Repunta el virus; empeora panorama

370
Repunta el virus; empeora panorama

 

  • En el momento exacto en que estamos hartos del coronavirus, el bicho cobra fuerza y se anuncia como una amenaza para el resto del año.

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Como un invitado latoso que no se quiere ir y se queda hasta el final de la fiesta, el coronavirus volvió a hacerse notar la última semana y se apropió de la conversación. El tópico central fueron los rebrotes en Europa, y especialmente en Francia, donde el presidente Emmanuel Macron decretó el miércoles el toque de queda para nueve ciudades, incluyendo París, efectivo a partir del sábado.

Haciendo uso de sus poderes ejecutivos, Macron impuso la medida por cuatro semanas, pero anunció que acudirá al Parlamento para extenderla hasta el 1 de diciembre. Seis semanas es el tiempo que creemos útil, dijo el huésped del Palacio del Eliseo, muy consciente de que la medida no se aplicaba desde la Segunda Guerra Mundial.

Se podría alegar que los habitantes de la Ciudad Luz y los caudales de turistas que recibe (de acuerdo con algunos conteos, fue la capital europea más visitada en 2019, con 33 millones), son responsables de lo que sucede, pues en Internet abundan las fotografías de los cafés y las terrazas de los bulevares atiborrados durante el verano, con una ausencia generalizada de tapabocas. Eso explicaría el crecimiento exponencial de los contagios, que la semana pasada rebasaron la impensable cota de 30 mil por día.

Sin embargo, no hay que hacer juicios apresurados. Los españoles se portaron mejor (abrieron sus terrazas a la mitad de cupo, redujeron la movilidad) y son el país europeo con más infectados: 900 mil, por 800 mil de Francia, con la mitad de habitantes.

Madrid también está en una especie de toque de queda, llamado estado de alarma, impuesto por el gobierno central (que anda a las greñas con la municipalidad), limitando la circulación de vehículos en la capital y otros ocho municipios.

Esa dupla no está sola. Los contagios también se dispararon en Gran Bretaña, en Bélgica, en Holanda, en Alemania y en Italia, con números superiores a los registrados en la primavera. Por fortuna, la tasa de letalidad es muy baja, entre el 1 y el 3 por ciento, pero los confinamientos mantienen en suspenso la recuperación económica, con un sector particularmente afectado: el turismo.

Todo indica que se han hecho realidad los peores pronósticos para la industria de viajes, que preveían un rebrote de la pandemia para el otoño, y una parálisis de los flujos internacionales, con fronteras cerradas, centros turísticos desiertos y hoteles vacíos.

Para darle dimensión a la catástrofe, vale apuntar que nada más en el mes de agosto, de acuerdo a las últimas cifras disponibles del Inegi, México dejó de recibir 14 millones de turistas extranjeros y 9 mil 600 millones de dólares.

El cierre del año podría ser aún peor. No hay ninguna razón científica para suponer que el rebrote de otoño no tendrá lugar en los países de América, y que la nueva hecatombe podría empezar en unas cuantas semanas. En los Estados Unidos, el país más golpeado del mundo en número de casos (pasaditos de 8 millones) y en decesos (216 mil), los contagios diarios se mantienen en 60 mil, gracias a la sorprendente indisciplina de gran parte de la población. En esas condiciones tendrá lugar este jueves el último debate entre Míster Trump y Míster Biden (con rumores de cancelación y formato diferente) y las elecciones del 3 de noviembre, que gane quien gane no va a detener al bicho.

México y sus vecinos del sur tienen que verse en ese espejo. Aunque la curva de contagios en Europa (muchos en primavera, pocos en verano, rebrote en otoño) es diferente a la americana (pico de contagios en verano, casi todos en lenta curva descendente en otoño), los primeros indicios de una posible escalada están a la vista. Argentina ya rebasó los 900 mil casos (con una población de 44 millones, la tercera parte que México), y Perú anda en 800 mil (con 31 millones, la cuarta parte), para no hablar de Brasil (5 millones de enfermos, 153 mil muertes). Y ya sabemos que en América Latina la indisciplina social no es la excepción: es un estilo de vida.

Esa condición hace muy probable que en América vivamos lo mismo que en Europa: gobiernos nacionales tratando de confinar o de abrir, contra gobiernos locales presionando para no confinar o para no abrir, y la gente haciendo caso omiso de sus pregones y advertencias. La desobediencia civil, la descalificación del gobierno y los pleitos entre políticos, a nivel mundial, se han vuelto la norma.

