La otra plaga: los huracanes

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La otra plaga: los huracanes

 

  • En medio de la pandemia tres ciclones azotaron Cancún, dejando al descubierto lo poco que hemos aprendido para lidiar con esos fenómenos.

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Vamos a darle una semana de descanso al bicho, no sin antes apuntar que en Cancún y en Quintana Roo, como en todos lados, los contagios están aumentando en forma significativa. La semana anterior el semáforo nacional nos puso en naranja, aunque el gobierno estatal resolvió que nos quedaremos en amarillo.

Eso puede aguantar una semana o dos, pero es inevitable que, más temprano que tarde, se tendrá que reconocer la escalada y ajustar el color de la pandemia, que podría incluso llegar al color rojo, con todo lo que eso significa para la vida de la gente y para el negocio turístico.

Eso está sucediendo en todo el mundo y ya lo habían previsto los expertos, basados en el comportamiento de pandemias históricas, en especial la influenza de 1918-1920. Los rebrotes se han dado con una puntualidad asombrosa, empezando por Europa y con una clara tendencia a surgir en América en las próximas semanas, lo cual permite anticipar una movilidad reducida y un confinamiento creciente por lo menos en lo que resta del año.

Cuando eso suceda, de seguro vamos a oír el dedo acusador de los políticos de la oposición (aquí y en todas partes, mas no en China), fustigando al gobierno en turno por el mal manejo de la crisis.

En efecto, en muchos lugares ha privado la ineptitud, la improvisación y la ignorancia (incluido México, incluido Cancún), pero no hay ninguna garantía de que la oposición hecha gobierno lo hubiera realizado mejor.

Mañana el bicho podría cobrar su primera y muy notoria víctima electoral, pues habrá elecciones en los Estados Unidos y todas las encuestas indican que perderá Míster Trump. No sé si ese desenlace hubiera sido el mismo sin la pandemia, pues a principios de año Trump podía mostrar buenos números en el manejo de la economía, un tema crucial para la reelección.

Sin embargo, la llegada del bicho acabo con la prosperidad y dejó al descubierto el infame nivel intelectual del presidente, que desdeñó la gravedad de la epidemia, prometió resolverla en tres semanas, pronosticó que se acabaría con el calor, recomendó en público las medicinas de la abuela, animó a la gente a salir a la calle, se negó sistemáticamente a usar cubrebocas, y cuando se infectó, lo presumió como un camino a la inmunidad (no sacó una estampita de detente, pero casi). Tanta ineptitud no podía dejar de tener un costo en las urnas.

Dicho esto, dejemos de lado el coronavirus y dediquemos este Diario a hablar de la plaga que nos azotó en octubre: los huracanes. Aunque se sabe que de alguna manera son benéficos (pues derraman una cantidad impresionante de agua, que llena los ríos y las presas, y asegura las cosechas futuras), para Quintana Roo son casi de cero beneficio: aquí no tenemos ríos, ni presas, y los meteoros no fertilizan la selva, sino que la arrasan, dejándola lista para la calamidad de la próxima temporada: los incendios. Son un problema central, aunque esporádico, y tal vez por eso nunca estamos preparados para recibirlos y lidiar con sus efectos.

 

Crónicas del Mar Caribe

El 1 de diciembre de 2005, uno de mis meteorólogos favoritos, Jeff Masters, fundador del sitio Weather Undeground, escribió en su blog: la temporada de huracanes 2005 ha concluido oficialmente. Pero esta es la temporada 2005 y las reglas normales no aplican. Fiel a su carácter, la temporada 2005 continúa desafiando las reglas: la tormenta tropical Epsilon aún se pasea por el Atlántico. ¿Cómo resumir esta temporada? Yo creo que será única en la historia. Tener 27 tormentas con nombre y 14 huracanes, tres de los cuales se ubican entre los seis más intensos de la historia, excede por mucho nuestra comprensión científica de lo que es posible.

Masters anotaba a continuación una serie de récords, por llamarlos de alguna manera, de la temporada 2005: más meteoros con 27, más huracanes con 14, más huracanes Categoría 5 con 4, el huracán más costoso en daños materiales (Katrina), el que registró la presión barométrica más baja (Wilma), la fase de intensificación más rápida (Wilma), y algunos más. Y concluía: ¡Creo que esto pasa una vez cada 500 años!

