Dilema de salud sin vacuna contra el Covid-19

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Dilema de salud sin vacuna contra el Covid-19

  • Septiembre se llevó la promesa de una vacuna rápida y segura: hay una luz al final del túnel, pero la longitud aún es desconocida.

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Para los gestores de la pandemia, por decirles de alguna manera, los próximos meses van a ser muy largos y muy tortuosos, porque estarán enfrentados a un dilema permanente: ¿qué tanto relajar y qué tanto endurecer las medidas sanitarias?, lo que traducido a buen español significa ¿qué tantas personas es admisible para el sistema que se enfermen, y como consecuencia lógica, que se mueran?

La esperanza de principios de septiembre parece que se evaporó: no habrá pronto una vacuna segura. Los rusos y los chinos siguen anunciando que la suya casi está lista, pero se saltaron varios protocolos de seguridad y lo que pronostican es una efectividad del 70 por ciento, que los expertos piensan que podría reducirse a 50 por ciento o menos.

De cualquier modo, hay que ser muy temerario o muy bobo para dejarse inocular con un remedio que puede ser peor que la enfermedad.

Del otro lado del mundo, las vacunas americanas (el más adelantado es el laboratorio Moderna, pero en la carrera también están Merck, Pfizer, Smith&Cline y otros), y la británica (AstraZeneca, con la Universidad de Oxford), están teniendo problemas en la fase experimental y todas se comprometieron, en una carta pública, a no poner en el mercado una inyección que pudiera ser riesgosa o ineficaz.

La pandemia, mientras tanto, regresó a Europa como se temía, con una segunda ola más poderosa que la primera. En España el número de contagio se acercó a los 15 mil diarios (septiembre 18), muy por arriba de los 9 mil que se registraron en el pico de primavera.

Francia va a la par (16 mil contagios, septiembre 24), y la curva de Gran Bretaña se ha vuelto a disparar. Alemania e Italia han logrado aplanar la línea (en aumento moderado), reforzando las medidas precautorias, pero nadie está optimista sobre lo que sucederá en invierno.

Mención aparte merece el caso de Israel, que con un encierro estricto logró evitar la ola de primavera (400 casos diarios), pero olvidó toda precaución y hoy registra más contagios que México (siete mil diarios), con una población total de nueve millones.

También hay que voltear al resto del mundo. El brote que se preveía en uno de los países más complicados por su realidad sanitaria, la India, se dio con violencia inusitada. En dos meses y medio, los contagios diarios brincaron de 18 mil (junio 1) a 97 mil (septiembre 17), con cerca de 100 mil muertes oficiales, pero con una sólida tendencia que podría llevarla a desplazar a los Estados Unidos del deshonroso primer puesto que ocupa en ambos renglones (contagios y decesos).

La pandemia no ha golpeado con fuerza otras naciones igual de vulnerables y muy pobladas (Indonesia, 260 millones; Nigeria, 200 millones; Vietnam y Filipinas, cada uno 100 millones), pero nada impide que en algún momento puedan ser pasto de las mismas llamas.

Sin que existan conclusiones unánimes, el escenario mundial sugiere que, si bien hay una pequeña lucecita a la salida del túnel, el túnel en sí es demasiado largo. Basado en las estadísticas de numerosos países (todas mal hechas, todas engañosas), la Universidad Johns Hopkins estimó la semana pasada que el número de infectados a nivel mundial puede ser entre 10 y 20 veces superior al que consignan los números oficiales, o sea, no 32 millones de casos mundiales, sino entre 310 y 630 millones. Esta última e inabarcable cifra, 630 millones de seres humanos, es tan sólo el ocho por ciento de la población mundial, lo que indica que aún estamos lejísimos de la llamada inmunidad de rebaño. Si para lograrla requerimos un 60 por ciento de gente inmune, podrían faltar varios años para alcanzar esa cota.

Con todo y los tropiezos, la opción más prometedora sigue siendo la vacuna. Personajes bien enterados, entre ellos Bill Gates, opinan que la dosis redentora podría estar lista en la primavera del 2021 y que, tras una vacunación masiva de cientos de millones de dosis, los países desarrollados podrían volver a la vida (más o menos) normal el próximo otoño, o sea, dentro de un año, pero tendrán que mantenerse aislados del mundo otra temporada. En la periferia del imperio, por ejemplo, México, la vacunación podría tomar otro semestre u otro año.

