Imperan incógnitas sobre el coronavirus

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Imperan incógnitas sobre el coronavirus

 

  • La discusión académica está derivando hacia la gente que no se enferma: pese a que tiene contacto con el virus, parece existir una inmunidad natural.

Fernando Martí / Cronista de la Ciudad

Diario del Coronavirus

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Pasan los días, las semanas se convierten en meses, y el coronavirus sigue ahí, un visitante persistente e indeseable que no se va, una amenaza latente que nos cambia la vida, a veces para bien, casi siempre para mal.

Un observador juicioso me hacía notar que hay mucha gente, demasiada quizás, que lleva ocho o nueve meses encerrada, cautiva por voluntad propia en sus casas, de espaldas al mundo, renuente al más mínimo contacto, incluso aislada de familiares y amigos. Han dejado de vivir, tan solo sobreviven en su prisión domiciliaria, con rutinas parecidas a los presos de verdad.

Para colmo, gran parte de esos casos son gente mayor, lo que la OMS llama de edad avanzada (de 60 a 75) o ancianos (de 75 a 90), sin problemas económicos (o tienen recursos, o la familia los mantiene), que están viviendo un cautiverio opaco, sin hijos y sin nietos, sin vida social, sin salidas, sin viajes. No hay manera de criticarlos por su elección, sin duda les va la vida en ello, tan solo apuntar que la plaga les cayó en el peor de los momentos, cuando deberían estar gozando a plenitud sus años postreros.

Mientras tanto, el bicho sigue dando sorpresas, o más bien dicho, planteando incógnitas que la ciencia no acaba de entender. En las últimas semanas, parte de la discusión académica ha girado en torno a las personas que no se enferman, no porque estén aisladas, sino simplemente porque parecen inmunes al flagelo.

Un grupo que hay que observar con atención es el personal médico, desde doctores y técnicos, hasta enfermeras y camilleros. Como es bien sabido, los estragos en ese sector han sido de proporciones catastróficas, siendo México uno de los países más afectados. Un reporte de Amnistía Internacional, publicado por Forbes (sept. 9), estimaba el número de víctimas mexicanas en mil 320 (de un total mundial de 7 mil), pero esos números tienen dos meses de antigüedad, durante los cuales las cifras de la pandemia crecieron en 50 por ciento.

Sin dejar de criticar la conducta criminal de la autoridad, omisa al no proporcionar equipo de protección al personal sanitario, hay que apuntar los ojos a quienes no se han contagiado ni enfermado, pese a que no hay duda de que han estado en contacto con el virus. Lo mismo sucede a nivel familiar, en oficinas y en fábricas: uno se enferma, los demás no. O exactamente al revés: varios se enferman, pero uno no.

Tomando muestras de sangre aquí y allá, los expertos están tratando de resolver el crucigrama. Hay que decir, de entrada, que la respuesta del cuerpo al contagio no es uniforme. Algunas personas crean anticuerpos, que aparecen en cuestión de semanas, pero desaparecen después, también en pocas semanas, sin dejar huella. Mas otros enfermos no, lo cual sugiere que sus anticuerpos son tan tenues que no se pueden detectar, o que se eliminan en cuestión de días u horas. También hay grandes dudas del periodo de inmunidad que generan, si son unas semanas, o unos cuantos meses, o quizás un año, y todavía no hay ninguna evidencia de inmunidad permanente, pero sí la hay, y sólida, de que el Covid puede repetir.

Una explicación que los científicos están sopesando reside en las llamadas células T (linfocitos), un glóbulo blanco multiusos que se genera en la médula ósea y luego circula por la sangre hasta ser activada por un antígeno, que se define como un elemento extraño que requiere una respuesta inmunitaria. El proceso es muy complicado: los linfocitos no pueden detectar al invasor, necesitan que se los presente un glóbulo especializado (las células presentadoras de antígenos), pero una vez alertados desatan el contraataque, activando linfocitos B y células macrófagas, mismas que destruyen a los microbios o a las células tumorales (el cáncer, por ejemplo). En el proceso tiene lugar la liberación de citosinas, proteínas que tienen una función antiinflamatoria, pero ante un ataque severo como el que provoca el Covid, el sistema puede confundirse y producirlas en exceso, provocando lo que se conoce como una tormenta de citosinas, que a muchos pacientes de coronavirus los conduce a la muerte.