Masters tendrá que revisar sus notas, porque no tuvo que esperar cinco siglos, sino tan solo 15 años, para ver cuestionadas sus conclusiones. El número total de tormentas ya se igualó (27, con Zeta), pero en 2005 Zeta fue una tormenta vagabunda que apareció el 30 de diciembre, ya fuera de temporada, mientras ahora Zeta se formó el 25 de octubre, cuando aún falta un mes y fracción para dar por concluida la temporada. Es imposible pronosticar si tendremos otro meteoro antes de diciembre, pero por ahora lo que preocupa a los meteorólogos es que la temporada se adelantó: desde mayo hasta octubre, todos los meses registraron tormentas más tempranas que los registros históricos de las últimas décadas.

De manera automática, ese fenómeno se suele atribuir al calentamiento global. Siguiendo las enseñanzas de su gurú, William Gray, fundador del laboratorio especializado en predicción de huracanes de la Universidad de Colorado (la máxima autoridad en la materia), muchos meteorólogos sostienen que el calentamiento global sí existe, pero que es producto de los ciclos normales de la atmósfera terrestre, y no de la actividad humana.

Como sea, con calentamiento o sin calentamiento, lo cierto es que Quintana Roo se encuentra en el límite poniente del Caribe y que, da la casualidad, ahí es donde rematan una buena proporción de los huracanes que se generan en el Atlántico y en el propio Mar de las Antillas. Cierto, pasan un par de años sin que un meteoro toque la península, pero en 2020 tuvimos tres impactos consecutivos en un solo mes (Gamma, Delta, Zeta), y a lo largo de la historia, cada pocos años, un ciclón (a veces una simple tormenta) nos pega y nos hace daño, no sólo alterando el ritmo de la existencia sino provocando pérdidas materiales (y a veces humanas), que siempre lastiman con severidad a los segmentos más vulnerables de la población (aunque no salgan en las noticias).

A manera de guía, preparé el cuadro que aparece al pie de esta página, sólo para ilustrar la continuidad de esta plaga. No están todos los huracanes que afectaron Quintana Roo o que dispararon las alarmas, pero sí los que nos lastimaron, nos inundaron, nos tiraron chozas, nos rompieron caminos, y en casos extremos, destruyeron los hoteles y arrasaron las playas.

Eso sugiere que deberíamos estar más que preparados para su impacto, y es triste decir que no lo estamos. Ya la semana pasada consigné dos áreas donde hubo un desbarajuste generalizado. Primero, la comunicación. El desorden no pudo ser mayor: el gobernador por su lado, los alcaldes por el suyo, el vocero en el limbo y los comités de Protección Civil brillando por su ausencia.

Hay cierta necedad en seguir usando canales que llegan a poca gente (la televisión oficial, las redes sociales personales), y en no respetar los horarios, pero es más grave que el discurso no se centralice y los mensajes que reciba el público sean tan caóticos.

Luego está la limpieza y retiro de escombros. Simplemente no hubo brigadas suficientes y, cuando azotó Zeta, veinte días después, aún no se habían terminado de recoger los despojos de Delta. Esa crisis se agravó por la súbita decisión de rescindir el convenio de recolección de basura, que sin duda era necesario y saludable, pero que fue totalmente inoportuna. El concesionario llevaba años prestando un mal servicio, de modo que había argumentos más que suficientes para revocar el acuerdo, pero se escogió el momento inadecuado, entre el azote de dos huracanes, lo cual generó mucho ruido en los medios y gran presencia de reflectores, pero también ocasionó que casi un mes después de Delta los cadáveres vegetales sigan adornando las calles.

Si acaso la administración municipal decide seguir adelante con algunas de sus propuestas, muy señaladamente la creación de una empresa municipal de transporte público (léase: combis y autobuses), es de desear que se actúe con más cálculo y menos incompetencia.

Añado un tercer factor que pasé por alto: la atención rápida y oportuna a los indigentes o pobres extremos que perdieron sus casas, que no fue rápida ni oportuna. Bien sabemos que en la mancha urbana de Cancún hay decenas de miles de compatriotas que viven en chozas, construidas de manera precaria, que sucumben como castillos de naipes ante el embate de los vientos. Por humanidad y por buen gobierno, esos núcleos tienen que ser prioridad tras el azote de un meteoro, mediante la entrega de láminas acanaladas, de lonas, de utensilios de cocina, de ropa infantil, de canastas básicas, sobre todo ahora que su situación económica está agravada por la pandemia.

