Wayeb político: Las Mañaneras, poder presidencial compartido

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Wayeb político: Las Mañaneras, poder presidencial compartido

 

ÉDGAR FÉLIX

Para entender la relación de los periodistas con el actual presidente del país, Andrés Manuel López  Obrador, habría que remontarnos al final de los ochenta, allá en el edificio de ladrillos aparentes ubicado en la traficada calle de Monterrey número 50, en la Ciudad de México, en la sede del recién fundado Partido de la Revolución Democrática (PRD), presidido por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

Institucionalmente se fundaba también formalmente la primera cobertura con sala de prensa y salón de conferencias de un grupo de periodistas de varios medios de comunicación para “cubrir” las actividades de la izquierda mexicana. Eran los años en que comenzaba a gobernar el temido Carlos Salinas de Gortari, quien sabía cuántas hojitas de los árboles del país se habían movido cada día y cuántas se habían caído. El padre del neoliberalismo en México llegaba a Los Pinos envuelto en una lluvia cada vez menos intensa de fraude electoral reflejada en el endurecido rostro de Cuauhtémoc Cárdenas.

Del otro lado de la ciudad, hacia el sur, por esas fechas también, todos los lunes en la sede nacional del Partido Acción Nacional (PAN), en la avenida Ángel Urraza y López Cotilla, el líder Luis Héctor Álvarez Álvarez, ofrecía una conferencia de prensa a los periodistas que “cubrían” oposición y que la mayoría de reporteros también tenían la tarea de la cobertura diaria de los “partidos de oposición”, PRD y PAN, junto con la famosa chiquillada compuesta del PPS, PFCRN, las esotéricas ruedas de prensa entre inciensos y linos blancos del naciente Verde Ecologista y otra fauna partidista singular como los sinarquistas.

Todos los partidos “de oposición” eran tratados por igual. No había distingos de fuerzas ni tampoco de propuestas ni de representaciones electorales ni mucho menos de calidad noticiosa. Informativamente siempre iban en el mismo saco revuelto de notas perdidas en páginas interiores (noticiarios de televisión y radio hacían actos de presencia sólo para “consumo interno”) y sólo cuando eran favorables al gobierno pasaban a las primeras planas.

Lo mismo valía una declaración igual o similar del líder Cuauhtémoc Cárdenas que del subdirector de asuntos electorales del verde o del PPS. Todos eran “la oposición sin rostro ni apellidos” y, por lo tanto, siempre estaban en contra de las políticas “bien definidas e inequívocas” del gobierno federal y no se diga de los “discursos impolutos e inequívocos” del presidente Salinas de Gortari.

Los infiltrados de la Secretaría de Gobernación y del Cisen que también “daban cobertura” de las conferencias de prensa eran constantes y tranquilamente se registraban en la lista de reporteros que acudían a los eventos informativos que casi siempre eran reacciones u opiniones de declaraciones del presidente nacional del PRI, de funcionarios federales o del Presidente de la República. Es decir, además de la verticalidad de los medios de comunicación para ofrecer la cobertura de información generada por la “oposición” siempre “opuesta”, el gobierno montaba una red de espionaje pavorosa detrás de las actividades de cada uno de esos dirigentes.

Era una cobertura de fachada para ejercer espionaje y la manipulación informativa desde las redacciones de los grandes diarios “nacionales”. Para entonces ya se hablaba de la concerta-cesión del PAN con Los Pinos de Salinas de Gortari, porque este partido de derecha obtenía mejor trato informativo y espacios que la izquierda.

Pero, todo comenzó a radicalizarse hacia “un PAN más priista” cuando llegó a la presidencia del CEN el yucateco, Carlos Castillo Peraza, y Felipe Calderón, en la secretaría general. Había “siembra” de preguntas para los traspiés y dislates, las “investigaciones orientadas” y varios líderes panistas comenzaron a tener espacios en la periódicos, en espacios noticiosos de radio y televisión. Llegaron las campañas de 1994 y Diego Fernández de Cevallos tuvo la mejor cobertura y una campaña diseñada mediáticamente que cuando superó en las encuestas al PRI, después de hundir “al ingeniero”, el candidato presidencial panista se retiró para dejar solo en la carrera a Ernesto Zedillo Ponce de León.

Dos años después llegó a la presidencia del CEN del PRD, sucesor de los fundadores de la Corriente Democrática, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Porfirio Muñoz Ledo, “el delfín” tabasqueño con todo el caló del trópico mexicano, como extraído del Macondo colombiano, Andrés Manuel López Obrador, quien desde las primeras conferencias supo leer los tiempos mediáticos y ganar espacios en medios. La relación que fue estrechando con varios periodistas, en los que se cuenta Rosa Icela Rodríguez, Isabel Arvide, Salvador Guerrero Chiprés, y muchos más, fue de simpatía por una lucha socarrona y constante hasta que llegó a la Presidencia de la República.

El hombre de la prensa lopezobradorista fue siempre César Yáñez, ex cuñado de Porfirio Muñoz Ledo, quien acompañó luego en la primera Coordinación de Comunicación, cuando López Obrador gana la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Desde entonces institucionalizan de lunes a viernes “las mañaneras” después de la reunión de gabinete de la seis de la mañana. César Yañez y Manuel Moreno Domínguez, éste último ex reportero de El Financiero, preparaban temas y una presurosa síntesis informativa que analizaban con el recién investido titular del Gobierno capitalino. Así comenzó a ganar espacios y a imponer una agenda de temas para salirse del “saco revuelto” de la información en que metían las declaraciones de los opositores al PRI, al PAN y sus gobiernos.

López Obrador ha sabido interpretar, destejer, nombrar y mover las piezas del tinglado de la prensa oficial. Las estrategias eran cada vez más claras, los voceros del régimen convertidos en “líderes de opinión” de columnas políticas, de análisis y de noticiarios estelares de radio y televisión sacaban la cabeza y eran visibles. Eran monitoreados los ríos de dinero del gobierno para comprar conciencias en los medios de comunicación por estas áreas de prensa pejista.

Una de las grandes cualidades de López Obrador fue la capacidad de debatir y contestar, sin perder la tranquilidad ni trastabillar, a entrevistas de doble fondo, “centaveadas” y para “extraer” declaraciones que luego en otro contexto se utilizaban para deteriorar imágenes. López Obrador se convirtió en un especialista en el trato con periodistas y su mayor virtud es que nunca es cercado por alguien para lograr una declaración adversa. Con ese ímpetu y experiencia llega bien informado y con análisis todas las mañanas. Aprendió a hablar frente a un periodista, de ahí sus pausas; a darles información, a ofrecer declaraciones que casi casi dicta y “cabecea” en diarios y noticiarios.

Y en esta relación, ahora, el poder presidencial que representa lo comparte con los reporteros que acuden todas las mañanas a la conferencia en Palacio Nacional. Muchos ya no llegan a preguntar, sino a ser gestores de grupos políticos, sindicalizados y a veces no de intereses sociales muy claros. Cada vez se ven menos preguntas y más posiciones políticas, incluso adhesiones y calificaciones de asuntos que sólo competen a los funcionarios. El ejercicio periodístico ya cambió en estas mañaneras y López Obrador lleva la batuta exhibiendo primeras planas, evidenciando el tras bambalinas informativo y aprovechando para mellar un sistema de medios de comunicación anquilosado.

 

Hermelinda Lezama, ni de Morena ni honesta