Calderón, a la sombra de la guerra antinarco

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Felipe Calderón

 

  • Desde su segundo año de Gobierno, Felipe Calderón comenzó a ver el costo que representó para el País la guerra contra el crimen organizado.
MAYOLO LÓPEZ / AGENCIA REFORMA

CIUDAD DE MÉXICO.- El terrible costo que representó para la República la declarada “guerra” contra el crimen organizado que alentó el ex Presidente Felipe Calderón empezó a perfilarse en los días que precedieron al Segundo Informe de Gobierno del michoacano.

Calderón batallaba muchísimo para sortear la curva de aprendizaje que marca el segundo año de gestión de todo Jefe de Estado, justamente por los estragos aparejados a esa controvertida y dañina “guerra”.

El panista apuraba el inicio de su segundo año de Gobierno con el propósito de cerrar en definitiva el capítulo de las cerradísimas elecciones de 2006 y abandonar el discurso de reafirmación y legitimación que marcó su primer año.

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Pero el fantasma de la “guerra” ya empezaba a representarle un pesado lastre: para diciembre de 2008, el registro de víctimas mortales vinculadas al narco ya ascendía a 7 mil 600 ejecuciones.

En un mensaje previo a que entregara su Segundo Informe, Calderón alegó que la inseguridad y la violencia no podrían ser erradicadas por decreto.

“Tengo muy claro que la inseguridad y la violencia no pueden ser erradicadas por mero decreto. Sé que la sociedad se encuentra profundamente agraviada por la impunidad y por la corrupción, y sé que estos males se hacen más difíciles de combatir si falta la coordinación suficiente entre las autoridades”, planteó.

En agosto de 2008, el secuestro y asesinato de Fernando Martí le descompuso las cosas y puso el foco nuevamente en el tema de seguridad pública. La delincuencia organizada desataba en paralelo una ola de violencia sin precedentes y, en septiembre, el tema de Calderón era nuevamente el de la “guerra” que, avisaba al atribulado pueblo, costaría “dinero, tiempo y vidas humanas”.

La embestida del narco se intensificaba: se sabía de “los descabezados” de Mérida, de una veintena de ejecutados en La Marquesa, la crisis de inseguridad en Chihuahua, los asesinatos en Tijuana…

La guerra contra el narco también aportó algunas victorias al Mandatario: la captura de “El Rey” Zambada, hermano del líder del Cártel del Pacífico; “El Doctor”, último de los hermanos Arellano Félix que estaba en libertad; Antonio Galarza Coronado, del Cártel del Golfo, y “El Hummer”, uno de los fundadores de Los Zetas. Además de dos decomisos: uno en efectivo, por 26 millones de dólares, y otro de armamento, con más de medio millón de cartuchos de por medio.

En el mismo mes, la devaluación del peso, la caída de los precios del petróleo y la presencia de una crisis económica llegada desde el exterior -la gran crisis inmobiliaria en los Estados Unidos- completaron el cuadro.

Apenas 15 días después de que presentara su Segundo Informe de Gobierno, Calderón viviría uno de los días más aciagos de su gestión: la noche de “El Grito”, en realidad una “noche triste”, cuando el estallido de un par de granadas en Morelia, Michoacán, le arruinó el festejo independentista.
Por si fuera poco, Calderón se fracturaría el hombro izquierdo al caer de una bicicleta al salir de Los Pinos para dar un paseo en Chapultepec. El michoacano usó un cabestrillo durante varias semanas y apareció en público el 1 de septiembre, cuando envió al Congreso su Informe de Gobierno.

Para entonces, Genaro García Luna -preso hoy en los Estados Unidos acusado de narcotráfico- empezaba a provocarle dolores de cabeza al Presidente: personajes cercanos al Secretario de Seguridad Pública eran señalados por presuntos nexos con el crimen organizado. El caso más grave es el de su ex secretario particular, Arturo Velarde, que compareció la semana pasada a declarar ante la SIEDO.

Calderón se vio obligado a deslindar a su Secretario de la cloaca destapada con la Operación Limpieza: “No se trata de investigaciones alrededor de él, se trata de un compromiso de limpieza en torno al Gobierno federal. Si hubiera alguna duda de su probidad o, más aún, algún elemento probatorio que descalificara esa probidad, seguramente no sería Secretario de Seguridad Pública”, sentenció.

Si al Presidente le animaba el impulso de dejar atrás la etapa de la protesta y la impugnación a su cuestionado ascenso al poder, en enero de 2008 se apresuró a dar un golpe de timón al nombrar a dos de sus colaboradores más cercanos -ambos artífices de la estrategia con la que se había hecho de la Presidencia- en posiciones estratégicas: Ernesto Cordero en la Secretaría de Desarrollo Social y Juan Camilo Mouriño en Gobernación.

Los movimientos habían sido precedidos por la llegada del hoy morenista Germán Martínez a la dirigencia nacional del PAN, el 8 de diciembre del 2007.

Calderón pudo concretar, en ese aciago 2008, la negociación de la reforma energética pero, simultáneamente, esa reforma reimpulsó a su antiguo adversario en los comicios presidenciales de 2006, Andrés Manuel López Obrador, quien se abocaría a defender la causa del petróleo.

En su Segundo Informe, el michoacano se preció de haber tomado medidas para encarar “un entorno económico externo adverso”, caracterizado por una desaceleración económica internacional más profunda de lo que se había anticipado.

“Para ello, en este segundo año de Gobierno se impulsaron acciones orientadas a mejorar la captación de ingresos públicos de manera compatible con el estímulo a la inversión productiva, así como también para incrementar la eficiencia y calidad del gasto público y la disponibilidad de recursos para el desarrollo social y la inversión en infraestructura”, detalló.

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