Lección en la pandemia: el turismo no es todo

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Tenemos el producto, pero ahora hay pocos compradores.
  • La pandemia nos está enseñando que a largo plazo no vamos a tener otro remedio que diversificar la economía y moderar el monopolio turístico.

 

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Desde el mes de junio, fecha en que se abrió el destino al turismo, ASUR reporta diariamente el número de vuelos que recibe el aeropuerto y, en tono más o menos triunfalista, los destinos internacionales de donde provienen, que en la última semana sumaron más de una docena de ciudades, incluyendo Atlanta, Nueva York, Charlotte, Chicago, Houston, Los Ángeles y Miami, es decir, las terminales con más movimiento de los Estados Unidos.

Eso genera una idea de que vamos por el buen camino, que la recuperación marcha hacia adelante, pero hay que matizar la información: ASUR no revela el dato importante, que es el número de pasajeros, y no lo hace porque no lo quiere revelar, pues indicaría que la mayor parte de los aviones vienen medio vacíos (o medio llenos). Si aún siguen operando es resultado del robusto subsidio de 32 mil millones de dólares que les otorgó el Congreso a las aerolíneas americanas en abril, con el compromiso de que no dejaran de volar (para dar una idea de lo que significan 32 mil millones de dólares, digamos que el valor sumado de todos los hoteles de Cancún se puede estimar en 6 mil millones de dólares, a un precio de reposición de 150 mil dólares habitación, es decir, el regalo de Trump a sus aerolíneas equivale a cinco veces lo que vale enterita la zona hotelera).

Por su parte, la Secretaría de Turismo estatal está circulando en redes una gráfica en la cual se afirma que la ocupación hotelera en el estado ronda el 25 por ciento (25 para Cancún, 23 para la Riviera Maya, 24 para Cozumel), pero otra vez se omite el dato importante: cuántos hoteles están abiertos y cuántos no. En el mismo gráfico, se informa que al 29 de julio hay 24 mil 555 turistas en Quintana Roo, y una sencilla operación matemática permite concluir que si en el estado hay 100 mil habitaciones hoteleras y si en cada cuarto se alojan dos personas, los turistas registrados no representan más que el 12 por ciento de ocupación, no el 25.

La ocupación hotelera se tiene que medir así, por capacidad instalada, y no por cuartos en operación para tener una idea real de la salud financiera del destino. Los cuartos cerrados tienen el mismo efecto económico que los cuartos vacíos: significan empleados en paro, proveedores sin ventas, créditos vencidos y una fractura expuesta de la cadena de producción. Ocultarlos en las estadísticas es recurrir a la política del avestruz.

La verdad es que los hoteles se la están pasando mal, o más bien dicho, muy mal. Un amigo que sabe porque maneja hoteles (AV), me comenta que una ocupación del 25 por ciento no cubre ni los gastos de operación (él estima que se requiere un 36%). Además, de la ocupación actual una tercera parte son tiempos compartidos (o clubes vacacionales, o semanas anticipadas, o vacaciones por puntos), turistas que compraron por adelantado y que gastan casi nada, porque hasta los alimentos tienen incluidos. Y para mantener esa clientela raquítica, los hoteles se han enfrascado en una guerra de tarifas, que incluye un montón de promociones y regalos para capturar un huésped nada gastador, que no tendría acceso a Cancún en épocas normales.

Esa es la cruda realidad y no hay solución a la vista. Desde luego, a mediano plazo, es indispensable pensar en una o varias formas de diversificar la economía local, desechando la idea de que turismo es lo único que sabemos (y que podemos) hacer. Para tranquilidad de todos, incluidos los hoteleros, hay que alentar cualquier tipo de industria o de negocio que, si no nos libera, al menos sí atenúe el riesgo de la volatilidad turística.

Quienes saben del tema, dicen que el proyecto original del Banco de México para Cancún no era cien por ciento turístico, y que incluía una visión de desarrollo regional, con zonas agrícolas tecnificadas, cuencas pesqueras de alto rendimiento, líneas de producción industrial sustentables, y otras propuestas semejantes. Tal vez no sea demasiado tarde para replantear nuestro futuro, ahora que nos dimos cuenta que tenemos el mejor producto que ofrecer, pero no hay casi nadie que lo quiera comprar.

