del gobierno. Aguilar Camín fue un entusiasta defensor del régimen reformista de Carlos Salinas de Gortari (PRI), a quien lo unía una estrecha amistad personal, que rompió en forma brusca haciéndose eco de algún señalamiento de corrupción (¡!). Más tarde, efectuó negocios editoriales por montos millonarios con el gobierno de Ernesto Zedillo (PRI), que quedaron grabados en su biografía, aunque hayan sido legales.

Castañeda también tiene lo suyo. En su origen simpatizante de la izquierda, sirvió como canciller en el gobierno del derechista Vicente Fox (PAN), y coordinó la campaña presidencial del aún más derechista Ricardo Anaya (PAN), adversario de AMLO en los comicios. Más allá de una abultada y meritoria bibliografía política, que en mucho ha contribuido al entendimiento del México actual, su ambición de poder no es ningún secreto, llegando al extremo de intentar figurar como candidato independiente en una elección presidencial.

Es de suponerse que tales trayectorias provocarían alguna simpatía, incluso un poco de entusiasmo, en los partidos de oposición, expresamente convocados por los firmantes para integrar el bloque. Nada de eso sucedió: ni el maltrecho PAN, ni el vapuleado PRD, ni siquiera los partidos personales de Dante Delgado o la maestra Elba Esther Gordillo, les tiraron un lazo (al menos en público).

Al final, el desplegado cumplió un solo y único propósito: convencer aún más a quienes ya estaban convencidos. Eso no le va a quitar el sueño a Andrés Manuel.

 

MARTES, 21 DE JULIO

Míster Donald Trump, a quien es difícil ignorar por sus dislates, apareció en conferencia de prensa con tremendo tapa-bocas, lo cual no impidió que brotara de su boca tapada el caudal normal de tonterías.

No hay nada más patriótico que yo, tu presidente favorito, le recordó a sus fans el mejor amigo de López. Mostrando su dominio de la mano izquierda, como si todo lo que dijo antes no existiera, el mandamás vecino declaró no tener “nada en contra de la mascarilla, creo que es algo que es genial ponerse.”

Los expertos en imagen presidencial lamentaron el gesto. Míster Trump es un macho alfa en toda la extensión de la palabra y el tapabocas muestra un personaje débil, preocupado por algo que no puede controlar. Ellos quieren al Trump del día anterior, cuando declaraba que los medios deben fijarse menos en la pandemia de los Estados Unidos, y más en la de México: “¿por qué no hablan de México?”, subrayó en tono desafiante, para agregar que el país del sur no ayudaba, pero que gracias a Dios el muro estaba casi terminado, y eso impedirá que el problema sea mayor.

Ahí lo tienen: un macho cabrío por los cuatro costados

 

MIÉRCOLES, 22 DE JULIO

Hay dos ejemplos a nivel mundial que permiten asumir que en México la pandemia va para largo, mucho más largo que los meses de octubre y noviembre, que de manera indistinta maneja López-Gatell. El primero es Israel, un país que presumió con grandilocuencia su triunfo contra el bicho, y que ahora está dando marcha atrás a la reapertura, ante la gravedad de los rebrotes. El segundo caso es similar: España. Tras haber registrado una mortandad dramática en la primera oleada, las medidas se relajaron oficialmente el 21 de junio, pero bastó un mes para contar unos 280 rebrotes, otra vez con cerca de mil contagios diarios.

Israel, que estableció un severo confinamiento en marzo y abril, prohibiendo incluso la circulación de barrio a barrio (sobre todo en los enclaves ortodoxos del viejo Jerusalem, que tienen una higiene lamentable), cantó victoria demasiado pronto. Salgan, tómense un café, bébanse una cerveza, diviértanse, recomendaba a la población el primer ministro Benjamín Netanyahu hace un par meses, cuando permitió la apertura de bares, discotecas y gimnasios.

Así vendía su triunfo, presumiendo que los países del resto del mundo estaban replicando las medidas aplicadas por su gobierno, que por cierto se encuentra acosado por crisis de gabinete y escándalos de corrupción (que lo implican directamente).