Las autoridades fueron remisas, y en algunos casos omisas, para auxiliar a esa población. La ayuda fue muy poca, y llegó muy tarde, dejando en evidencia que las enseñanzas del pasado no nos enseñaron suficiente. Tampoco se puede decir que todo fue malo: hubo saldo blanco, hubo pocos percances marítimos, se protegió a los turistas, funcionaron aceptablemente los refugios, pero lo que más ayudó fue que la dimensión de los tres ciclones haya sido modesta. Digamos que aprobaron la materia, pero se sacaron un seis de calificación.

Termino con otro foco rojo: las montañas de arena que se acumularon en el bulevar Kukulcán a la altura de Playa Delfines, tras el paso de Zeta, son un incómodo recordatorio de un fenómeno constante que nadie quiere ver: Cancún está perdiendo sus playas. No de manera notable ni dramática, pero cada temporal que nos golpea se lleva unos centímetros o unos metros cúbicos de arena, que no hay manera de volver a poner en su lugar. Por falta de espacio, voy a dejar este tema para el próximo Diario, porque ese tema no sólo revela que aprendemos poco, sino también que olvidamos rápido.

 

Recuento de daños

Unas breves líneas para lamentar la desaparición de Alfonso de Vivanco, quien falleció de manera súbita y plácida en su domicilio, el jueves por la mañana. Fiel a sus creencias, Alfonso había expresado su deseo de no ser velado, y prohibió expresamente la celebración de misas, rosarios y cualquier liturgia religiosa, de modo que sus amigos tuvimos que conformarnos con la noticia de que su cuerpo fue cremado y sus cenizas, también siguiendo sus instrucciones, habrán de esparcirse en el mar que tanto amó.

Vivanco tuvo una vida de novela. Originario de Madrid, donde nació en plena Guerra Civil, llegó a Veracruz en su infancia, con el grupo de refugiados españoles que acogió México durante el gobierno de Lázaro Cárdenas. En la casa paterna aprendió a reverenciar a España, pero eso no le impidió optar por la nacionalidad mexicana en cuanto obtuvo la ciudadanía. Muy joven, estudió arte en la Academia de San Carlos, y se especializó en escultura y orfebrería, oficios que practicó hasta el fin de sus días.

Tenía talento suficiente para triunfar en ese campo. Su colección de recortes periodísticos incluía algunas de sus hazañas, como unos inmensos huevos de avestruz que modeló con la técnica Fabergé (con suficiente maestría para entrar a una subasta de Sotheby’s), y una muy realista mano articulada, que fue adosada a una escultura del presidente Abraham Lincoln para que saludara a los visitantes (la pieza funciona aún en Disneylandia, donde trabajó un par de años).

Pero Vivanco también tenía una vocación natural por la aventura. Esa inclinación lo llevó a construir un jardín de niños que era una réplica del castillo de la Bella Durmiente (en la colonia Lindavista, de la Ciudad de México); a vincularse a algunos personajes siniestros del sistema de seguridad nacional (Fernando Gutiérrez Barrios, Arturo Durazo Moreno, Francisco Sahagún Baca, Javier García Paniagua), a cuyo lado desempeñó tareas de inteligencia política, por no decir espionaje; y a emigrar a Cancún en la década de los 80, donde contribuyó a crear negocios muy productivos y fue literalmente transado por algunos de sus socios.

Talento desperdiciado, vivió sus últimos años con ciertas estrecheces y una notable dignidad: trabajó en el Ayuntamiento, siguió haciendo joyas y esculturas (es el autor de la réplica del Mascarón del Rey, que el Cabildo a veces entrega a los visitantes distinguidos), y conservó la amistad y el aprecio de numerosos amigos, a quienes solía cocinarles unas monumentales y sabrosísimas paellas, a despecho de sus muy joviales 86 años de edad.

Grandilocuente, exagerado, fantasioso, pero siempre entretenido, lo mejor que tenía era su conversación, que lo mismo te llevaba a los difusos recuerdos de un niño en África (su papá era médico militar y creció en el Congo Belga), al Madrid sitiado de la Guerra Civil, a la azarosa vida de los refugiados españoles y el Instituto Luis Vives, a los macabros sótanos de la policía política, a los palacios que visitó como escolta del presidente José López Portillo, y a su último y alocado proyecto, un “burródromo”, para jugar en la playa polo en burro, que por desgracia no pudo concretar. Sin duda alguna, lo vamos a extrañar.

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