 

LUNES, 27 DE JULIO

Un asunto familiar, desvinculado del Covid, me obligó hace unos días a viajar, primero a Querétaro, luego a la Ciudad de México. Ante la amenaza de la pandemia, los movimientos rutinarios —pasar por un aeropuerto, subirse un avión, tomar un taxi— tienen un cariz diferente: son un riesgo para la salud. No en forma instintiva, sino muy consciente, asumes que tocar cosas, acercarte a la gente o platicar con alguien, pueden abrir la rendija por donde se cuele el bicho.

Los incidentes fueron muy menores, apenas dignos de mención. En los aeropuertos te toman la temperatura con cámaras telescópicas, que no ves. Lo que sí ves es que todo mundo lleva cubrebocas, aunque muchos son de factura doméstica, tal vez de escasa utilidad. Las aerolíneas te obligan a portarlos al abordar, pero algunos descreídos se los quitan apenas llegan a su asiento. En el vuelo de ida, que fue casi de madrugada, me paré a contarlos: no pasaban de media docena, todos dormidos con la boca semiabierta. La aeromoza, responsable de que eso no suceda, tampoco tenía tapabocas. Es que estamos desayunando, explicó.

En los aeropuertos te obligan a mantener la sana distancia, marcando las sillas donde no te puedes sentar. Parece una precaución inútil, pues en el avión te enlatan como sardina, junto a un desconocido que te mira como si acabaras de salir del leprosario y fueras portador certificado del virus. Las miradas recelosas —cuando no hostiles— son parte de la nueva normalidad, que desterró por completo los gestos amables y empáticos.

Por la cercanía de los asientos, el avión es el riesgo mayor. Es un dilema sin solución: los vuelos no son rentables si se llenan a la mitad. Ni los países europeos, líderes en precauciones, se han atrevido a cuestionar esa ecuación, tal vez a partir de la amenaza de la aerolínea Ryan Air (la más rentable y puntual en Europa), que en abril anunció que suspendería operaciones y despediría a sus 19 mil empleados, si la Unión Europea imponía la norma de dejar vacíos los asientos centrales.

Vuelas sin sana distancia, que tampoco puedes mantener cuando recoges el equipaje o te formas en la fila de los taxis. Nuestro taxi tenía un plástico transparente que nos separaba del asiento del chofer, una barrera totalmente hechiza, mal cortada y peor sellada, con ranuras visibles en toda su periferia (por donde seguro cabe el coronavirus), de ese plástico flexible que se usa para forrar los libros escolares. Tratando de no ser intrusivo, le pregunté al taxista si no existen barreras rígidas, hechas a la medida. Son muy caras, me explicó, cuestan 600 pesos.

Salvo esas minucias, mi impresión general es que la gente se está cuidando, y bien. Sin duda es una cuestión de estatus económico, pues las imágenes del viaje no coinciden en nada con las escenas cotidianas de la televisión, con multitudes abigarradas en el metro, en los tianguis, y hasta en las giras políticas de AMLO. No hay duda que salir implica un riesgo, y que la nueva normalidad es una lata, pero la vida sigue, aunque esté atenuada por el miedo al contagio.

Como corolario del viaje, decidimos hacernos la prueba del Covid-19 al regresar a Cancún. Sin ningún síntoma, mera precaución para saber que no te infectaste y que puedes contagiar a alguien más, por muy esporádicos que sean tus contactos. Vamos a ver: los resultados te los entregan a las 72 horas

En los aviones no existe la sana distancia; eso sí, cubrebocas obligatorio
En los aviones no existe la sana distancia; eso sí, cubrebocas obligatorio
MARTES, 28 DE JULIO

Con la enérgica intervención del municipio y la gestión personal de la alcaldesa Mara Lezama, Fonatur accedió a detener por unos días el despropósito que pretende hacer en el kilómetro 1.2 del Bulevar Kukulcán, desviando el tráfico por una curva cerrada en el carril de regreso (y alterando el trazo histórico de la avenida, que ha sido funcional por 50 años), para permitir un acceso directo a los visitantes de Puerto Cancún, que ya no tendrían que viajar hasta el siguiente retorno.

La obra, a todas luces arbitrara e inútil, se encuentra por el momento en suspenso, en espera de que el Comité de Movilidad y el Implan presenten alguna alternativa. Aquí lo difícil es que el Fondo acepte una modificación a sus planes, pues al parecer existe un acuerdo con los propietarios del predio, que incluye el financiamiento de esa aberración vial.

