Delta, una agradable decepción

420
Delta, una agradable decepción

 

  • No nos fue nada mal con el huracán, no hubo víctimas mortales que lamentar

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Tras el impacto de Gilberto en 1988 (calificado como el huracán del siglo) y la hecatombe de Wilma en el 2005 (el huracán más violento en los registros del Atlántico), los habitantes de Cancún teníamos sobradas razones para persignarnos y encomendarnos al Altísimo cuando el lunes pasado, apenas 48 horas después de las lluvias torrenciales de Gamma, se anunció que se nos venía encima Delta, entonces huracán categoría 1, pero con pronóstico de intensificarse hasta 3, que en lenguaje de meteoros significa devastador (el siguiente número, el 4, es catastrófico)

Todo el día la ciudad vivió las escenas típicas de la víspera: compras de pánico en los supermercados, colas kilométricas en las gasolineras (nunca he entendido ese pánico: si el huracán pega fuerte, no vas a tener a dónde ir, por mucha gasolina que tenga tu coche), lanchas y yates sobre remolques en el bulevar Kukulcán, y las redes sociales saturadas de pronósticos y recomendaciones.

No se puede decir que tanta precaución resultó inútil, porque ninguna precaución es mucha frente a esos monstruos, sobre todo cuando se avisó que el meteoro era categoría 4 el martes por la mañana, y que venía directo sobre Cancún. Pero Delta francamente decepcionó.

No entró a las 5 p.m., como se preveía, ni a las ocho, ni a las diez (todavía a medianoche reinaba una calma chicha en la atmósfera), y cuando al fin pegó, cerca de las dos de la mañana, se había degradado a categoría 2 y se había desviado hacia el sur. Pasó además rapidísimo, en menos de siete horas, y casi no llovió, de modo que a las 9 a.m. del miércoles lo único que se sentían eran unas tímidas ráfagas de brisa que no despeinaban ni a las palmeras.

Desde luego hubo daños. El más severo: casi un cuarto de millón de personas se quedó sin luz, gracias a la terquedad histórica de la CFE de colgar las líneas de fluido de torres y postes, cuando la ley la obliga a hacer instalaciones subterráneas en zonas de huracán. Como tal disposición les viene guanga, todavía el fin de semana algunas colonias de Cancún seguían a oscuras, con la molestia acumulada de varios días sin focos y sin refrigerador (y en algunas zonas, sin agua corriente).

Aparte de los muelles dislocados y los espectaculares vencidos, otro percance muy notorio fueron los árboles caídos. En toda la ciudad, en parques y camellones, muchos troncos gruesos se vinieron abajo, incluyendo ejemplares de flora nativa (palmas y almendros). Eso es difícil de explicar, porque lo único que puede derribar un árbol es el empuje del viento y los derribes no presentaban un patrón uniforme, es decir, se cayeron en cualquier dirección, apuntando lo mismo al norte que al sur, al este que al oeste.

Quienes vivieron el huracán Wilma recordarán sin dificultad que traía un patrón de vientos muy definido: las copas de las palmeras, presas de un vendaval sostenido, se inclinaban y se vencían para un solo lado. Ese no parece ser el caso de Delta, donde la vegetación sufrió el embate de vientos arremolinados, que empujaban los árboles (y los tiraron) en todas direcciones. Un paseo por la ciudad basta para corroborar ese enigma: los cadáveres vegetales yacían lo mismo en un sentido que en otro.

La teoría moderna de los huracanes ha propuesto que al interior de los meteoros, sobre todo en la pared del ojo, pueden formarse tornados muy violentos y efímeros (de pocos segundos), que podrían alcanzar velocidades de 500 a 800 kilómetros por hora. Eso nadie lo ha visto, y tampoco nadie lo ha documentado, porque nadie puede hacer experimentos en la pared del ojo de un huracán. La hipótesis surge al analizar los destrozos que provocan y trata de explicar por qué un árbol es arrancado de cuajo, con todo y raíces, mientras su vecino apenas sufre daño.

