El show de Trump y Melania por contagio de Covid

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El show de Trump y Melania por contagio de Covid

 

  • La elección presidencial estadounidense tiene un guion de telenovela: en el último capítulo el galán fue a dar al hospital, enfermo de Covid.

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / La noticia de que Donald Trump y la enigmática Melania dieron positivo al Covid-19 provocó una cobertura de prensa abrumadora y aplastante, tratando de reportar cada quejido, cada soplido y cada jadeo del inquilino de la Casa Blanca. Las cadenas norteamericanas de televisión suspendieron sus emisiones habituales y se pusieron en modo de transmisión continua con guardias permanentes frente a la Casa Blanca, en tanto los equipos de control remoto eran enviados al hospital militar Walter Reed, donde el mandatario fue ingresado con “una moderada fiebre y una leve tos”.

Hay muchos elementos de “reality show” en esta efeméride. El martes anterior, durante el debate presidencial, Trump se sacó del bolsillo interior del saco un tapabocas y alegó que lo portaba todo el tiempo, pero que sólo se lo ponía si sentía que era necesario. Aprovechó el gesto para burlarse de su oponente, Joe Biden, de quien dijo que usaba una máscara tan grande que no se le veía la cara, lo cual sin duda sugería que es un collón. Dijo también que todos los presentes se habían hecho la prueba del Covid previo a la sesión, de donde podía inferirse que no había peligro de contagio. Una telenovela no tendría mejor guion: el único peligro era él mismo, que casi con seguridad ya estaba infectado.

Cada contacto reciente, cada presencia cercana, cada persona que estuvo cerca o medio cerca de Trump en la última semana, fue de inmediato localizado y sometido a entrevistas prolongadas y reiterativas, que repitieron lo mismo hasta el cansancio: yo estaba ahí, se le veía muy bien, no se le notaba nada, voy a rezar para que se alivie (hasta Biden y Obama ofrecieron sus oraciones).

Por lo pronto, su campaña de reelección quedó en suspenso, pero su ingreso al hospital dio pie a un nuevo debate, sobre si esto lo va a beneficiar o lo va a perjudicar en la intención de voto. Desde luego le va a dar una presencia mediática inusitada, aún mayor que la habitual: cinco o seis veces al día vamos a oír los reportes médicos, tal vez huecos y monótonos, pero sin duda publicidad gratuita. Sin embargo, la reclusión de Trump no sólo afecta su campaña: también Biden tendrá que medir sus críticas, pues no se vería bien que se aproveche de la debilidad de su adversario y recorra el país criticando a un hombre que podría encontrarse al borde de la muerte.

Todo apunta a un desenlace melodramático. Trump siempre ha sido el malo de la película: no creía en el Covid, le echó la culpa a los chinos, prometió que iba a desaparecer en forma milagrosa, minimizó las muertes (lleva más de 200 mil, pero dice que sin él hubieran sido 2 millones), y ahora resulta que, como castigo divino, es víctima de la plaga. No es broma: muchos electores americanos van a ver la mano de Dios en este lance, y su eventual recuperación será presentada en términos de expiación y de penitencia.

La verdad sea dicha, a menos de 30 días de las elecciones, esta telenovela electoral está mejor que cualquier serie de Netflix. En los próximos capítulos sabremos si Trump regresa del lecho del dolor (con montaje de resurrección), si siguen o se cancelan los debates, si se mueven los momios de las apuestas, y como gran final, si el esposo de Melania acepta su probable derrota, o si el guion contempla un conflicto en los tribunales y una crisis constitucionale en la democracia funcional más antigua del mundo.

Ni hablar: el bicho nos mantiene medio encerrados, pero tema de conversación no nos falta.

 

Historias del bicho

La tos y la calentura de Míster Donald Trump alejaron de los titulares el drama que se está viviendo en otras latitudes, donde el coronavirus se ha salido por completo de control, dejando mal parados a los expertos que preveían una ruta crítica distinta. El caso paradigmático es Europa, y en especial España, que lleva más de un mes (desde septiembre 4) reportando entre diez y catorce mil contagios diarios (más del doble que México, con un tercio de la población), muy por encima del máximo que reportó en primavera.

Las comunidades más afectadas son Madrid (230 mil casos) y Cataluña (140 mil), pero en todas las regiones la curva de contagios ha recobrado una tendencia ascendente. Por fortuna, la letalidad es muy baja (menos del uno por ciento), y la ocupación en hospitales también (cerca del nueve por ciento), una clara señal de que los equipos médicos han aprendido cómo manejar los casos graves.

Pero hay un problema adicional: los políticos. Cuestionado por su manejo de la crisis, que muestra los peores números de todo el continente europeo, el gobierno de coalición de Pedro Sánchez (socialistas e izquierda radical, con el apoyo de partidos separatistas), inició una ofensiva frontal contra la presidenta de la comunidad de Madrid (Isabel Díaz Ayuso, también de coalición, con el apoyo de la ultraderecha), que culminó con un ultimátum la semana anterior, dándole 48 horas para que confinen los barrios que tengan una incidencia mayor a 500 casos por cada 100 mil habitantes, lo cual en la práctica equivale cerrar Madrid por semanas, pues su registro anda por los 775.

En el fondo, lo que aflora es la vieja guerra entre facciones. Por voto popular, Madrid tiene un gobierno de derechas (Partido Popular) desde 1995, preferencia que enferma a los progres (como les dicen allá). Cataluña, en cambio, tiene un gobierno nacionalista desde la primera elección (1980), que se volvió separatista en 2010. A pesar de que 40 municipios de esa comunidad andan también por arriba de los 500 casos, el gobierno central no se mete porque son aliados.

El otro foco de atención de los expertos es la India, un espejo donde México se puede mirar. En el subcontinente, el Consejo de Ministros impuso un severo confinamiento, lo que provocó que muchos trabajadores perdieran su empleo y regresarán a vivir a las comunidades rurales (fenómeno que en alguna escala está sucediendo en Cancún), llevando con ellos la enfermedad. Con escasos controles sanitarios, y menos aún hospitales y doctores, la enfermedad se ha propagado sin control, alcanzando la inimaginable cifra de 97 mil contagios diarios. El total de infectados se sitúa en 6.5 millones, pero pronto alcanzará al líder mundial, los Estados Unidos, que de momento mantiene la medalla de oro con 7.6 millones.

Como en todos lados, la oposición acusó al gobierno de mal manejo de la crisis, pero el premier Narendra Mori, al estilo Trump, replicó que de no hacer sido por él India ya tendría ¡tres millones de muertos!

En ese marco, la directora de Salud Pública de la Organización Mundial de la Salud, María Neira, declaró el pasado viernes que el organismo lleva semanas analizando el rebrote del virus en España y que, bien a bien, no saben lo que está fallando, con lo cual se puede llegar a una conclusión de validez universal: los expertos no saben lo que está pasando y los políticos no saben lo que están haciendo.

 

La vida sigue

Si los ministros de la Suprema Corte de Justicia, en vez de doctos jurisconsultos o solemnísimos letrados, fueran simples reporteros de un periódico o de un noticiero, su jefe de redacción los hubiera suspendido sin goce de suelto, o los hubiera sometido a un curso elemental de corrección de estilo.

Tal como cabeceó el periódico Reforma, el máximo tribunal nos obsequió con un espectacular trabalenguas. No les quedaba de otra: no podían (ni querían) decirle que no a López Obrador, pero tampoco podían aprobar el absurdo que recibieron, preguntando a la ciudadanía si las autoridades deben cumplir la ley.

Total, quedaron en este galimatías: “¿Estás de acuerdo o no en que se lleven a cabo las acciones pertinentes, con apego al marco constitucional y legal, para emprender un proceso de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en los años pasados por los actores políticos, encaminado a garantizar la justicia y los derechos de las posibles víctimas?”

Una regla del periodismo escrito sostiene que, para hacer una buena entrevista, las preguntas nunca deben formularse de modo que se puedan contestar, al mismo tiempo, con un sí y con un no. Ese es el caso de la jerigonza de la Corte, pues uno puede estar de acuerdo con el marco legal y los derechos de las posibles víctimas, pero podría tener dudas, y aún oponerse, a la ambigüedad de los términos, acciones pertinentes, proceso de esclarecimiento, años pasados y actores políticos, que son tan vastos y confusos que parecen la sentencia de un tribunal especializado en cacería de brujas.

Desde luego, con el año por delante que tiene (la consulta se efectuará hasta agosto del 2021), Andrés Manuel se encargará de dejar en claro que los sujetos a juicio son los expresidentes y guardará en el fondo de su corazón que no hay ninguna posibilidad real de meterlos a la cárcel. El desenlace no deja de ser paradójico: durante años, oímos a los mexicanos, en todos los tonos, sostener que los expresidentes deberían ser juzgados, pero gracias a la impericia del presidente y la abyección de la Corte, votar por el sí equivaldrá no a iniciar el proceso, sino a darle un voto de confianza a López Obrador.

De todas maneras, cabe decir que en la formulación de la pregunta participó todo el gobierno de la 4T, pues la planteó el presidente, la avaló la Corte, y tendrá que aprobarla el Congreso. Podría decirse, entonces, que la pregunta es un reflejo de la 4T y que ahí se concentran el desorden, la frivolidad, la hipocresía y la ignorancia que caracterizan a este gobierno, pero la duda puede expresarse en términos más simples: ¿si no pueden redactar bien una pregunta, cómo diablos van a gobernar bien este país?.

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