La OMS funciona; los gobiernos, no

153
Tedros Adhanom, el director general de la OMS, hace todo lo que puede con poco apoyo internacional.

 

  • Con recursos muy limitados, efectúa la heroica tarea de convencer a los gobernantes del mundo de cuidar a sus ciudadanos.
Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Más visible que nunca en toda su historia, tratando de erradicar de este planeta a un bicho raro llamado coronavirus, hay un bicho raro de la burocracia internacional: la Organización Mundial de la Salud.

Con sede en Ginebra, su rango es el de agencia de las Naciones Unidas y su misión es, digámoslo así, alcanzar un estado de salud global, entendida esta como “el completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedades”.

Desde luego, aún antes de que apareciera el Covid-19, su fracaso había sido estrepitoso. Como muestra de la ineficacia de su labor, baste decir que los factores de riesgo asociados al coronavirus no son la excepción en la población mundial, sino el pan nuestro de cada día: mil 900 millones de personas con sobrepeso y 650 millones con obesidad (México ocupa el primer lugar mundial en ambas categorías, adulta e infantil), mil 130 millones hipertensos (y más de la mitad lo ignoran), y alrededor de 480 millones de diabéticos (es un cálculo, porque no es posible diagnosticarlos a todos).

El panorama de las enfermedades infecciosas también es desolador: el año pasado, 228 millones contrajeron malaria, se reportaron 50 millones de casos de tuberculosis y el Sida afecta a unos 37 millones de individuos, en su inmensa mayoría habitantes del África meridional (al sur del Sahara).

Los enfermos de estos males se pueden contar porque no se mueren rápido: es más difícil llevar el registro de infecciones intestinales graves (diarreas bacterianas o virales), o epidemias respiratorias estacionales (influenza, gripe), que también cobran anualmente su cuota en millones de víctimas.

Podría pensarse que esto está asociado a la pobreza. Los cálculos de la propia OMS apuntan que 780 millones de seres humanos no tienen acceso al agua potable (con toda llaneza, beben agua contamina), y alrededor de 2 mil 500 millones se encuentran fuera de los sistemas de salud. Pero a la riqueza (la riqueza relativa de poder ir a un hospital, aunque sea del Seguro, o tener un seguro de gastos médicos), se asocian enfermedades de tipo crónico, como los ataques cardiacos, el cáncer en todas sus formas, las neumonías (típicas o atípicas),  o complicaciones derivadas del tabaquismo o el consumo de alcohol, que también pasan facturas millonarias. Para una inmensa mayoría de la población mundial, hablar de “bienestar físico, mental y social”, suena a broma macabra.

¿Significa eso que la OMS no funciona y habría que eliminarla?

Al contrario: la OMS es lo único que funciona. Con un presupuesto bastante modesto (unos 4 mil 400 millones de dólares, más o menos la novena parte del presupuesto que tiene el Seguro Social), y unos siete mil empleados (para seguir el mismo ejemplo, el IMSS tiene 431 mil), el organismo mantiene oficinas en 192 estados miembros, donde desempeña las siguientes funciones:

  • Asesora a los gobiernos sobre campañas de prevención y vacunación.
  • Revisa y supervisa la elaboración de estadísticas sanitarias.
  • Evalúa la capacidad de las redes hospitalarias y los servicios médicos.
  • Coordina los esfuerzos de investigación a nivel mundial, lo cual incluye a los laboratorios privados (que buscan, como ahora, la vacuna contra el Covid-19).
  • Y una fundamental: alerta contra cualquier brote epidémico y monitorea el surgimiento de enfermedades infecciosas.

Año con año, la OMS celebra una reunión anual y siempre llega a la misma conclusión: los gobiernos del mundo (quizás con la excepción de unos cuantos europeos), no invierten lo suficiente en sus sistemas de salud. Dicho en forma palmaria: gastan más en armas que en medicinas. El caso paradigmático, como siempre, son los Estados Unidos, que destina a Defensa más del doble (681 mil millones) que a todos sus sistemas sanitarios.

La consecuencia lógica es que el mundo no está preparado ni capacitado ni equipado para contener una pandemia del tamaño del Covid, que esta semana rebasó los 25 millones de contagios (oficiales), y se acerca rápidamente al millón de muertes (también oficiales, y por lo tanto, subestimadas y erróneas).

