Parece pandemia una marca comercial

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El nombre de Covid-19 no asusta, parece más el nombre de un producto comercial.

 

  • En el pasado, las enfermedades tenían nombres escalofriantes que ponían a temblar a la gente, algo que no sucede con no sucede con la pandemia actual.

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Uno de los problemas personales que tengo con el Covid-19 es que su nombre es demasiado bobo. ¿Covid-19? ¿Así se llama este nuevo jinete del Apocalipsis, equivalente al hambre, a la guerra y a la muerte? Es en extremo inocuo: ese número final tiene un resabio de marca comercial, que lo emparenta con la misma estrategia de mercadotecnia que hizo famosos al Studio 54, al Channel No. 5, al 7-Eleven, al Nintendo 64 y al X-box 360.

¿Covid-19? Por favor, habría que buscar un nombre más temible para esta peste si queremos que inspire algún respeto. En la antigüedad las epidemias solían tener motes escalofriantes. ¿Qué tal si nos dijeran que nos acecha algo tan terrible como la peste bubónica? ¿O una devastadora plaga parecida a la fiebre amarilla? ¿O la viruela loca? ¿O la peste negra? ¿O el terrible cólera, que también era llamado pasión colérica, diarrea colérica, cólera morbus y cólera letalis?

Esos nombres tenían una carga poética —ya que buscaban infundir miedo— y también un mensaje explícito: si te da, te mata. Todavía hace unas décadas, cuando éramos niños, sabíamos de la existencia de enfermedades que te lisiaban o te incapacitaban de por vida: la polio, que te dejaba paralítico; el tétanos, que hacía que te torcieras hasta fracturarte la columna; la rabia, que casi te convertía en hombre lobo; y el dengue hemorrágico, que te provocaba sangrados por dentro, imposibles de controlar.

La medicina moderna, con sus vacunas y sus antibióticos, casi acabó con esas amenazas. Para el hombre moderno es muy difícil concebir una epidemia que diezme poblaciones enteras, porque esa experiencia no está en la memoria de nuestros padres, ni siquiera de nuestros abuelos. Desde la influenza española de 1918, hace más de un siglo, el mundo occidental logró detener a las pandemias que matan millones. De ahí la confianza ilimitada de la gente de que pronto habrá una vacuna y que le daremos “matarili” al bicho.

Y de ahí también, creo yo, el desprecio creciente por los contagios, en donde si bien la mayoría se está cuidando, una minoría creciente anda como si tal cosa, muy quitados de la pena y con el cubrebocas de collar. Sin echar sermón, yo creo que ayudaría darles un susto, y habría que empezar por quitarles a los científicos la potestad de bautizar estas plagas, porque su imaginación es nula y el santoral de las pestes modernas es decepcionante. ¿Chikungunya? ¿Fiebre aviar) ¿SARS -CoV-2? ¿Covid-19? Esos nombres no espantan ni a los niños.

Hace unas semanas, en uno de sus arranques habituales, Donald Trump sugirió que el Covid-19 debe llamarse la peste china, lo cual suena adecuado y razonable, porque a los chinos todos les tenemos miedo, pero al parecer la propuesta resultó políticamente incorrecta. Hay que seguirle pensando…

Pandemias letales. Nos falla la memoria.
Pandemias letales. Nos falla la memoria.
Lunes, 17 de agosto

Hablando de Donald Trump, la semana empezó con otro de sus arranques: la amenaza de recortar en 25 mil millones de dólares el presupuesto del Servicio Postal, que no es ajena a su sospecha de que el Partido Demócrata piensa hacer un fraude electoral con el voto por correo, con la aviesa intención de sacarlo de la Casa Blanca, residencia a la que ya le agarró cierto cariño.

El desplante de Mr. Trump levantó gran polvareda, porque hay también la sospecha contraria: que está dispuesto a cualquier cosa para no quedarse sin chamba, incluido un fraude electoral, o lo que en Estados Unidos es anatema, una negativa a reconocer su derrota (en el país vecino, lo cual es bastante civilizado, lo que realmente cuenta es que el perdedor conceda la victoria a su oponente: esa es la fuente de legitimidad).

