‘Entierra’ Covid informes inútiles

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  • El coronavirus dio al traste con un ritual muy apreciado del folclor político: asistir a ceremonias donde no se va a escuchar, sino a ver y ser visto.

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Septiembre será el mes de los informes de gobierno. Aunque no somos el único, sí somos el país que ha llevado a su máxima expresión esa extraña ceremonia entre legislativa y presidencial, que cada año se repite miles de veces a lo largo y ancho del país: cuatro a nivel presidencial (otra ocurrencia de AMLO), 32 a nivel estatal, y 2 mil 458 a nivel municipal, más algunos centenares de informes de alcaldes y delegados, y la muy reciente moda de senadores y diputados de informar también, aunque no los obligue la ley.

Aunque está lejos de tratarse de un ejercicio democrático (pues nadie puede interpelar ni interrumpir ni cuestionar a los oradores, máxime hoy que la mitad del tiempo transcurre con la proyección de videos), los mexicanos deberíamos reclamar cierto crédito como creadores universales del ritual. Casi podemos presumir que lo inventamos, pues a pesar de que existen algunos antecedentes, en ningún lugar del globo la ceremonia alcanza tanto boato y tanto desenfreno, en contraste directo con su creciente inutilidad.

En la Inglaterra del Siglo XVIII los monarcas acudían a la apertura de las sesiones del Parlamento para ofrecer lo que podría traducirse como el discurso cortesano del rey, en el cual expresaban las opiniones de Su Graciosa Majestad sobre el gobierno de sus dominios.

Una aparición parecida hizo ante el Congreso de los Estados Unidos su primer presidente, George Washington, pero en 1801. Años antes de que empezara la Guerra de Independencia en México, el presidente Thomas Jefferson consideró el rito “en extremo monárquico” y lo suprimió. El racista e imperialista Woodrow Wilson lo restableció en 1913, y desde entonces el Congreso americano invita al presidente a pronunciar un Discurso del Estado de la Unión, que no tiene fecha fija ni está contemplado en la ley, pero que se parece cada vez más al rito mexicano.

No hay nada parecido en la historia de nuestra potencia colonizadora, España, donde los reyes absolutistas no le rendían cuentas a nadie. Sin embargo, en 1824, la primera Constitución mexicana obligaba a los ministros a rendir un informe ante el Congreso. La orden fue desacatada por el primer presidente mexicano, Guadalupe Victoria, quien en busca de reflectores se presentó de improviso en la sesión del 1 de enero de 1825 y leyó lo que debe considerarse el primer informe presidencial.

Como no era obligatorio, los siguientes inquilinos de Palacio lo tomaron con desparpajo, unos lo hicieron, otros no, hasta que la Constitución del 57 ordenó que el presidente de la República “concurra a las sesión de apertura del Congreso y presente un informe del estado que guarda la Adminsitración”.

A muchos no les gustó el tono perentorio de la ley, incluyendo al héroe favorito de AMLO, Benito Juárez, que trató de mandar sus informes por escrito. Pero sus sucesores, y muy notoriamente Porfirio Díaz, se dieron cuenta que la obligación de informar podría transformarse en la oportunidad de ser aplaudido, una ceremonia de glorificación presidencial en la cual se veneraría, se santificaría y se idolatraría al titular del Ejecutivo, dándole una vuelta de campana al espíritu de la ley, que siempre pretendió que el mandamás rindiera cuentas.

Don Porfirio, ya encarrerado en su papel de tirano benefactor, se olvidó de la periodicidad anual y acudió a rendir su informe ¡61 veces!, récord que ni queriendo iguala López Obrador. Luego, los presidentes del México priista incurrieron en notorios excesos: aparte de declararlo día festivo, para que nadie fuera a trabajar y los pudiera ovacionar, Abelardo Rodríguez leyó un informe que duró 7 horas y 35 minutos (el más largo, e igual de tedioso que el resto), Lázaro Cárdenas obligó a la radio a transmitir su perorata en cadena nacional, Miguel Alemán mandó erigir docenas de arcos florales en su camino al Congreso (que también en cadena nacional se transmitió por televisión), y López Portillo impuso un récord, pues los diputados lo interrumpieron con atronadores aplausos en 40 ocasiones (el día que nacionalizó la banca).

De más está decir que los informes, escritos en tono triunfalista, siempre contenían (y contienen) mentiras descomunales y exageraciones sin cuento, pues su única labor era (y sigue siendo), quemar incienso por el gobernante en turno. Esa oportunidad de elevarse a las alturas y pasar a la efímera gloria de los boletines de prensa no iba a ser ignorada por los gobernadores de los estados, y luego por los presidentes municipales, los alcaldes, los delegados, los senadores y los diputados, que copiaron sin mayores retoques el modelito.