Hace unos días, la revista The Economist publicaba: “Los españoles han descubierto que sus líderes políticos están más interesados en pelearse entre ellos que en proteger la salud. Y la máxima preocupación de los políticos en cualquier sitio es impulsar sus carreras. En la mayoría de los países, la oposición suele decir que no quiere politizar la pandemia. Pero siempre lo hacen… porque el coronavirus es un formidable garrote para apalear al gobierno en turno. El Covid-19 ha paralizado muchos aspectos de la vida diaria, pero no a los políticos”.

Cualquier semejanza con nuestro país no es mera coincidencia.

 

La vida sigue

Mañana martes, en la Biblioteca Nacional de la Crónica, tendrá lugar la penúltima conferencia del ciclo Cancún 50 Años, organizada por la Sociedad Andrés Quintana Roo para celebrar nuestro primer medio siglo de vida. Casi todo el programa estuvo dedicado a analizar la historia de la ciudad desde antes de que fuera proyecto hasta nuestros días, pero las dos últimas sesiones tienen un cariz diferente: vamos a oír hablar del futuro.

La de mañana, sustentada por el director general de Fonatur, Rogelio Jiménez Pons, estará dedicada al Tren Maya, y sus repercusiones para la ciudad a corto y a mediano plazo. A corto las podemos imaginar y serán calamitosas: durante dos años van a intervenir quirúrgicamente la carretera Cancún-Tulum para construir varios pasos a desnivel, tanto para la carretera misma, que será ampliada, como para el tren, lo cual en lenguaje llano significa un camino siempre embotellado, a vuelta de rueda, con desvíos y atorones por doquier.

Cuando esa pesadilla termine, Cancún quedará unido con toda la costa turística de Quintana Roo y con Mérida (ese tramo no será tan traumático, porque no se tocará la carretera), por un transporte que se ofrece como una solución futurista. En efecto, si lo que dicen los planes se hace realidad, el Tren Maya podría transportar la mayor parte de los turistas que se alojen en la Riviera Maya, los trabajadores que laboran en la ruta, las mercancías que se consumen en la zona, los energéticos que requiere la movilidad (la gasolina de los autos y la turbosina de los aviones), al tiempo que daría vida a una supuesta zona industrial, que aliviaría a Cancún de su dependencia de los flujos turísticos.

Las proyecciones son en extremo ambiciosas. Fonatur estima que en el año 2050 Cancún tendrá 2 millones de habitantes, quizás un poco más, y se habrá convertido en el centro gravitacional de la Península de Yucatán, por delante de Mérida. Según sus cálculos, unos 50 millones de pasajeros usarán los aeropuertos locales, pero el tráfico por vía férrea será tan intenso que un tren saldrá cada 10 minutos de Cancún, lo mismo hacia el oeste que hacia el sur.

Todo eso está por verse, desde luego. De hecho, lo primero que está por verse es quién es el valiente inversionista que se anima con el tramo Cancún-Tulum, que ha tenido que ser seccionado en dos porciones, pues ningún consorcio mostró interés por la ruta completa. Suponiendo que se consigan, y teniendo asegurados los tramos de Cancún a Mérida, y de Mérida a Palenque, lo que falta por resolver es lo más difícil: los 800 kilómetros que separan a Tulum de Escárcega, en donde, como no hay población, el proyecto no tiene rentabilidad económica.

Jiménez Pons dará su respuesta a esos enigmas en la conferencia de mañana martes. Como seguimos en pandemia, la entrada al recinto está restringida y no podrá acceder el público, pero la sesión se transmitirá simultáneamente por tres canales electrónicos (Zoom, Youtube y Facebook), a partir de las 19:00 horas. Por esos medios electrónicos, cabe también la posibilidad de hacer preguntas y expresar dudas de esta iniciativa en el que pocos creen.

Pero hay que estar atentos. Sin discusión, el Tren Maya es un proyecto faraónico y rocambolesco que puede salir muy mal y convertirse en un fiasco, pero que le cambiará el destino a la Península si sale bien. En esa atrevida apuesta, vale la pena recordar que el principal actor, Fonatur, inició hace 50 años otro proyecto igual de faraónico e inverosímil que a la larga nos cambió la vida a muchos: Cancún

 

Recuento de daños

Aunque muchos comentaristas lo ven con preocupación, la posibilidad de que Donald Trump no acepte su derrota en las elecciones de noviembre, alegando fraude postal o cualquier otra cosa, tiene su lado entretenido y hasta divertido. Los críticos dicen, y puede que tengan razón, que si Trump pierde lo van a meter a la cárcel (porque evadió millones en impuestos, porque sus hijos han hecho negocios ilegales, porque violó la ley de mil maneras), y el espectáculo de la más antigua democracia del mundo, que debe elegir entre ratificar en la Casa Blanca a un hampón certificado o ponerlo tras las rejas, está más bueno que las series de Netflix.