Las células T son capaces de enfrentar al Covid y de guardar en la memoria sus coordenadas, lo cual hace innecesaria la presencia de anticuerpos específicos. De hecho, hay una hipótesis que mantiene que el bicho actual no tiene nada de actual, sino que en una versión menos agresiva (menos virulenta, dirían los técnicos), infectó a millones de personas en el pasado, sin provocarles más síntomas que una gripe ligera, lo cual explicaría la enigmática inmunidad natural de tanta gente.

Mientras esa discusión se resuelve, estamos cerca de alcanzar un año completo con la plaga, pues el primer caso se reportó el 31 de diciembre en Wuhan (China). Si bien hemos aprendido algo del bicho y el índice de letalidad ha bajado mucho (un millón 250 mil muertes sobre 48 millones de contagios oficiales, lo cual arroja una tasa de 2.6 por ciento), la pandemia se encuentra en su cénit: más de 400 mil contagios diarios, de los cuales la mitad tienen lugar en el mundo desarrollado, los Estados Unidos y Europa.

Todo pinta que esto va para largo, otro año cuando menos, y eso si hay vacuna. Pese a lo astronómico de las cifras, se ha enfermado menos del uno por ciento de la población mundial (tres por ciento en los países más afectados, como Estados Unidos, Brasil y España), de modo que la inmunidad de rebaño es una quimera. Los gobiernos a nivel mundial, con tal de reactivar la economía, han adoptado una estrategia común, aunque no pueden decirlo: controlar los contagios, no saturar los hospitales, lamentar a los muertos (los que sean). Cobra sentido la predicción que hiciese el experto británico Graham Medley en la revista The lancet, hace un par de semanas: “Entre mejor manejemos la pandemia, más va a durar”.

 

HISTORIAS DEL BICHO

Este segmento del Diario está dedicado a Donald Trump (again). Puede inducir a error que lleve por título Historias del Bicho, pensando que de manera tan irrespetuosa me refiero al personaje, así que en forma sumaria y expedita declaro que jamás me atrevería a calificar así al hombre más poderoso del mundo, aún en estos momentos en que sus críticos lo están haciendo picadillo. Es mera casualidad (quizás no tanta) que la historia de su agonía política coincida con el coronavirus, pero no hay que compararlos ni confundirlos, aunque uno sea tan siniestro como el otro.

Dicho esto, diré con toda propiedad que celebro con fanfarrias y disfrutaré como niño las maniobras de Míster President para robarse la elección y quedarse en la Casa Blanca. No hay nada malo en ello, excepto, claro está, la intención de burlar la voluntad de la mayoría. En eso Trump se adelanta al resto de los políticos, que suelen burlar la voluntad popular hasta que están en el poder, olvidando sus promesas de campaña y haciendo exactamente la opuesto a lo que ofrecieron. Trump, sin duda un visionario, lo único que está haciendo es traicionar un poco antes el espíritu de la democracia y pintarle por adelantado cuernos a los votantes, lo cual en su caso no deja de ser un proceder honesto, pues lo mismo hará si sigue gobernando.

También creo que la tiene muy complicada, pues este fin de semana hubo múltiples muestras de que sus aliados se están bajando del barco como ratas. Un par de gobernadores republicanos, por lo general humildes y obedientes, le pidieron en público que presente pruebas del fraude electoral, y la cadena Fox News, que lo apoyó de manera facciosa y desvergonzada, fue la primera en anunciar que había ganado su oponente, Joe Biden, por el momento Míster President Elect, aunque ese título aún no es oficial.

(Un paréntesis para comentar el discurso de Biden el sábado por la noche, que los noticieros calificaron ipso facto de electrizante, honesto, patriótico e inteligente. Inteligente sí que fue, pues en forma demagógica habló de unidad nacional, de igualdad racial, de contener el cambio climático, y hasta de derrotar al coronavirus, esto es, una copia casi exacta (sin Covid) del discurso de Barack Obama hace doce años, quien tras ofrecer lo posible y lo imposible se convirtió en un presidente gris y utilitario, que traicionó todas sus promesas de campaña. Míster Biden viene de esa escuela y en sus seis periodos como senador y dos como vicepresidente, algo habrá aprendido del arte de simular y de disimular).

