Covid-19, historia sin final a la vista

462
Covid-19, historia sin final a la vista

  • La incertidumbre es la norma cuando hablamos del coronavirus: no tenemos ninguna certeza de lo que pasará.

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Llevo poco más de seis meses consecutivos escribiendo el Diario del Coronavirus (empecé en abril 20, el cumpleaños de Cancún). La semana pasada, un editor amigo me pidió que revisara el material, porque piensa que al final podríamos hacer un libro, que reflejaría con cierta fidelidad lo que la ciudad vivió y padeció en el 2020, en vez de celebrar por todo lo alto sus primeros 50 años de vida.

Lo primero que encontré es que los textos ya casi dan para el libro. Las semanas suman 28, a un promedio de seis cuartillas por entrega, hacen un total de 168. Con las fotografías se puede armar un volumen de unas 150-180 páginas, muy respetable para una época en donde nadie lee (excepto tú, que estas leyendo este Diario.)

Un escritor mexicano hoy casi olvidado, Luis Spota, presumía de su costumbre de escribir dos páginas de su novela en turno al levantarse por las mañanas, antes que cualquier cosa. Dos nada más, y siempre dejaba un párrafo inconcluso, para no perder el hilo al día siguiente. Con esa técnica, Spota producía un libro de 700 cuartillas cada año, lo cual explica que en su prolífica carrera haya publicado más de 30 títulos.

Sin proponérmelo, con la técnica Spota yo estoy haciendo lo mismo, aunque mi duelo con las páginas blancas suele ser semanal, viernes o sábado (a veces viernes y sábado), no diario.

Contra mi pronóstico, también encontré que la mitad del material puede calificarse como vigente, o sea, conserva su interés y no huele a viejo. La otra mitad hay que rehacerla para darle frescura, aportar nuevos datos y ofrecer a los lectores fieles (otra vez como tú, que espero mantengas el interés), algo que resulte novedoso, y no la mera reproducción de refritos.

Lo que más llamó mi atención es el carácter especulativo de los textos. A contracorriente de los mandatos del buen periodismo, que aconsejan apoyarse en datos duros y en fuentes confiables, los textos del Diario están repletos de suposiciones, pronósticos, rumores y adivinanzas. Las palabras quizás, tal vez, a lo mejor, a lo peor, puede ser, no hay certeza, y el adverbio posiblemente, se repiten una y otra vez, dejando constancia de lo poco que sabemos del bicho y de la forma como hemos ido avanzando, a trompicones, para entender sus alcances.

Esa aproximación al tema no es solo mía. Gran parte de lo que publico proviene de medios que se consideran serios (en especial The New York Times, el semanario The Economist y la revista científica The Lancet, que tengo que leer varias veces para entender la mitad), así como la página de la OMS, los sitios oficiales del gobierno de México y de Quintana Roo, otros medios menos serios (para enterarme de las puntadas de Míster Trump y el Señor Andrés Manuel), y hasta las soporíferas conferencias de Hugo López-Gatell.

De ese amasijo informativo provienen las pocas certezas y las muchas dudas que contiene el Diario. Realmente, 2020 ha sido el año de la pandemia, pero también de la incertidumbre, del rumor, de la impericia y el oportunismo político. El bicho ha dejado al descubierto qué poco preparados están los países para cuidar a su población, qué poco le importan a los gobernantes unas decenas más de miles de muertos, qué limitada está la ciencia cuando se sujeta a la lógica del capital, y qué poco va a cambiar el mundo cuando salgamos del atolladero.

No sé si la propuesta de mi amigo editor, hacer libro este Diario, tenga alguna chance. Su idea es hacerlo al final, cuando salgamos del atolladero, pero esa es la mayor duda de todas: a esto no se le ve el final. Ni siquiera se puede hacer un pronóstico de semanas (¿habrá rebrotes?), mucho menos de meses o años, donde debe hallarse el fin del túnel.