Ese es el panorama epidemiológico, el enfoque digamos científico, que no toma en cuenta la crisis económica y mucho menos las urgencias políticas. En cuanto al primer tema, resulta por demás patético oír los noticieros repletos de augurios apocalípticos, que si el producto mundial se va a desplomar 10 o 12 o 14 por ciento; que si se van a perder 100 o 500 millones de empleos (da lo mismo cualquier cifra); que si los pobres se van a duplicar o triplicar; que si vamos a tardar una década, o dos, o nunca, en recuperar el paso y la prosperidad.

La mayoría de esos merolicos no tienen la menor idea, opinan porque alguien les paga por hacerlo, lo leen en algún lado y lo repiten como ocurrencia propia, pero si no le atinan en épocas normales, menos van a saber el desenlace de una crisis como ésta.

En cuanto al lío político, hay que ser piadosos con esos santos varones que ya habían demostrado su ineptitud sin el Covid, que no tienen una preparación científica (ni académica, ni humanista, ni filosófica) para entender el problema, y que tuvieron la pésima suerte de cruzarse en el camino del bicho. No es casual que casi todos los gobernantes del mundo hayan manejado mal la pandemia: no se podía esperar otro resultado de ese circo de vanidades, de cinismo, de egolatría y de populismo que aún se llama política y que caracteriza el poder en muchas naciones del planeta.

Como siempre, al final los ciudadanos estamos solos. Nadie va a hacer mejor las cosas, nadie va a renunciar, nadie nos va a pedir perdón por su incompetencia. La lucha es desigual, pero es de dos: el coronavirus contra uno mismo, contra cada uno de nosotros. De momento, esa es la única medicina posible: estar informado, seguir atento, asumir el costo de nuestras decisiones.

 

Historias del bicho

Míster Donald Trump, una persona bondadosa y compasiva, no piensa en otra cosa que en ayudar al prójimo. Por ese motivo, y no por cálculos electorales, como aseguran sus enemigos, gente perversa y malintencionada, Trump quiere anunciar al mundo la existencia de una vacuna contra el Covid-19, y quiere hacerlo lo más pronto posible, tanto mejor si es antes del 3 de noviembre, cuando los americanos decidirán si lo dejan vivir otros cuatro años en la Casa Blanca.

Eso explica que el esposo de Melania ande de la greña con la FDA (Food&Drug Administration), que quiere aprobar más protocolos para producir la vacuna, lo cual implicaría un retraso de semanas, quizás de meses. Nones, dijo el mandatario del etéreo copete: the american people, explicó, exige una vacuna, ¡¡¡YA!!!

Desde luego, el papá de Ivanka es más que capaz de jugar esa carta. A dónde va (y va a muchas partes: anda en campaña y visita dos o tres ciudades por día) lo repite: estoy seguro que habrá una vacuna antes del election day. Cierto, va algo abajo en las encuestas (que no siempre son serias), y también va abajo en las apuestas en Las Vegas (que casi siempre le atinan), pero no parece preocupado en absoluto, tal vez porque tiene ese as en la manga.

Hace unos días, en un mitin en Charlotte (Carolina del Norte), declaró muy ufano: “Olvídense de las encuestas: esto no será un relevo, ¡será una confirmación!” No hay que reírse: hace cuatro años iba igual de mal y la ganó.

 

La vida sigue

En el noticiero de Joaquín López-Dóriga, el doctor José Antonio Lozano, cuya hoja de servicios lo presenta como director del Ipade, hace una reflexión de cómo enfrentar este mundo caótico de la pandemia, las ocurrencias de la 4T, los plantones de Frena, la violencia de los cárteles y la más severa crisis económica que ha vivido el mundo en su historia.

Antes que nada, dice el galeno, hay que tener la mente abierta, hay que conocerse a sí mismo, y, sobre todo, por encima de cualquier cosa, hay que evitar los pensamientos negativos. Nada de pensamientos negativos, esa es la receta…

Cómo te admiro, doctor, le dice López-Dóriga. Es un privilegio poder escucharte y aprender de ti, agrega. Y luego, sin solución de continuidad, se dedica durante dos horas seguidas… ¡a dar noticias negativas!