No es la primera vez que Puerto Cancún rebasa los límites de sus predios, siempre a su conveniencia. Hace un par de años, en tiempos de Remberto Estrada, destruyó parte de la ciclopista para ampliar el conjunto residencial La Laguna (con el aval del municipio, hay que decirlo). Y hace unos meses, el fraccionamiento fue denunciado por dragar el fondo del mar sin contar con los permisos ambientales, para ampliar el frente de su Club de Playa. Estos dos atropellos han sucedido en torno a un cuerpo de agua conocido como laguna Morales, que se supone es espacio federal, pero que Puerto Cancún ha cerrado y bardeado para uso exclusivo de sus habitantes.

Es una lástima que Fonatur se haya alineado con tan mezquinos intereses, dándole la espalda a su propia historia. Torcer el Bulevar Kukulcán, achicarlo, deformarlo, parcharlo y remendarlo, no habla para nada bien de la 4T.

Puerto Cancún, un abuso más con la obra en el Bulevar Kukulcán
Puerto Cancún, un abuso más con la obra en el Bulevar Kukulcán
JUEVES, 30 DE JULIO

El ritual mexicano de los informes de gobierno tendrá que ajustarse a la nueva normalidad. Nada de traer aviones con invitados desde la Ciudad de México, nada de tener cientos de testigos, nada de videowalls y pantallas multimedia con sonido sensaround, nada de nubes de edecanes y ejércitos de ayudantes, nada de recintos alternos ni de porras estruendosas ni de serpentinas y confeti.

Son los tiempos del coronavirus y todo indica que en septiembre, mes de los informes, el semáforo sanitario no habrá salido del color naranja, y si lo ha hecho, aún subsistirán las modas anticlimáticas del cubrebocas y la sana distancia. La nueva moda, pues, serán los informes virtuales, transmisiones simultáneas por todos los medios posibles (televisión, radio, redes sociales, Internet), para enterar a la gente, como reza la Constitución, “del estado general que guarda la administración pública”.

Todos podremos ver el informe en la pantalla (o más de un informe, si uno tiene el nervio suficiente), lo cual parece bastante democrático: nada tampoco de secciones de colores y gafetes para los VIP, y corralitos distantes para la raza. Sin embargo, eso no significa que se hayan acabado las clases sociales, no vaya usted a pensar. Todos frente a la pantalla, no hay de otra, pero el pueblo llano lo verá por Facebook o por Twitter, y el pueblo no tan llano por Zoom o por Skype.

Si no, ¿de qué otra manera se podría ubicar y saludar a los notables?

 

VIERNES, 31 DE JULIO

Una desazón justificada provocó entre los cronistas del país la muerte del historiador de La Habana, Eusebio Leal Spengler. Al estilo de la secrecía soviética, el comunicado oficial se limitó a informar que murió de “una penosa enfermedad”, aunque hace años era de conocimiento público que padecía cáncer de páncreas, tema del cual nunca quiso hablar.

Hablaba mucho y bien, en cambio, de todo lo demás. Dueño de una cultura enciclopédica, disertaba igual de la historia cubana que de la mexicana, de filosofía y de religión, de arquitectura y de urbanismo, de literatura y de poesía, en charlas muy entretenidas donde desaparecía la solemnidad del erudito.

Su vida tuvo algo de novela. Hijo de una afanadora de escuelas, que limpiaba las aulas a destajo (y quien siempre pedía limpiar más), sólo pudo estudiar hasta el sexto grado, antes de engancharse como mandadero en una bodega, luego vendedor de café de casa en casa, más tarde velador en una obra. A tumbos, llegó a estudiar taquigrafía y mecanografía, pero en sus ratos libres devoraba cuanto texto podía de su disciplina favorita, la historia.

La revolución del 59 lo sorprendió como mensajero de una farmacia y como militante de Acción Católica, pues de su madre heredó una profunda fe religiosa, de la cual no renegaría en toda su vida. Cuando los barbudos ingresaron a la capital, en la desbandada de la burocracia, tuvo la lucidez de ingresar a la Sexta Estación de Policía, donde se guardaban los archivos de la dictadura, para rescatar las fichas policiacas de los hermanos Fidel y Raúl Castro Ruz.