La OMS funciona muy bien, los gobiernos no. En su último Congreso, salió a relucir que los países ricos gastan en salud  270 dólares al año por habitante (que son insuficientes), mientras los países pobres apenas se acercan a los 60 dólares (que es una cifra ridícula, lo que vale una consulta médica). Con esos datos, la OMS se ha convertido en un molesto mosquito zumbador, que le recuerda a los poderosos lo que no quieren oír: sus obligaciones con la gente.

Desde hace años, la OMS había advertido que podía presentarse una pandemia imposible de controlar. Por fortuna la que apareció, el Covid-19, no es tan letal ni tan contagioso, aunque todavía no lo descifremos por completo, y hay fundadas esperanzas de que su azote será pasajero. El problema, desde luego, es si vamos a aprender algo con esta lección, o si en el futuro nos vamos a tropezar de nuevo con la misma piedra.

 

Lunes, 31 de agosto

No entiendo muy bien qué pretenden, en última instancia, los miles y miles de ciudadanos que, en número creciente, bajo el membrete de FRENA y otras agrupaciones, salen a la calle a pedir la renuncia de López Obrador. La pregunta no es retórica: es obvio que pretenden que renuncie, lo pintan en sus mantas y lo piden a gritos, pero es todavía más obvio que eso no va a suceder, y cualquiera que tenga dos dedos de frente tiene que suponer cuáles pueden ser las consecuencias de este esfuerzo que parece inútil.

Andrés Manuel fue electo por seis años, y lleva en el gobierno menos de dos. Su índice de aprobación anda por arriba del 50 por ciento, y aún tiene muchas cartas en la manga para seguir siendo popular, entre ellas el juicio a los ex presidentes. La única manera razonable de que se vaya es arrebatarle el Congreso a Morena en 2021 (para evitar la tentación de una reelección), conseguir la mayoría en la revocación del mandato en 2022 (se ve muy difícil, sino no es que imposible), o esperar con paciencia a que termine su gestión y se vaya solo, en el 2024.

En todo lo anterior, estoy asumiendo que sus opositores desean que se vaya por las buenas, aunque tampoco veo manera de que eso suceda. La imagen de que un tipo tan aferrado como Andrés Manuel se vuelva reflexivo, que de repente comprenda que le hace mal al país, que sus excesos verbales han fracturado a la sociedad, que su gobierno no tiene futuro, y por tanto, que decida irse a su casa, me parece tan ilusoria que les recomendaría un examen de la cabeza a quienes supongan que ese escenario es factible.

De irse, López Obrador tendría que hacerlo por las malas y podemos imaginar lo que eso significa. La historia de América Latina está repleta de episodios traumáticos donde un pueblo, con razón o sin ella, exigió con violencia el fin de un gobierno, y en la mayoría de los casos pagó su osadía con sangre.

No hace demasiados meses la televisión nos trajo imágenes de poblaciones masacradas en Venezuela y en Nicaragua, con muchas muertes civiles que terminaron siendo sacrificios gratuitos.

Las protestas en México se están pareciendo cada día más al cacerolismo chileno, que si bien contribuyó a la caída de Salvador Allende, pagó una factura demasiado alta: 17 años de dictadura militar, con un saldo pavoroso de víctimas (por arriba de cien mil, casi el uno por ciento de la población), suspensión de las garantías individuales, abolición de la libertad de prensa y de reunión, tortura sistematizada contra los enemigos del régimen, y millares de desaparecidos.

No creo que las vociferantes marchas anti-AMLO estén dispuestos a recorrer ese vía crucis, pero sí sospecho que hay gente en las tinieblas que no menosprecia ni descarta esa eventualidad. Detrás de esos ingenuos gritones, seguro que hay mentes siniestras que le apuestan a la desestabilización, a la represión, a la violencia, y a quienes no les vendrían mal algunas víctimas, para convertirlas en mártires de la causa.