Es fascinante observar cómo los Estados Unidos, el país experto en dar clases de democracia a todo el mundo, puede enredarse con algunos millones de votos aparecidos y desaparecidos, y como vuelan acusaciones de doble voto (el famoso carrusel), votos en cadena (los tacos), votos de muertos (una contribución a la picardía política que hay que agradecer), votos de no residentes (el padrón rasurado), y votos que nadie emitió (las célebres urnas embarazadas).

Todo eso en medio de observadores que protestan porque no les permiten observar, y manifestaciones callejeras que exigen se cuente voto por voto, y casilla por casilla. Está padre, ¿no?

Ahora bien, la culpa del desgañite no la tiene Trump, sino un sistema electoral de lo más perverso (y de lo más ingenuo), porque se basa en una virtud pasada de moda: la confianza. Pensando que todo mundo se va a portar bien, ocho estados enviaron votos por correo a todos sus electores, pero por esa vía solo regresaron las dos terceras partes. ¿Dónde quedó el otro tercio? En el bote de la basura, hay que suponer, mas no hay que descartar la tentación de hacer trampa. Si un gobernador priista, o panista, o morenista (da lo mismo, todos son iguales), repartiera por anticipado millones de papeletas, ¿usted creería en su inocencia?

Da la casualidad que Joe Biden arrasó en esos ocho estados, y también ganó en los estados bisagra, pero el equipo de Trump puede pedir un recuento si la diferencia es menor al uno por ciento (de a gratis, con cargo al erario), o lo puede pagar si la diferencia es mayor (no importa, lo que sobra es billete). Obvio, Míster President sabe que es muy posible que los recuentos confirmen los resultados, de modo que sus abogados (que tiene muchos, y buenísimos, empezando por un cuate de Andrés Manuel, Rudy Guliani), empujan una estrategia aleatoria: probar que se emitieron votos falsos en cantidad suficiente para alterar el resultado.

Como dice el refrán, puede que no anden desencaminados. Enfrentado a la evidencia (papeletas mal llenadas, votos duplicados, observadores bloqueados, todo lo cual puede ser ampliamente documentado), un simple juez podría invalidar la votación de un distrito, o tratar de hacerlo.

El asunto iría entonces a la Corte, no a la Suprema sino a la local, y también podría ir a la Suprema, que en el año 2000 ordenó suspender el recuento de votos en Florida (solicitado por Al Gore), dándole con esa maniobra la victoria a Bush Junior.

Aquí lo que se trata es de meter ruido, de ensuciar la elección y de sembrar en el jurado, que en este caso es todo el mundo, una duda razonable de que se hicieron trampas (que pueden serlo, pero también pueden ser errores y torpezas, que siempre suceden). En esa atmósfera tendrá lugar la sesión del Colegio Electoral el próximo 14 de diciembre, que suele no ser una reunión física, pues los delegados se presentan en la legislatura de cada estado a emitir su voto.

En forma automática éste favorece al candidato que tuvo más votos, pero hete aquí (y este pero hete aquí es gigantesco) que las legislaturas tienen la facultad constitucional de dar los votos electorales al candidato perdedor, si estiman que la elección fue fraudulenta o que eso favorece el interés público. Eso configura un escenario donde dos o tres legislaturas con mayoría republicana se hagan eco de los lamentos de Míster Trump, y logren inclinar la balanza en contra de Míster Biden. Entonces, y solo entonces, el asunto podría llegar a la Suprema Corte, donde bien se sabe que el marido de Melania goza de amplias simpatías.