Era difícil, sin embargo, que una ceremonia tan hueca durara por siempre. La debacle empezó con Miguel de la Madrid, cuando el diputado Porfirio Muñoz Ledo lo increpó desde su curul, conducta que fue calificada por el sistema como delito de lesa humanidad y traición a la Patria. Pero el péndulo ya iba en ese sentido: a Zedillo lo obligaron a respetar el horario que marcaba la ley (las 05:00 pm), a Fox no lo dejaron entrar al recinto, a Calderón le impidieron hablar, y desde entonces, los presidentes (y los gobernadores, y los alcaldes, y los etc), entregan su mensaje por escrito y luego leen un discurso que no es oficial, interrumpido por videos reiterativos, en espacios controlados, ante públicos complacientes, que acuden (o acudían) por el espectáculo social: ver y ser vistos, hacer networking, participar en el besamanos.

El coronavirus acabó de momento con lo poco que quedaba de esta opereta política. Desde el presidente López Obrador hasta el más mínimo alcalde, todos rindieron cuentas vía electrónica ante públicos que no existen, que ni los vieron ni los escucharon ni tienen el menor interés por presenciar esa cadena de elogios vacíos y de datos irrelevantes. Gracias al Covid, el espectáculo resultó patético: propaganda pura, muy alejada de la intención original de rendir cuentas.

Los ciudadanos no necesitamos de esos montajes: sin necesidad de confeti y serpentinas, sabemos a la perfección quién nos gobierna bien y quién no.

 

Domingo, 6 de septiembre

A finales de 1993, cuando preparaba el proyecto de un nuevo periódico –que se llamaría “La Crónica de Cancún”— llegó a mis oídos la noticia que el gobernador Mario Villanueva había despojado a los accionistas locales del diario “Por Esto Quintana Roo!”, en contubernio con el propietario de la franquicia yucateca, Mario Renato Menéndez.

Como yo mismo preparaba la salida de un periódico, no me quise quedar con la duda y acudí esa misma noche a las oficinas de “Por Esto!”, en donde pedí entrevistarme con el gerente de la publicación.

Así conocí a Rubén Olmos. No sólo me recibió en su despacho, sino que me contó los detalles del atropello, que incluía una campaña de intimidación contra los directivos del periódico, con amenazas proferidas en directo por el gobernador. Ten cuidado, me dijo Olmos, no te vaya a pasar lo mismo. Tal vez no lo escuché con la debida atención, pues dos años más tarde Villanueva maniobró para expulsarme de la dirección de “La Crónica”, aunque en esta ocasión no hizo acuerdos con nadie, sino que expulsó a los accionistas que le estorbaban y se quedó con la empresa.

A partir de ese primer encuentro, establecí una relación cómplice con Rubén Olmos que se prolongó dos décadas y media, hasta este infausto domingo en que su cuerpo ya no resistió los embates, o más bien las secuelas del Covid-19. Durante ese dilatado periodo, coincidimos docenas de veces en reuniones de negocios, en eventos culturales, en fiestas y comilonas (el Club del Puro), en justas deportivas (le gustaba trotar, aislado del mundanal ruido por sus audífonos), e incluso en viajes de placer, que se beneficiaban de su agudo humor y sus provocativas ocurrencias.

En un par de ocasiones lo visité en el entonces pueblo de Valladolid, donde se radicó para atender un negocio de alimentos en las ruinas de Chichén-Itzá. Más que otra cosa, nos gustaba departir por las tardes con un trago en la mano, que se llenaban escuchando sus disparatadas teorías sobre la situación política del país y su abundante información sobre los chismorreos de “la crème de la crème” de Cancún, de la cual conocía hasta el más mínimo detalle.

Nuestros encuentros se volvieron esporádicos en años recientes cuando, concluido su negocio en Chichén, se instaló al frente de la oficina de relaciones públicas de Grupo Oasis. Aunque asistíamos al mismo gimnasio, conocía de sus andanzas a través de su hijo único, también Rubén, quien ha sido incondicional promotor del Foro Nacional de Turismo y lleva años como gestor del estado de Quintana Roo en Washington.

Obvio, me resulta difícil hablar de la desaparición de Rubén sin un nudo en la garganta. No estoy solo: las redes sociales se llenaron de mensajes de condolencia el mismo domingo, haciendo patentes la estimación y el cariño del que gozaba. Quiero expresar mi sentido pésame a Rubén hijo y a su mamá, Bonnie, aunque creo que es imposible consolarse frente a una muerte tan injusta como dolorosa.