Si gana Trump, no hay discusión: tendremos cuatro años más de circo (puede que eso no le convenga a México, pero sin duda le conviene a Andrés Manuel). Si pierde Trump por mucho, tampoco habrá pleito. Pero hay un problema para definir mucho, porque en Estados Unidos lo que cuenta son los votos electorales, no los votos de la gente.

En este mismo Diario, la semana próxima trataré de explicar qué sería mucho y cuáles son las opciones legales que tiene Míster Trump, que parece dispuesto a que el asunto lo resuelvan los abogados. Por ahora, baste decir que la historia lo ayuda un poco pues, si bien solemos ver a la democracia norteamericana como un sistema justo, casi perfecto, la realidad es que en cinco ocasiones el perdedor en las urnas ha logrado persuadir al Colegio Electoral o a la Corte de ignorar los deseos de la mayoría (con argumentos torcidos, con chantajes políticos, con puestos en el gabinete, y también con sobornos), y entregarle el mando.

El episodio más escandaloso tuvo lugar en 1824, cuando Andrew Jackson, un generalote rudo y sanguinario, que exterminó a los indios seminoles y logró victorias militares en Florida y Luisiana, propiciando que esas regiones se incorporaran a la Unión, venció sin dificultad en las elecciones, ganando en número de sufragios, en número de votos electorales y en la mayoría de los estados. Sin embargo, fue despojado de su triunfo por John Quincy Adams (hijo de otro presidente, John Adams, quién también llegó al poder haciendo trampa), gracias a las maniobras de un personaje siniestro, Henry Clay, quién manipuló el Colegio Electoral para que la mayoría de los estados votaran por su aliado.

En esa elección participaron cinco candidatos (todos del mismo partido, tres de ellos miembros del gobierno del presidente Monroe), entre ellos el propio Clay, que provenía de Tennessee, donde ganó sin dificultad. Como presidente de la Cámara de Representantes, que entonces se convertía en Colegio Electoral para calificar los comicios, Clay maniobró para tumbar a Jackson y como representante de Tennessee, emitió el voto decisivo a favor de Adams, estado donde no había obtenido… ¡un solo voto!

Si bien eso fue hace dos siglos, los resultados torcidos también se dieron en 1876, cuando el perdedor, Rutherford Hayes, desconoció los resultados en tres estados sureños (Florida, Luisiana y Carolina del Sur), todos favorables a su adversario, Samuel Tilden, y manipuló al Colegio para ignorar esos votos, con lo cual pudo jurar como el presidente número 19. Unos años después, en 1888, el demócrata Grover Cleveland obtuvo más sufragios que su adversario, el republicano Benjamín Harrison, pero las sumas del Colegio Electoral le dieron la victoria al perdedor.

Todo eso huele a historia antigua y lo es, pero épocas recientes también tienen lo suyo. La más notoria: en el año 2000, el candidato demócrata Al Gore pidió el recuento de votos en cuatro condados de Florida, estado donde gobernaba Jeb Bush, hermano de su oponente, el republicano George W. Bush. Eso conteo, voto por voto, era tan crucial como decisivo, pues la elección estaba tan cerrada que los votos electorales de Florida iban a decidir quién ganaría la Casa Blanca. Pero los abogados entraron en acción y la Corte Federal ordenó suspender el recuento, con lo cual Bush fue electo en medio de la duda.

Si de verdad le tiene miedo a la cárcel, Trump debe estar viendo esos problemas como una oportunidad. Claro, no aceptar los resultados provocaría una crisis constitucional, pero no hay nada que le importe menos que la ley. Hace unas semanas, el New York Times publicó un interesante recuento, el cual demuestra que Míster Trump ha estado involucrado, ya sea como acusador o como acusado, en más de 3 mil 600 juicios civiles y penales, de los cuales ha ganado la inmensa mayoría. Antes de meterse a la política, su propensión a demandar era tal que se ganó el apodo de “chief litigator” (litigante en jefe) en el mundo de los negocios. Por eso está tranquilo: si alguien sabe de abogados, es él.

 

Te puede interesar: Delta, una agradable decepción