Hay que apuntar que Trump se precipitó en perjuicio de su causa. El voto por correo, si bien está legalizado en Estados Unidos, está muy mal reglamentado, porque cada estado pone sus propias reglas: algunos exigen un justificante, otros una entrevista, algunos la pura solicitud, pero la papeleta en blanco, que también se envía por correo, puede tardar demasiado en llegar y volver. Hoy en día, en virtud de la pandemia, el correo trae un atraso de tres semanas, lo cual podría ocasionar, sin hacer nada, que millones de votos no lleguen a contarse.

Pero el auténtico problema de Mr. Trump es que no alcanza a ver más allá de sus narices. ¿Acaso no sabe que hacia el sur, detrás de su ignominioso muro, se encuentra el país que ha desarrollado la tecnología más sofisticada del mundo para torcer elecciones? ¿Acaso ignora que aquí inventamos el carrusel, el ratón loco, las urnas embarazadas, los taquitos, la operación tamal, las casillas zapato, la catafixia y el acarreo?

De verdad está perdido el cuate: si realmente quiere seguir en el cargo, que contrate un mapache mexicano: le arregla el asunto en cuestión de minutos

 

Jueves, 20 de agosto

Organizar la presentación de un libro tiene sus contras en tiempos del coronavirus. La pandemia está en la mente de todo el mundo, y hay que ser muy cuidadoso (y muy persuasivo) para convencer a los participantes de que el riesgo de contagio es mínimo, de que estás tomando todas las precauciones formales y oficiales (y algunas extra), aunque nunca puedes garantizar que el bicho no asistirá, así no haya sido invitado.

Con tales prevenciones en mente se hicieron los preparativos para presentar “¡50 Años de Vida!”, el álbum fotográfico que compilé como cronista y que editó Grupo Regio para conmemorar las primeras cinco décadas de la ciudad.

El espacio disponible en la Biblioteca Nacional de la Crónica fue adaptado con ese criterio: dos metros de distancia entre silla y silla (tanto hacia adelante como hacia los lados, excepto para matrimonios que se supone conviven sin distancia), y un máximo de 40 invitados, para cumplir con la normativa que permite reuniones de 50 personas y ni una más.

El salón se veía curioso, las sillas como chícharos en sartén, y atrás un espacio generoso para nadie (al salón le caben 300 personas en condiciones normales).

Aparte, el uso obligatorio de tapabocas (que se respetó a cabalidad), un termómetro digital para medir la temperatura a distancia, litros de gel desinfectante (que se le aplicaba a los micrófonos cuando pasaban de mano en mano), y edecanes con guantes y mascarillas de acrílico.

Todo este esfuerzo buscaba proteger a un escaso, pero muy selecto público, amigos-cómplices que se tomaron el trabajo de revisar el libro en originales, que grabaron videos para la presentación y/o que siempre han sido solidarios en la construcción de la memoria de la ciudad.

La idea de tener público era darle un interlocutor a los expositores, que tuvieran enfrente rostros expresivos, aun medio ocultos por los cubrebocas, pues no hay nada más frustrante que hablar ante una cámara de televisión que permanece muda, impávida, sin mostrar la más mínima emoción.

De todos modos, detrás de ese intercambio en vivo, la presentación se concibió para ser virtual y para transmitirse simultáneamente por Facebook y YouTube, como lo exige la nueva normalidad (que es totalmente anómala).

Un tema delicado y sensible fue invitar a los expositores. El libro está dividido en tres capítulos, intitulados “Cancún virgen” (que reúne las imágenes de la etapa fundacional); “De pueblo a metrópoli” (el crecimiento de la ciudad); y “Un paseo por la Kukulcán” (la evolución de la zona hotelera).

Nadie mejor para exponer el primer tema que el líder histórico de los pioneros, Rafael Lara y Lara, quien aceptó gustoso la encomienda. El mismo entusiasmo capté en Margarita Álvarez, inquieta editora con más de 40 años de residencia, quién abordaría el tema urbano, y en Servando Acuña, presidente de Amigos de Sian Ka’an y reconocido mercadólogo, quien me pareció idóneo para comentar las fotos de la zona turística.