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Rubén Olmos. Partida injusta y dolorosa.
Martes, 8 de sepiembre

Las malas noticias nunca vienen solas. Como si no tuviéramos suficiente con las mañaneras de Andrés Manuel, los desplantes de Trump, los disturbios raciales, la sublevación en la presa de La Boquilla, la toma de la CNDH y la pandemia del Covid, hay que anotar en la agenda que antes de que termine el año tendremos la visita de la influenza estacional.

Esa gripe fuerte, pariente lejano de la influenza española de 1918, mata entre 15 y 18 mil mexicanos cada año, la mayor parte ancianos que no resisten su ataque y sufren una crisis respiratoria. También son grupos de riesgo los menores de cinco años, los diabéticos, los que padecen EPOC o asma, los pacientes VIH y los obesos. Pero la gente le tiene poco miedo porque sólo se enferma uno de cada mil, y de los que se enferman, sólo se muere uno de cada mil, lo que significa que la probabilidad de ser víctima de un homicidio doloso es el triple que la de figurar en las estadísticas de la influenza. A ese cuadro de bajo riesgo contribuye —hay que decirlo— que el Seguro Social aplica cada año unas 35 millones de vacunas.

Ese es hoy el quid del asunto: si estás en un grupo de riesgo, hay que vacunarse. La razón: los síntomas de la influenza y el Covid-19 son muy parecidos, casi idénticos. Tanto así, que para estar seguros si alguien se infecta hay que hacer pruebas de laboratorio, pero eso puede complicarse cuando el paciente ya muestra síntomas severos de cualquiera de las dos, que son iguales: fiebre alta, dolor de cuerpo y tos. Para colmo, está comprobado que influenza y Covid te pueden dar al mismo tiempo (se juntan las malas noticias), de modo que hay que resignarse a sufrir el piquete.

¿Cuándo? Septiembre u octubre, porque los meses con mayor riesgo de contagio son de noviembre a marzo (aunque te puede dar cualquier día del año). De hecho, la vacuna se fabrica cada año y cada año es diferente, porque el virus sufre mutaciones y se convierte en un virus nuevo: los laboratorios los identifican, los atenúan, y preparan la inyección, que sólo sirve para esa temporada, porque los virus del año que entra volverán a ser diferentes (por eso, las vacunas son trivalentes o tetravalentes, o sea, protegen contra tres o cuatro variedades del virus, los más activos de la temporada).

Algunos expertos han planteado la posibilidad de que suceda lo mismo con el Covid-19, es decir, que cuando al final se descubra la vacuna, también se descubra que sólo servirá por un tiempo (como en el caso de la influenza, por un año), porque las cepas de coronavirus han mutado. Esa podría ser parte de la nueva normalidad: las vacunas ya no serán cosa de niños, ahora también será rutina de viejitos.

La-influenza-estacional-se-juntará-con-el-Covid-19,-es-necesario-vacunarse-contra-la-primera
La influenza estacional se juntará con el Covid-19, es necesario vacunarse contra la primera.
Jueves, 10 de septiembre

Circula en redes sociales el disparate de que Miguel Torruco renunció a la Secretaría de Turismo, y el disparate mayor de que llega a sustituirlo su nuera o exnuera, la novia de su hijo Andrés Manuel Junior, la modelo venezolana Irene Esser.

La versión no tiene pies ni cabeza, aunque es bien sabido que en este país todos los rumores terminan por hacerse realidad. Pero si algo le gusta a Andrés Manuel es la obediencia ciega, y Torruco es con seguridad el miembro más acomodaticio y servil del gabinete. Tanto así, que lleva dos años trabajando en contra del sector Turismo, todo con tal de quedar bien con su jefecito.

Que se vaya o que se quede Torruco no tiene la menor importancia, porque la Sectur está desmantelada y se ha vuelto inoperante, con la complicidad de su titular. Torruco apoyó la desaparición de su brazo promocional, el CPTM, y la creación del Consejo de Diplomacia Turística, que no sirve para nada. También respaldó la cancelación del Aeropuerto de Texcoco (que la industria reprobó a gritos), acató sin chistar la autonomía de Fonatur (que se dedica a construir el Tren Maya, sin acordar con él), sepultó el programa Pueblos Mágicos (para ahorrar unos pesos), y aceptó que el presupuesto del sector Turismo se redujera a la mitad, todo eso ya no digamos sin protestar, que ni siquiera sin chistar.

La Sectur ya no existe más que en el papel (Carlos Velázquez y Sergio González Rubiera dixit). En los destinos netamente turísticos, como Quintana Roo y Baja California Sur, son los gobernadores quienes están dando la cara, tratando que no se caiga la promoción en medio de la emergencia del Covid, mientras el secretario del ramo corta listones, reparte sonrisas y atiende programas tan fascinantes como Sonrisas por México, Operación Toca Puertas y México Renace Sostenible.