Rápido, el gozo se fue al pozo. Las terrazas abiertas y los sitos de encuentro de los jóvenes se convirtieron en focos de infección. Ahora, el número de contagiados se sitúa en 59 mil 900, uno por cada 149 habitantes (en proporción, más del doble que México, que ahora anda en un caso por cada 335 habitantes). Además, la reapertura dio pocos resultados: el desempleo, que antes de la crisis era del cuatro por ciento, se disparó hasta el 25,  y provocó una gigantesca manifestación en Tel Aviv, pidiendo la destitución del gobierno, que de milagro no ha caído.

No tan mal le va al presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, a quien nadie pide destituir (salvo la oposición), pero cuya gestión desaprueba el 56 por ciento de los españoles. La situación a futuro dependerá de su nueva estrategia, que consiste en confinar a las comunidades donde los rebrotes sean más severos, pero el resto del país funciona con la nueva normalidad: los comercios están abiertos, pero con restricciones de aforo (40%) y distancia.

Una mención especial merece el caso de  restaurantes y terrazas abiertas, que causaron contagios masivos en Israel, y que en la península despachan en horarios recortados, tratando de que la gente no se agolpe en el interior (se agolpa en el exterior, mientras ingresan). Parte del apetito por disfrutar un trago al aire libre debe achacarse al “calor africano” que sufre la capital ibérica (la expresión es de Adolfo Favieres), que este fin de semana rondó los 40 grados. Como sea, España ya superó la primera oleada (con 272 mil contagios, un por cada 172 habitantes), pero los expertos están convencidos que habrá otra después del verano, con pronóstico reservado.

En resumen, si algo se puede experimentar en cabeza ajena, es evidente que las reaperturas provocan rebrotes, y que si bien es poco probable la vuelta al confinamiento (por la presión económica), operar con restricciones puede volverse la regla en los países que han superado la primera oleada, quizá en forma permanente.

No es todavía el caso de México, que si bien ya reabrió la economía, aún no ha logrado achatar la curva y se encuentra en el pico de los contagios. Aquí, al parecer, sí que vamos para largo.

 

JUEVES, 23 DE JULIO

Casi desapercibida pasó una noticia que puede ser fundamental para la movilidad de Cancún: la construcción del puente lagunar largo, que conectará el Distribuidor Vial del Bulevar Colosio con el kilómetro 13.5 de la zona hotelera. El anuncio corrió a cargo de Eduardo Ortiz Jasso ante los integrantes del CCE, y la reticencia de los medios a hacerle eco tal vez obedece a la gran cantidad de ocasiones en que se produjo ese anuncio en el pasado, sin mayores resultados.

Esta vez la cosa puede ir en serio. Todo parece indicar que ya se cuenta con el permiso ambiental, con el compromiso de un inversionista privado (que lo financiará al 100 por ciento, a cambio de un peaje), y con la simpatía de Fonatur, indispensable si hay que intervenir la zona turística.

De concretarse, en cuanto a obra pública se refiere, éste será el sello en Cancún del gobierno de Carlos Joaquín González.

Puente Nichupté: la tercera parece que será la vencida
Puente Nichupté: la tercera parece que será la vencida.
VIERNES, 24 DE JUNIO

No vale la pena revisar las cifras del Covid-19, porque todas son inexactas, pero al mismo tiempo son abrumadoras. De acuerdo a una fuente, hoy se estableció un nuevo récord nacional de contagios en un solo día, con 9 mil 736, cifra que tal vez sea superada en pocos jornadas.

Las cifras globales nos colocan en muy mal lugar. Hoy somos el país número seis por número de contagiados, con 385 mil casos y sumando, pero el número cuatro en decesos, con 42 mil y también sumando. Vamos a llegar al tercer lugar muy pronto, tal vez esta misma semana, porque en Inglaterra la curva ya se aplanó, mientras aquí sigue creciendo. También ya se aplanó, o eso parece, en el segundo lugar, Brasil, aunque ahí las cifras son apabullantes: 2 millones 300 mil contagios, 85 mil muertes.

El problema de esta tendencia es a dónde vamos a llegar. El pronóstico del IHME (una de las autoridades en la materia), apunta que tendremos más de 97 mil muertes para el 1 de noviembre, el doble de las que tenemos ahora y algo más, lo cual hace difícil de explicar la afirmación de AMLO de que ya pasó lo peor.

No, lo peor está adelante y significa un verano en clausura, un otoño idéntico, y tal vez una Navidad sombría, sin salir del encierro. Eso no fue lo que nos prometieron, pero buscar responsables es inútil, a menos que usemos el expediente fácil de culpar de nueva cuenta a los jodidos.

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