Para no hacerla de tontos útiles, cada manifestante debe estar listo para resolver el dilema siguiente: que se vaya López, pero que se ponga… ¿quién? Si la respuesta es no importa, que se ponga quien sea, estamos ante una actitud patética, inaceptable, más irresponsable que las peores ocurrencias de Andrés Manuel.

Como dice el refrán, ten cuidado con lo que deseas, porque se te puede cumplir.

Protestas huecas e inútiles contra el presidente López Obrador.
Protestas huecas e inútiles contra el presidente López Obrador.
Martes, 1 de septiembre

Como a la mayoría de sus amigos, la muerte de Máximo García Rocha, el subsecretario de Turismo de Quintana Roo, me agarró por sorpresa. Al principio supuse que había sido Covid, pero luego me enteré que sufría desde hace más de un año de un cáncer terminal, que finalmente le hizo crisis. No estaba solo en la ignorancia: Máximo fue tan discreto con su padecimiento que ni siquiera sus colegas de oficina, que lo veían todos los días, estaban al tanto de la dolencia.

Máximo, en extremo reservado, no puso al día ni a su propia familia. En diciembre fue sometido a una operación quirúrgica, que sólo fue parcialmente exitosa, pues no lograron retirar por completo el tumor. Con el transcurso de las semanas y a pesar de las quimios, las radiografías detectaron la presencia de metástasis, que el paciente mantuvo como un secreto de Estado.

Siguió trabajando como si nada, aunque empezó a perder peso y su semblante adquirió cierta palidez. Aunque casi nunca lo veía, en mayo y junio mantuvimos comunicación constante, porque vía WhatsApp me hizo algunos comentarios al Diario del Coronavirus.

A veces coincidíamos, a veces no, pero sus observaciones eran siempre sensatas, filosas y directas, rebosantes de sentido común. Una vez le pregunté cómo veía el turismo en Cancún al fin de la pandemia: no veo el fin de la pandemia, me respondió, hay que buscar soluciones con la pandemia presente.

Lo traté por años, primero como consejero del CCE, luego como director de Turismo municipal, al final como subsecretario. Me gustaba su estilo seco, parco y directo, sin los requiebros propios de los políticos.

No sé hasta qué punto, pero sin duda mis opiniones sobre el turismo en Cancún están teñidas por su visión de los hechos.

Su final hizo justicia al personaje. Ya en su lecho de muerte, cuando los médicos le informaron que no había nada que hacer, quiso viajar a Cancún para entrevistarse con sus jefes directos (el gobernador y la secretaria), con la intención de agradecer la oportunidad de trabajo.

Eso ya no fue posible: los médicos le prohibieron moverse y el desenlace se precipitó en cuestión de días. Al conocerse la noticia, las redes sociales se inundaron de mensajes de consternación y asombro.

Unos días después, tuve oportunidad de platicar vía telefónica con Máximo, su hijo único. Me contó los detalles del tramo final, de su entereza, de su decisión de no causar lástima, del silencio que incluso lo alcanzó a él, del ejemplo de su vida y de su muerte. La conversación se cerró con una frase a la que todos deberíamos aspirar. Estoy súper orgulloso, me dijo Máximo, de haber tenido el padre que tuve.

Máximo García, una pérdida inesperada.
Máximo García, una pérdida inesperada.
Jueves, 3 de septiembre

El mapache mayor de América del Norte, míster Donald Trump, dejó fríos a sus adversarios recomendando a sus fans que voten dos veces en la elección presidencial (y que voten por él, claro está), la primera por correo, la siguiente de manera presencial, en las casillas. El mensaje fue tan cínico que Twitter supuso que era falso, luego pensó que podía ser ilegal, y lo bajó.

Míster Trump sabe que se va a armar un desgarriate porque en los Estados Unidos, aunque la elección sea nacional (para presidente), las reglas de votación por correo las pone cada estado. Algunos exigen que el votante solicite su papeleta con semanas de anticipación, pero otros permiten que la pida 24 horas antes del día de la elección o el mismo día. Para el conteo de votos el asunto es peor: hay estados que exigen que los votos lleguen como máximo el día de la elección, pero hay otros que los dan por buenos si llegan siete, diez, o incluso 14 días después. En los estados donde la competencia sea cerrada, unos cuantos miles de votos atorados en el Postal Service podrían paralizar el conteo, ya que en el sistema americano el sufragio popular no cuenta: aunque la diferencia sea más uno, todos los votos electorales se le adjudican al candidato ganador.