Por lo pronto esto me empuja a pensar que en términos periodísticos el Diario debe cubrir un periodo concreto (el 2020, un año entero, no estoy seguro), pero que de ninguna manera debe eternizarse, pues lo peor que le puede pasar a un periodista, peor incluso que escribir disparates, es lo que le pasó al coronavirus: aburrir al lector.

 

La vida sigue

Mañana martes, otra vez en la Biblioteca Nacional de la Crónica, tendrá lugar la última conferencia del ciclo Cancún 50 Años, organizada por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística para celebrar nuestro primer siglo de vida. El evento culminará con un expositor de lujo, el gobernador Carlos Joaquín González, quien expondrá su visión sobre el tema “El Cancún del futuro”, que puede que se parezca, pero no es lo mismo que hablar sobre el futuro de Cancún.

Dos circunstancias concurren en Carlos Joaquín para tratar esa materia. Primera, que fue alcalde de un municipio turístico, Solidaridad, en los años precisos en que la Riviera Maya rebasó a Cancún en número de cuartos y se convirtió en el primer destino turístico mexicano en capacidad de alojamiento.

Durante su gestión, se construyeron en esa franja cerca de 12 mil habitaciones, en el crecimiento más explosivo que ha registrado cualquier ciudad de Quintana Roo, incluido Cancún.

Segunda, que casi sin querer ha estado vinculado toda su trayectoria a la actividad turística, pues fue sucesivamente secretario estatal de Turismo, presidente de la Comisión de Turismo en la Cámara de Diputados, coordinador de Turismo en el equipo de transición de Enrique Peña Nieto y subsecretario federal de Turismo con dos titulares diferentes, Claudia Ruiz Massieu primero, Enrique de la Madrid después.

Ese dato es relevante porque es la primera vez en la historia que el Palacio de Gobierno de Chetumal tiene como inquilino a alguien que proviene del sector. Aunque la base de la economía del estado es el turismo, y su futuro está ligado a la suerte de esa actividad, jamás un gobernador había desempeñado cargos de responsabilidad turística antes de llegar a la silla.

Sin embargo, el turismo no puede serlo todo. Si Cancún sigue creciendo a su ritmo actual (2.5 por ciento anual, casi el doble que la media nacional, que es de 1.3), en 2050 tendrá unos dos millones de habitantes, que no podrán vivir (y menos vivir bien) de los 40 mil cuartos que tiene la zona hotelera.

Desde luego, podemos seguir construyendo más cuartos, hasta que la isla adquiera el aspecto de un multifamiliar, saturada de edificios altísimos, pegados unos a otros, pero ni los desarrolladores más voraces discuten la cordura de una visión semejante.

Es evidente que, para conservar sus niveles de ingreso y bienestar, Cancún tiene que diversificar su economía. Las opciones son múltiples, pero al día de hoy ninguna es clara. Desde la época de Joaquín Hendricks, por ejemplo, se maneja la posibilidad de crear un centro financiero internacional, tipo Panamá, que atraería profesionistas de muy alto nivel a trabajar en oficinas que lo único que requieren son computadoras, es decir, que no contaminarían. Lo que requiere esa solución es mucha seguridad (que aún no tenemos), buenas escuelas y universidades (no estamos tan mal), vivienda de primera (tipo Puerto Cancún), pero sobre todo requiere tener un plan a largo plazo y que alguien vaya a convencer a los bancos de inversión de instalarse aquí, cosa que no está sucediendo.

Esa idea la ha manejado el titular de Fonatur, Rogelio Jiménez Pons, quien también ha mencionado la conveniencia de crear una zona agrícola alrededor de Cancún (o dentro de Quintana Roo). La idea no es nueva. Estaba en el plan maestro original, y han insistido en ella personajes como el exgobernador Miguel Borge o la rectora de la Unicaribe, Pricila Sosa.

El gobierno de Carlos Joaquín tenía en mente fomentar las agroindustrias, plan que detuvo la pandemia, pero que sin duda forma parte de su visión a largo plazo.