Quienes crean que eso no puede suceder deberían leer con atención la historia de los Estados Unidos, porque el caso es que ya sucedió. Sucedió con el presidente John Adams, sucedió con su hijo (John Quincy Adams), y sucedió con Rutherford Hayes, una historia fascinante que voy a guardar para la semana que entra. Claro, si Trump gana de manera tramposa, pasará a la historia como un hampón electoral, y el escándalo será mayúsculo, pero eso le vale sorbete, como le valió en su momento, pongamos por caso, a varios presidentes mexicanos, entre quienes podríamos anotar a Porfirio Díaz, a Pascual Ortiz Rubio, a Manuel Ávila Camacho y a Carlos Salinas de Gortari, cuyos despojados oponentes casi nadie recuerda.

Todo esto deriva de la enfermiza adicción al poder que siente el papá de Ivanka, que ya se vio otros cuatro años como jerarca universal y le vale gorro la costumbre de conceder, que desde hace décadas es costumbre en los Estados Unidos. Para evitar el jaleo, los recuentos, los juicios y las dudas, el candidato que va abajo en los conteos concede, por lo general la noche misma de la elección. Eso no va a suceder pronto: Trump quiere pleito, se siente muy gallito y no se irá por las buenas, porque aún tiene que negociar varias cosas, incluida la eventualidad de que lo metan a la cárcel.

En fin, vamos a tener un par de meses de los más entretenidos, viendo cómo se resquebraja la democracia más presumida del mundo. Trump está aferrado, Biden no se va a dejar, el show está buenísimo, y el resultado para México es irrelevante, porque si gana Trump nos va a apretar, y si gana Biden también nos va a apretar. Pese a esa desgracia inminente, por lo menos de aquí a las posadas tendremos algo de diversión durante el encierro.

 

RECUENTO DE DAÑOS

Cancún está perdiendo sus playas. Cada brisa fuerte, ya no digamos cada ráfaga huracanada, se lleva unos granos de arena que se depositan en las terrazas de los hoteles, en el fondo de las albercas o en la maleza del monte, que es imposible tratar en recuperar. Las colinas de arena que se acumularon en el Bulevar Kukulcán tras el paso de Zeta, a la altura de Playa Delfines, son un incómodo recordatorio de un fenómeno constante que nadie quiere ver. La misma merma se registró en los 17 kilómetros de la playa oriental: si no la vimos, fue porque la hilera de hoteles actuó como una barrera.

Cuando el gobierno federal reconstruyó las playas de Cancún en 2007, el gobierno de Félix González Canto prometió en forma solemne que se crearía un fideicomiso para darles mantenimiento, promesa que olvidó en cuanto quedó listo el relleno. Tal instancia, que entonces parecía urgente y necesaria, no figuró en la agenda de Roberto Borge, no se ha discutido durante la gestión de Carlos Joaquín González, y desde luego, no está en el radar de la Asociación de Hoteles, que lo único que litiga con tesón es ponerle trabas al AirB&B.

Solo a ojo de buen cubero es posible calcular cuánto hemos perdido. En el relleno del 2007, se vertieron 10 millones de metros cúbicos de arena, para construir una playa de 60 metros de ancho, estimando que el reflujo de las mareas se llevaría en forma natural la mitad, dejando una franja permanente de 30 o 40 metros. Algunas porciones ya no tienen ese ancho, y la evidencia es incontrovertible: por minúsculos que parezcan, los granos que amanecen todos los días en el bulevar son prueba de una erosión continua.

Toco madera, pero más temprano que tarde un huracán mayor nos va a hacer la maldad. Ya sucedió con Gilberto, ya sucedió con Wilma, y en menor medida sucede con meteoros más modestos, como el trío que nos visitó en octubre: Gamma, Delta y Zeta.

A mi juicio, lo que debemos tener claro es que el problema es nuestro, y de nadie más. Si los gobiernos llamados neoliberales, que se supone apoyaban con todo a los empresarios, se tardaron casi veinte años en autorizar el relleno (de hecho, no hicieron nada en los 17 años posteriores a Gilberto; tuvo que venir Wilma y evaporar las playas para que reaccionaran), no me quiero imaginar cuál sería la respuesta de la 4T, que odia sin disimulo las costumbres de los ricos, lo cual con seguridad incluye venir de vacaciones a Cancún.

Más vale tomar nota de ese estropicio anunciado.

CANCÚN 50 AÑOS