Para moderar la sesión, una selección lógica y segura fue Patty Suárez, con varias décadas de experiencia acumulada en el uso del micrófono.

Como soporte a este magnífico panel, en los días previos le pedí a otro grupo de amigos-cómplices, todos muy solventes y prestigiados en sus áreas de actividad, que filmaran un breve video doméstico, describiendo cuál era su foto favorita dentro de las más de 800 que contiene el libro.

Conforme esos videos fueron llegando, un editor insertó las fotos elegidas dentro del discurso, que se convirtió en una galería muy significativa de gustos y opiniones.

Por último, el equipo técnico efectuó un ensayo el martes previo, con todo y edecanes, para revisar la logística. Cada quien se acomodó en su lugar, ensayó su parte, se puso de acuerdo con los demás, para que ningún detalle nos fuera a fallar. Pero sí nos falló.

Los tropiezos empezaron el miércoles de mañana cuando, de manera decente y caballerosa, Rafa Lara habló para avisar que, considerando sus 83 años de edad, el médico le había prohibido asistir al evento. No soy nadie para discutir una advertencia médica, y menos con un bicho tan agresivo como el coronavirus, así que esa misma tarde un camarógrafo fue a su casa para filmar su intervención. Resuelto ese tema, por la tarde llamó por teléfono Patty Suárez, para informar que tenía una tremenda infección dental, con hinchazón de la mejilla y dificultades para hablar. Vas a traer tapabocas, bromeé, no se te va a notar.

Esa misma tarde llegó un WhatsApp de Servando, con las siguientes consideraciones: él permanecería fuera del salón, al aire libre, hasta que le tocara su turno; se retiraría en cuanto terminara de hablar, sin quedarse a la sesión de preguntas y respuestas; y las puertas del salón debían estar todo el tiempo abiertas, para una mejor ventilación.

Las condiciones que puso Servando eran un problema mayor, porque la idea original era que todos los expositores subieran juntos al escenario, y fueran hablando de manera consecutiva. La opinión del equipo fue que se vería muy mal que Servando se subiera a la mitad y de inmediato se bajara, lo cual se iba a interpretar como que las condiciones sanitarias de la reunión no eran óptimas. Así que tuvimos que cambiar el formato: Patty estaría arriba desde el principio y todo el tiempo, primero con Margarita (porque Rafa no iba a ir), luego con Servando, al final conmigo.

Así las cosas iniciamos un par de minutos después de las siete, urgidos por los mensajes de redes sociales, que exigían puntualidad. Servando no había llegado, pero sí un mensaje avisando que estaba en camino. Pese al ensayo, tuvimos varias fallas: el sonido no era el ideal (los videos no se escuchaban con claridad), y una luz excesiva estorbaba la proyección en la pantalla, pero el equipo de filmación me informó que la transmisión por redes era impecable y que la audiencia iba in crescendo.

Patty Suárez hizo gala de profesionalismo, conduciendo la sesión con soltura y elegancia. Margarita conquistó a los presentes, con sus anécdotas del Cancún pueblerino. Cuando terminó, hubo que alterar el orden y meter en bloque los videos, porque Servando no llegaba. Y quince minutos después, remplacé a Margarita en el escenario para la sesión de preguntas y respuestas, porque Servando no llegó. Nos dejó plantados.

Supuse que más tarde, o al día siguiente, llamaría para dar una explicación decente y caballerosa sobre su ausencia, pero lo único que llegó fue otro mensaje de WhatsApp con una débil excusa: me atoré en el tráfico, explicó.

Pero hacer una presentación en tiempos del coronavirus también tiene sus pros. Esa misma noche revisé la grabación en YouTube y, en efecto, estaba impecable: el sonido se escuchaba perfecto, las intervenciones y los videos se sucedían de manera fluida y lógica, nada permitía adivinar las ausencias ni los cambios en el guion.

Mi celular se saturó de mensajes que coincidían al describir la presentación como magnífica y excelente. Pero la mejor noticia me la dio la coordinadora del evento: las estadísticas de Facebook y YouTube indican que ¡982 personas! atendieron la presentación vía electrónica, un cifra que no hubiera imaginado ni en una sesión de opio.