Gran actor de reality shows, más tramposo que un tahúr, no suena descabellado imaginar que el marido de Melania alegue, si se ve en desventaja, que los siniestros gobernadores demócratas secuestraron los votos que le favorecían. Para el distraído votante americano (una inmensa mayoría), la acusación podría resultar creíble, sobre todo en tiempos del Covid, cuando el correo tiene en sus entregas un atraso promedio de 14 días.

Más allá de este sainete, si es que llega a darse, lo que preocupa de la elección americana es la polarización del electorado que está promoviendo el papá de Ivanka. En las últimas semanas, con la elección en puerta, Trump se puso a defender las peores causas: la cacería de indocumentados, la brutalidad de la Policía, los excesos de los supremacistas blancos. Esas posturas, que en México nos parecen repugnantes, no tienen la misma recepción en los Estados Unidos, donde el 70 por ciento del electorado es conservador, es anglosajón y es protestante. La apuesta de Trump es asustar a la masa de indecisos con el fantasma de la violencia y el caos.

Más allá del desenlace de la campaña, gane o pierda Trump, la mala noticia para México es que a cuatro de cada diez votantes el presidente no los tiene que convencer de nada, porque piensan igual que él: son racistas, son misóginos, les gusta jugar con armas y piensan que México es un dolor de muelas.

Esa es la mala noticia: aunque gane Biden, ellos seguirán ahí.

Estados Unidos dividido, malas noticias para México
Estados Unidos dividido, malas noticias para México
Viernes, 4 de septiembre

En su tono habitual, con un dejo de arrogancia y una pizca de triunfalismo, el canciller Marcelo Ebrard reapareció ante las cámaras para anunciar que México ha sido invitado a colaborar en la fase III de la vacuna rusa, la Sputnik V, lo que en términos llanos significa que se requieren 2 mil voluntarios, quienes tendrán que dejarse picar un par de veces (esta vacuna requiere dos dosis) y serán monitoreados durante 60 días, para ver si crearon anticuerpos.

La mitad de esos voluntarios, aunque no lo sabrán, recibirán sólo un placebo, o sea, un poco de agua con sal, pues son el llamado grupo de control. La otra mitad serán infiltrados por lo que se conoce como un vector viral, una especie de medio de transporte, al que se le añade un gen del coronavirus.

En teoría, el cuerpo lo debe reconocer y crear anticuerpos específicos y células T para combatir al intruso.

El problema con la vacuna rusa es que el señor Vladimir Putin ordenó que se saltaran un par de fases de seguridad, en sus ansias por colocar a Rusia a la cabeza en esta carrera contrarreloj. Para mostrar su convicción, Putin aseguró que su propia hija recibió una dosis, aunque muy a la soviética, no reveló cuál hija, pues tiene dos: María y Katerina. También a la soviética, Rusia no publicó los protocolos de elaboración de la vacuna, a pesar de la solicitud expresa de la OMS.

Otro motivo de aflicción es que los rusos han declarado que su vacuna no tiene efectos secundarios, aseveración que ponen en duda los expertos, pues todas las vacunas de vector viral provocan reacciones, que pueden ir desde una ronchita en el punto de inyección hasta un severo rechazo. Eso es precisamente lo que busca la fase III: saber si se genera inmunidad y si hay rechazo.

Con esos antecedentes, se puede suponer que no serán muchos mexicanos los que se animen a participar en el ensayo, pero se me olvidaba decir que los voluntarios no serán del todo altruistas, almas caritativas que contribuyen con su propio cuerpo a detener este flagelo de la humanidad, sino que, además de la satisfacción de convertirse en héroes anónimos, recibirán un bono de algunos cientos de dólares, quizás tantos como mil. Como la crisis está canija, ¡se van a hacer colas!

Vladimir Putin, las ansias por ganar la carrera de la vacuna contra Covid-19.
Vladimir Putin, las ansias por ganar la carrera de la vacuna contra Covid-19.

 

Te puede interesar: Reinfecciones de Covid, una nueva preocupación