También se ha hablado de expandir la industria, casi siempre con la condición de que no contamine. En ese terreno juegan un papel fundamental el aeropuerto (que lleva años anunciando la construcción de una central de carga, propuesta que se ha diluido en excusas y promesas), y el Tren Maya, pues ambos pueden proveer transporte a bajo costo, indispensable para mover la producción a los centros de consumo.

Tal vez en ese contexto hay que evaluar las tres obras que anunció el gobierno del estado en los últimos meses: el C-5 de la zona norte, un moderno centro de inteligencia y combate a la delincuencia, repleto de computadoras, ubicado en las cercanías del aeropuerto de Cancún (el que tiene mayor avance); el Parque de la Equidad, que implica el rescate de muchísimas hectáreas que se quedaron congeladas como derecho de vía de la CFE, que de concretarse le cambiarían la vida a mucha gente; y el puente sobre la laguna Nichupté, también un proyecto añejo que siempre se ha quedado en veremos.

Al citar todas esas posibilidades caigo en el terreno de la especulación pura, pues no tengo ni la más remota idea del contenido de la conferencia de Carlos Joaquín. Pero estoy seguro que algo interesante habrá de decir, pues la visión del palacio de Chetumal, para bien o para mal, siempre es relevante en el desarrollo de nuestra querida y sufrida ciudad.

 

Recuento de daños

Como lo prometido es deuda, me siento obligado a dedicar unas líneas a la posibilidad de que Míster Trump no acepte su derrota en las urnas y maniobre con artimañas legales para quedarse en la Casa Blanca, alegando que hubo fraude electoral. Aunque ya no insistió en el tema durante el segundo debate, su secretario de Justicia, William Barr, sigue declarando que un tercer país, (China o Rusia son los villanos favoritos) podría imprimir millones de boletas falsas, distribuirlas por el sistema postal y alterar el resultado de las urnas.

Trump y sus compinches han podido sembrar la duda porque Estados Unidos no tiene una ley electoral, sino 50. Aunque las elecciones son nacionales, cada uno de los estados decreta las reglas para votar, y eso incluye el voto por correo.

Hay estados que exigen que tengas una buena excusa para votar así, pero en esta ocasión se acepta como excusa el miedo al coronavirus, con lo cual la excepción se convierte en la regla (sólo cinco estados no aceptan este temor: Indiana, Tennessee, Mississippi, Luisiana y Texas). El resto son menos quisquillosos: cualquiera puede votar por correo si lo solicita con cierta anticipación, pero ese lapso es muy variable: algunos exigen diez días (Indiana), otros cinco (Alabama), y otros 24 horas (Connecticut). Algunos estados hacen válidos los votos por correo que lleguen antes del día de la elección o incluso el mismo día, con una hora límite (Florida y Colorado a las 19:00 horas, Ohio a las 19:30, Nebraska a las 20:00 horas), pero otros los cuentan si tienen el matasellos con esa fecha, no importa que lleguen una o dos semanas después, lo que abre un crucial periodo de espera en una elección disputada.

Para abonar a este rompecabezas, hay diez estados que mandan el voto en blanco a todos los ciudadanos registrados (entre ellos California, Nevada, Colorado y Hawaii), para que cada quién decida si los usa o acude a las urnas. Otros 14 estados no mandan los votos en blanco, pero sí envían por correo la solicitud para votar por correo. En todos los demás hay que hacer el trámite por Internet. Al final, cada estado tiene su propio INE para contar sus votos y decidir quién ganó.

El que perdió, de acuerdo con la mayoría de los códigos (cada estado tiene el suyo), no tiene que demostrar que hubo un fraude electoral masivo: sólo tiene que probar que algunos votos no se contaron, o se contaron mal, para solicitar un recuento estatal. Desde luego, eso sólo aplica si el resultado está ajustado y la diferencia entre ganador y perdedor es de pocos votos, unas decenas de miles. Tal podría ser la esperanza de Míster Trump, que va abajo en todas las encuestas a ocho días de las elecciones. Sus abogados tendrán que calcular muy rápido si revirtiendo la cuenta en cuatro o cinco estados clave el güero se podría alzar con la victoria.