Con esa pequeña hazaña ingresó a trabajar al Museo de la Ciudad a las órdenes del historiador de la ciudad, Emilio Roig de Leuchsenring, autor de una vasta obra en contra de las intervenciones de los Estados Unidos en Cuba, pasaporte más que seguro para conservar el puesto. A la muerte de su mentor, dedicó sus afanes a la reconstrucción del Palacio de los Capitanes Generales, un soberbio edificio colonial que se hallaba en ruinas en el centro de la ciudad. Pero hizo la talacha desde abajo: consiguió sacos de cemento, acarreó varillas, gestionó vigas y otros insumos, y lo más importante, consiguió voluntarios que lo auxiliaran en el proceso de restauración.

En 1967, Leal fue designado director del Museo de la Ciudad, sin más méritos académicos que su certificado de primaria, pero años después ingresó a la Universidad de La Habana, para graduarse en forma sucesiva como licenciado, maestro y doctor en Ciencias Históricas.

A diferencia de México, de España y de otros países de habla hispana, Cuba sustituyó la figura del Cronista de la Ciudad por el cargo oficial de Historiador. Ese encargo le fue conferido a Leal en los años 80, con la responsabilidad de encargarse de la restauración del centro histórico de la ciudad, hazaña que logró gracias a una peregrinación universal en busca de recursos, pues lo mismo tocaba puertas de gobiernos amigos, de instituciones culturales y de mecenas privados. Esa labor hormiga, que le llevó décadas, lo convirtió en figura muy destacada de la compleja burocracia cubana, en la cual figuraba a la vez como cuadro del partido, miembro del gabinete y diputado al Congreso, tareas todas que desempeñaba bajo el manto protector, la simpatía política y la sonrisa socarrona del comandante Fidel Castro.

Paralelo a tanta obligación, Leal Spengler se dio tiempo para escribir una docena de libros, en su mayor parte recopilaciones de artículos y discursos que publicó en la prensa. Son difíciles de encontrar (aún en Cuba, donde varios títulos están agotados), pero el mérito mayor del historiador, la envidia de todos los cronistas, fue la labor de rescate del patrimonio histórico, la minuciosa reconstrucción de casas y edificios, la restauración de obras de arte, la recuperación de archivos, la construcción de la memoria de La Habana.

Esa labor le dio renombre universal: en el medio, pocos conocen el nombre del cronista de Madrid o de Buenos Aires o de Lima o de Ciudad de México, pero todos saben que el historiador de La Habana era Eusebio Leal Spengler.

Tan espléndida trayectoria fue reconocida en el año 2018 por la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas, cuyo presidente en turno, Carlos Cosgaya Medina, viajó a Cuba para entregarle el máximo galardón del gremio mexicano, la medalla Renán Irigoyen. Siempre afable, sabiendo que era poco probable, Leal Spengler prometió devolver la visita en cuanto su salud lo permitiera. Eso ya no sucedió, pero en el centro histórico de La Habana queda su legado, como una muestra tangible de que la fe mueve montañas.

 

SÁBADO, 1 DE AGOSTO

Ocho gobernadores se fueron de bruces y pidieron la renuncia del vocero del Covid-19, Hugo López-Gatell. Muy quitado de la pena, el médico brujo de la 4T les responde que los respeta mucho, pero que sus criterios son científicos, no políticos (o sea, populacheros y electorales). Tal vez lo hace porque algunos de los mandatarios firmantes son los peores evaluados del país: Jalisco (23º), Michoacán (28º), Colima (29º) y el inefable bronco de Nuevo León (30º), que sólo la ineptitud de Cuauhtémoc Blanco lo salva de estar un último lugar.

Qué bueno que Carlos Joaquín no está en ese grupo, que propone la peor de las soluciones: cambiar de caballo a la mitad del río. No hay modo de defender a Gatell, cuyas inconsistencias y deslices son evidentes, pero pedir que lo quiten porque se contradice en el asunto del tapabocas parece, aparte de ridículo, oportunista.

A ver hasta dónde llega esta alianza de coyuntura, liderada por el más porro de los gobernadores, el jalisciense Enrique Alfaro. Nomás de verlo se me enchina la piel y me acuerdo de aquella frase que dice que las cosas nunca están tan malas, como para que no puedan ponerse peor.

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