Tengo la sospecha de que ese desenlace indica que la modalidad virtual llegó para quedarse, con o sin coronavirus. A lo largo de los años he hecho numerosas presentaciones de libros, propios y ajenos, y puedo asegurar que, salvo casos excepcionales o autores consagrados, una asistencia de 100 o 150 personas puede considerarse exitosa.

Casi mil personas es un alucine, y también es una prueba de que la pandemia nos está enseñando formas nuevas de hacer las cosas, fórmulas que son más efectivas, soluciones más productivas, ópticas más dinámicas.

Por lo pronto, nos permitió presentar el álbum fotográfico del 50 Aniversario, un regalo que le pudimos dar a Cancún en el año que corresponde y aún en medio de esta inoportuna y persistente peste. Con enorme gratitud para los expositores, los amigos-cómplice, los invitados y el equipo técnico, creo que se vale repetir el cliché de los programas de concurso: ¡prueba superada!

Álbum fotográfico. Regalo de 50 Aniversario.
Álbum fotográfico. Regalo de 50 Aniversario.
Sábado, 22 de agosto

Desde que el huracán Wilma se estacionó sobre Cancún en octubre del año 2005, destruyendo en 60 eternas horas cuanto encontró a su paso, Cancún no ha sufrido el impacto de otro fenómeno ciclónico. Sin embargo, sí ha tenido muchas advertencias porque los huracanes son parte nominal de nuestro calendario de actividades (y cada vez hay que prepararse para recibirlos). Un breve recuento:

  • En 2006, la tormenta tropical Alberto pasó por el Canal de Yucatán, frente a Cancún, antes de ingresar en el Golfo de México, provocando un fin de semana de lluvias torrenciales.
  • En 2007, siguiendo una trayectoria inequívoca, el huracán Dean ingresó al Caribe con categoría 2, pero al impactar la costa de Quintana Roo había alcanzado la categoría 5. Dean arrasó los muelles de cruceros de Majahual e inundó todo el sur del estado.
  • En 2008, la tormenta tropical Dolly inundó las colonias populares de Cancún, antes de ingresar al Golfo de México e impactar Tamaulipas.
  • En 2009, el huracán Ida coqueteó con impactar Cancún, mientras cruzaba el Canal de Yucatán rumbo a Florida.
  • A finales de octubre de 2011, el huracán Rina, con categoría 2, enfiló directo hacia Cancún. Una intensa movilización tuvo lugar, incluyendo la evacuación de 82 mil turistas. Pero los huracanes no tienen palabra de honor: en lugar de fortalecerse, como preveían los pronósticos, el meteoro se degradó a tormenta tropical. Eso sí, traía tanta agua que las inundaciones fueron masivas.
  • Tras varios años de calma, 2017 fue un año bastante movido. Dos huracanes impactaron el sur de Quintana Roo en el mes de agosto, Franklin y Harvey, el segundo de ellos alcanzó la categoría 4 en el Golfo de México y fue muy letal en Texas. A Cancún, otra vez le pasó cerca un categoría 1, Nate, en su tránsito por el Canal de Yucatán.
  • En 2018, dos meteoros usaron el Canal de Yucatán en su camino hacia el norte, Alberto en mayo, Michael en octubre. Ambos provocaron severas inundaciones en la ciudad.

En 2020 el fiasco se llamó Marco. Tras alertar a los sistemas de Protección Civil, obligar a los náuticos a resguardarse y provocar compras de pánico, la tormenta tropical no siguió la trayectoria esperada que apuntaba directamente hacia Tulum, y tras un giro inesperado, utilizó el viaducto predilecto, llámese el Canal de Yucatán, para internarse en el Golfo de México. También Marco nos dejó plantados

Así es el Caribe, así seguirá siendo. Las alarmas suenan cada dos o tres años, y no es posible bajar la guardia, porque Wilma nos enseñó que una modesta depresión tropical puede convertirse en un furioso huracán en cuestión de horas. Y siempre podemos quedar en su caprichosa trayectoria.

Ante fenómenos meteorológicos, nunca bajar la guardia.
Ante fenómenos meteorológicos, nunca bajar la guardia.

 

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