 

Ayer y hoy

Del lado de la sociedad civil y en contraste con el calendario de festejos oficiales, que de a tiro se postergaron hasta quién sabe cuándo, se siguen dando esfuerzos por significar de alguna manera el 50 Aniversario de la ciudad.

La semana pasada tocó el turno a una iniciativa conjunta de la Universidad del Caribe, la editorial Ítaca, la asociación civil Proyecto Panorama y el banco Monex, cuyo resultado fue la publicación del libro intitulado “Cancún a 50 años del sueño”. Un análisis multidisciplinario de una de las ciudades más jóvenes del país.

El volumen, presentado el viernes 25 en sesión virtual, contiene 14 ensayos de corte académico, cuya edición fue coordinada por las investigadoras Christine McCoy y Lorena Hernández. El texto inicia con una advertencia innecesaria, pues anuncia que el libro fue dictaminado positivamente después de un riguroso proceso de evaluación de pares académicos ciegos y externos, especialistas en la temática a valorar, sentencia que sólo sirve para asustar a un lector potencial y no aporta nada al conjunto.

Como es de esperarse en las obras colectivas, la calidad de los textos es dispareja. Hay ensayos que, en efecto, tienen rigor académico, con citas precisas y extensa bibliografía, mientras otros son reflexiones que no denotan ninguna investigación. En mi opinión, lo más valioso del libro es la galería, que recoge miradas sobre Cancún desde distintos ángulos: la economista Christine McCoy, la sicóloga Lorena Hernández, la bióloga Patricia Santos, la activista Bettina Cetto, la ambientalista Araceli Domínguez, el urbanista Enrique Flores, la historiadora Lorena Careaga y otros más.

Sin duda por una deformación profesional, la pieza que me pareció más novedosa está firmada por el antropólogo Luis Alberto Velasco Ruiz y se intitula “Cancún, ¿el ‘paraíso inventado’?. Producción de un relato de origen entre discursos de refundación y continuidad histórica”. Más allá de ese infame encabezado, capaz de desanimar hasta el más curioso de los lectores, el autor elabora sobre el problema de la identidad en Cancún, un proyecto venido de fuera que de alguna manera fracturó la continuidad histórica de Quintana Roo.

De manera convincente, Velasco afirma que la identidad quintanarroense está asentada en cinco elementos: la cultura maya, el primer mestizaje (Gonzalo de Guerrero), la Guerra de Castas, la fundación de Payo Obispo (hoy Chetumal), y la restitución del territorio en la época cardenista.

Cancún, que “sin duda transformó profundamente la dinámica sociodemográfica de la península”, no tiene un lugar en ese discurso, por lo cual “es visto como el hermano incómodo en la historia estatal, incapaz de ceñirse al relato tradicional e indígena del centro, y nativista y parroquial del sur”

Acto seguido, el autor discute “la condición de Cancún como enclave” y la “relación ambigua” entre el centro turístico y “el contexto geográfico que lo antecede”, y cuestiona que el proyecto tenga como origen un “punto cero”, donde no había nada, y no los caseríos existentes en El Crucero y Puerto Juárez. Esa decisión provocó “un vacío tanto material como genealógico, una especie de ruptura con el pasado inmediato de la región”.

Bajo tal óptica, Velasco se pregunta quienes deberían ser los nativos originales de una ciudad que fue proyectada para los turistas: ¿los colonos de Puerto Juárez y El Crucero, los cuidadores de los ranchos copreros de la isla desierta, los primeros técnicos de Infratur, los trabajadores de los campamentos o los inmigrantes que se dejaron venir de todos los rincones del país?

Son preguntas pertinentes, que desde luego no tienen una respuesta exacta. No tengo el gusto de conocer a Velasco Ruiz (y no coincido a plenitud con las conclusiones de su ensayo), pero su trabajo es lo mejor que he leído sobre el problema de la identidad de Cancún (si es que debemos llamarlo problema). Qué bueno que el libro de McCoy y Hernández haya rescatado viejas y nuevas voces, pues en conjunto van a contribuir a un mejor entendimiento de nuestra patria chica.

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