La estrategia opuesta también puede funcionar. Los abogados de Trump (encabezados por los mega-bufetes Jones Day en Washington y Charles Harder en Los Ángeles), pueden tratar de detener los conteos la noche de la elección si Trump va arriba, evitando que se cuenten los votos que aún están en el correo. En el pasado, según un artículo de Los Angeles Times, su equipo de campaña inició demandas para “reducir el número de votantes por correo, eliminar electores de las listas, endurecer los requisitos de identificación, prohibir el uso de buzones y descartar cualquier voto que tenga fallas técnicas o llegue después del día de la elección”, lo cual sugiere que sus recursos son múltiples y sus escrúpulos son nulos.

Todo eso podría conducir a una crisis, porque en los estados de mayoría republicana (en 22 estados, los conservadores han ganado las últimas cuatro elecciones), el Congreso estatal podría ordenar el recuento de votos, o lo podría detener, a conveniencia de su jefe. Como los demócratas no se van a dejar, de ahí podrían derivarse una serie de crisis constitucionales, que podrían terminar llevando el asunto a la Corte Suprema, donde Trump cuenta con una mayoría de ministros simpatizantes (6 a 3).

Todo eso parece ficción y es posible que sea puro cuento. Tal vez Biden gane por un buen margen (y tal vez gane Trump, imposible descartarlo), tal vez Trump acepte su derrota con gallardía o con humildad (habrá que verle la cara la noche de la elección), tal vez la transición será pacífica y civilizada.

Yo no me la creo: no sería un digno final del gobernante más mentiroso, incendiario, tramposo y arrogante de este asombroso siglo XXI.

 

Historias del bicho

El jueves, Chihuahua fue el primer estado de la República en regresar al semáforo rojo. Sus estadísticas son las siguientes: 21 mil casos positivos y mil 700 muertes. Esos números absolutos no son tan malos: Quintana Roo tien13 mil 200 casos positivos y mil 800 muertes, con la mitad de la población. El problema es que los contagios se dispararon (359 en un solo día), y que los hospitales y las funerarias están saturados.

Como el buen gobernador que es, Javier Corral aprovechó para echarle la culpa al “egoísmo de la población”, pues está claro que él nunca se equivoca. En conferencia de prensa, explicó que el Consejo Estatal de Salud, “por unanimidad”, había llegado a ese acuerdo, que tenía el aval de algunos “invitados especiales”, que no son otros que los empresarios más picudos del estado.

A partir del viernes, la Policía del estado está autorizada a multar a aquellos que anden en la calle sin cubrebocas, así como a los vehículos que circulen con más de dos personas, aparte de que la ley seca se aplicará los fines de semana y el toque de queda estará vigente en Ciudad Juárez.

Hay que hacer notar que ningún funcionario federal asistió a la sesión, poniendo en evidencia el divorcio que existe entre la Secretaría de Salud y los gobiernos estatales.

Según las autoridades federales, el caso de Chihuahua podría extenderse a otras tres entidades, Nuevo León, Coahuila y Durango, que también reportaron incremento en el número de infectados. Claro, falta ver qué dicen los gobernadores de cada ranchito, pues para confusión generalizada del público y desconcierto de los ciudadanos, cada entidad maneja su semáforo con sus propios parámetros, y aplica las medidas de control que le vienen en gana.

Eso aplica sin duda al caso de Quintana Roo, que en el semáforo nacional pasó de amarillo a naranja, pero que el gobierno del estado decidió dejar en amarillo, tanto para el norte como para el sur, sin duda para no estorbar el ciclo de recuperación económica. Habría que avisarle de esa intención al bicho, que suele hacer caso omiso de esa feria de vanidades en la que se ha convertido la gestión de la pandemia.

Como de costumbre, los ciudadanos tendremos que descifrar dónde está la verdad, pues mientras algunas autoridades dicen que ya pasó lo peor, otras advierten que lo más duro está por venir. Go you to know…

50_anos-P

Te puede interesar: Repunta el virus; empeora panorama