No estoy diciendo que eso haya pasado en Cancún, pues estábamos muy lejos del centro del huracán (que ni siquiera mostró un ojo bien definido), y los vientos que nos golpearon fueron más bien modestos (según la página especializada windguru, en la zona hotelera los registros no llegaron a 120 kilómetros por hora, la velocidad que corresponde a categoría 1.

Todo esto refuerza mi peregrina certeza, a la que llegué mientras escribía 60 horas con Wilma, de que la meteorología es una ciencia balbuceante, aún en pañales, que si bien puede medir el diámetro de un huracán y la velocidad de sus vientos, no tiene mucha precisión cuando se trata de trayectorias y fases de intensificación, y no puede explicar ni de lejos por qué un árbol se cae y el de junto se sostiene.

No nos fue nada mal con Delta: ningún hotel cerró, el aeropuerto se abrió en 24 horas, ninguna colonia se inundó, y claro está, no hubo muertes que lamentar. Como huracán de alta peligrosidad, sin duda Delta decepcionó, pero… ¡esas son las decepciones que nos gustan!

La vida sigue

¿Estaba Cancún, sociedad y autoridades, bien preparados para resistir el impacto de un huracán Categoría 4 en medio de la pandemia? La respuesta es ambivalente: sí y no.

Empecemos por la gente: esas compras de pánico, esos anaqueles vacíos, esas colas en las gasolineras, esos yates en el bulevar indican a las claras que mucha gente no se enteró, o no se preparó hasta el último momento. También revelan que los comercios de mercancías esenciales (supermercados, ferreterías, madererías, plásticos), no tenían una reserva y se quedaron sin qué vender en menos de 24 horas. No existe ley o reglamento que los obligue a mantener un inventario sobrado en época de huracanes, y para colmo, están vendiendo poco debido a la pandemia, de modo que mantienen en sus bodegas un mínimo de producto.

Las precauciones tampoco fueron adecuadas. Pocas casas y comercios lucían defensas contra el viento (cortinas anticiclónicas u hojas de triplay), aún en las zonas de alto riesgo, como el frente de playa. Miles de ventanales hubieran saltado en pedazos ante el impacto frontal de un Categoría 3 o 4. Hay que decir que esa indolencia fue en muchos casos producto de la ignorancia: si la mitad de los habitantes de Cancún tenían menos de 18 años cuando pegó el Wilma en 2005 (unos 290 mil habitantes), y de entonces acá ha llegado una cantidad similar de nuevos cancunenses (270 mil, según Inegi), cerca de la mitad de la población actual nunca había experimentado un ciclón y no tiene nada claro la brutal diferencia entre un huracán modesto (como Delta) y uno monstruoso (como Wilma).

Cierto, hubo un momento en que Delta parecía tan terrible como Wilma y las autoridades fueron remisas y omisas para advertir el peligro. También allí hubo inexperiencia: en esos 15 años, el gobierno cambió en su totalidad. A mi juicio, hubo un grave fallo de comunicación. Experiencias valiosas del pasado, como trasmitir las reuniones del Comité de Protección Civil y darle voz a todos los involucrados, esta vez se obviaron o se eligieron medios que no son accesibles para toda la población (las redes sociales, por ejemplo).

Además, muchas autoridades (el gobernador, los alcaldes, la Conagua), emitieron alertas por sus propios canales, confundiendo a la gente. Un asunto tan grave como la evacuación de la zona hotelera se convirtió en algo incierto: al final, nadie supo si se dio la orden, y de haber sido así, no hubo ningún operativo para hacerla cumplir, y miles de turistas y residentes ni se enteraron (o la desafiaron, sin consecuencias). En una crisis la comunicación se tiene que centralizar: una sola voz, en horario estricto, en todos los medios posibles.

Las labores del día siguiente también revelaron impericia. Los gobiernos locales (estatal y municipal) pueden hacer mucho antes de un huracán (informar a la gente, alistar los refugios, forzar evacuaciones, talar árboles), pero muy poco después del impacto: no tienen capacidades para reconectar la luz (dependen de CFE), no pueden aliviar las inundaciones (eso le toca a Aguakan), ni abrir el aeropuerto (la SCT), ni mandan sobre las fuerzas armadas (que toman el control en siniestros graves).