La verdad, yo no quiero que se vaya Torruco. Al contrario, que se quede: si él cavó la fosa, que sea él quien termine de darle cristiana sepultura.

 

Viernes, 11 de septiembre

Entre semana hice un viaje relámpago a México. De salida, en el aeropuerto de Cancún, me pidieron que llenara un formulario denominado identificación de factores de riesgo en viajeros, donde anoté mi nombre, mi vuelo y mi asiento, mi correo y mi teléfono, los países que he visitado en fecha reciente (ninguno), y declaré que no sufría ningún síntoma de Covid (fiebre, tos, dolor de cabeza), para finalmente estampar mi firma.

Qué listos son en Cancún, pensé, están haciendo tracking. Eso quiere decir que si luego detectan un enfermo, pueden localizar a todos sus compañeros de viaje y prevenirlos. Impactado, pregunté en el mostrador dónde entregar el formulario. Se lo van a pedir más adelante, me respondió la chica del mostrador.

Pasé el filtro de ingreso y no me pidieron nada. Los rayos X, y nada. Me subí al avión, y nada. Volé, agarré mi maleta y me fui a mi casa, con el papelito de rastreo en el bolsillo, perfectamente inútil.

Al regreso, en el aeropuerto de México, había una hilera de escritorios con el distintivo de la Secretaría de Salud, exactamente antes del filtro de seguridad. Qué listos son en México, pensé, por eso han de ser la capital del país. Me hicieron llenar otra vez el papelito y esta vez, muy atento, un oficial con careta revisó su contenido y le puso encima un garabato, como aprobándolo. Luego me lo devolvió, indicándome que alguien me lo pediría, cosa que otra vez no sucedió.

Ya en Cancún, con los dos papelitos en mi poder, sin que la autoridad haya guardado copia de ninguno, estoy seguro que si me contagié de Covid en el avión (o si ya lo traía) la Secretaría de Salud no se va a enterar ni le van a poder avisar a nadie. En mi larga vida de ciudadano he tenido que enfrentar cientos de trámites engorrosos y kafkianos, pero tan babosos como éste, ¡ninguno! Y todavía dice López-Gatell que somos ejemplo mundial en el manejo de la pandemia…

En-aeropuertos-piden-llenar-formulario-sobre-Covid…-y-nadie-lo-recoge
En aeropuertos piden llenar formulario sobre Covid… y nadie lo recoge.
Sábado, 12 de septiembre

Joseph Olloqui tuvo un sábado muy agitado: al frente de un equipo de 120 operarios, le dedicó 18 horas consecutivas a darle los últimos toques a la réplica de la Capilla Sixtina, que desde hace cinco meses está montada a un costado de las oficinas de la Fiscalía, sobre el libramiento Kabah.

A las carreras, mientras atendía la avanzada de la alcaldesa Mara Lezama, tuve oportunidad de escuchar las características técnicas de la improvisada carpa, que no tiene nada de improvisada: es un rompecabezas gigantesco que se arma y se desarma en dos semanas, y que para ser transportada requiere de 52 trailers. Antes del coronavirus, esa caravana recorrió once ciudades del país, donde recibió la visita de más de 4 millones de personas. Los costados y el techo, que se encuentra a una altura de 18 metros y fracción (un edificio de seis pisos, como la original), están cubiertos por telas sublimadas, cuya confección requirió la toma de 2.7 millones de fotografías.

Muy orgulloso, Olloqui apunta que la idea original fue de una artesana mexicana (del estado de Hidalgo), la iniciativa de un empresario mexicano (Antonio Berumen), y todos los materiales provienen de talleres mexicanos (las telas de Guadalajara, los pisos de Mérida), y que si bien otros países han solicitado su réplica, la condición que se les pone es que ésta se fabrique íntegra en México, con todo y la tecnología de los videos y las visitas guiadas.

Esas iniciaron ayer en Cancún (la visita es gratuita, los boletos se obtienen por Internet), tras una misa oficiada por el obispo Pedro Pablo Elizondo, a la que estaba previsto asistieran Mara Lezama y Gaby Rejón, la esposa del gobernador, más unos veinte invitados, dedicada a la memoria de las víctimas del Covid. Concluye Olloqui: “En principio nos quedamos dos meses, hasta mediados de noviembre. Pero eso depende de la gente: si no deja de venir, nos quedamos más”. .

Capilla-Sixtina,-tecnología-mexicana
Capilla Sixtina, tecnología mexicana.

 

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