Lo que sí pueden hacer es levantar los escombros, pero tal vez la tarea les pareció irrelevante, porque lo hicieron sin entusiasmo, a ritmo cansino. Los despojos de cientos de árboles y anuncios espectaculares siguen sin ser removidos en muchas zonas de la ciudad.

Si bien hay que celebrar que el embate de Delta haya sido tan discreto (me refiero a Cancún), también habría que evaluar el efecto emocional que tendrá esta noticia fallida: se anunció un huracán mayor y no pasó nada. Dentro de algunos años, cuando otro ciclón de gran magnitud se nos venga encima, habrá más de un descreído que ignore el riesgo.

 

Recuento de daños

Conocí a Carlos Gosselin en el año 2001, poco después de que inauguró en las cercanías de Puerto Morelos el Paraíso de la Bonita. Yo despachaba entonces como director de La Voz del Caribe y había lamentado, en algún editorial, que en Cancún no existiesen hoteles boutique, que parecían una de las tendencias del futuro. Sin habernos tratado, Carlos me llamó para pedirme que le dedicara un par de horas a conocer su paradero.

El Paraíso me fascinó. Alineadas sobre la playa, Gosselin había construido unas 80 suites de muy buen tamaño, en un conjunto que tenía un indiscutible sello asiático. Estatuillas del Buda sedente, tallas de elefantes y de odaliscas, textiles de manufactura balinesa e hindú, mobiliario de China e Indonesia, todo buscaba crear ese ambiente recogido y enigmático del Lejano Oriente. El toque de distinción, sin embargo, es que cada habitación ostentaba el nombre de alguna ciudad legendaria (Samarkanda, Jaipur, Calcuta, Katmandú, Yangón, Adis Abeba, Dakar, Tánger y docenas más), cada una de las cuales albergaba artesanías auténticas de muy buena factura, adquiridas por el propietario en sus extensos viajes.

Hasta bien entrada la noche me quedé platicando con Gosselin, no tanto de sus negocios (era constructor de vivienda), sino de su vocación de trotamundos. Su anecdotario era inagotable, con el barniz de quien le ha dado la vuelta al mundo varias veces. Esa noche no me quedé a dormir, pero volví muchas veces a lo largo de los años, a veces como invitado, a veces por mis medios, a sumergirme en ese rincón oriental de gusto exquisito.

Aunque no lo traté con asiduidad, un año sí y otro también nos juntábamos a platicar. El tema central eran sus viajes (a veces los míos), pues Carlos tenía una curiosidad infantil que lo llevó a recorrer los cinco continentes. Me burlaba de su gusto por lo fino, pues sólo hacía excursiones a todo lujo, y lo instaba a darse de vez en cuando un baño de pueblo, pero no dejaba de sentir una sana envidia por esa vitalidad propia de un mochilero cuando ya se acercaba a los ochenta.

No dejo de sorprenderme, sin embargo, que a la muerte de Roberto Cintrón Díaz aceptara hacerse cargo de la presidencia de la Asociación de Hoteles. Creí que sería ave de paso, pero se lo tomó muy en serio: mantuvo una posición de gallardía como representante del gremio y criticó varias veces los desatinos del gobernador en turno, Roberto Borge. Sin dudarlo, participó en las sesiones del Foro Nacional de Turismo y ahí sostuvo una postura atípica para un líder hotelero, sosteniendo que la zona turística de Cancún está saturada y es irresponsable construir más cuartos.

Finalizada su gestión, se involucró de lleno en el problema del sargazo y logró aterrizar, con la alcaldesa Laura Fernández, el esfuerzo más serio de contención del alga que se registró en Quintana Roo.

La vida de Gosselin, que sucumbió hace unos días en Miami a causa del Covid-19, aún con la cabeza llena de proyectos (nuca dejó de trabajar y de imaginar), me recuerda una sentencia de Mark Twain, que alguna vez dijo: yo no viajo para cambiar de sitio, viajo para cambiar de ideas. Eso sin duda aplica a la existencia de este empresario diferente, cuya ilustración le permitió ver mucho más allá de su cuenta de cheques.

Te puede interesar: