Wayeb político: Cancún, después del 9N

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ÉDGAR FÉLIX

En ciencia política nada es fortuito. Varios intereses quedaron exhibidos con los disparos a manifestantes el 9 de noviembre pasado. No fue casual por el ambiente enrarecido, confuso, tenso que se vivía y que ahora se acentúa más en Cancún.

Fueron causalidad, no casualidad, los plomos recetados contra quienes protestaban y también fue planeada la aplicación brutal de las abusos sexuales dentro del palacio municipal, así como la reacción tardía, eterna, de las autoridades municipales, ante la tragedia constante de los asesinatos de mujeres en el principal centro turístico de América Latina. Nada fue obra del azar ese lunes negro ni las consecuencias que derivaron posteriormente.

Jamás habíamos vivido tanta descomposición política en los 50 años de vida de esta loable región del sureste mexicano. No hay precedentes ni un escándalo de tales magnitudes con efectos internacionales. Lo que observamos indignados y estupefactos esa noche del lunes negro fue el resultado de varios acontecimientos y las consecuencias ineludibles e inevitables de esa descomposición política.

Algunas acciones provocadas, con oscuros conocimientos de causa, más todas las agravantes legales como no solucionar la situación del constante asesinato de mujeres y, otras, como una victimización de la inocencia de varios actores de esta tragedia. Los plomos fueron orientados hacia la zona corporal donde no asesinan pero sí se incrustan con heridas graves, con todas las intenciones de aterrorizar varios días. Así lo hicieron coordinadamente quienes jalaron esa noche el gatillo.

La descomposición política es grave. Basta comprobarlo con la renuncia casi inmediata del secretario general del Ayuntamiento, Issac Janix. Un síntoma de la primera bala incrustada.

Si Hermelinda Lezama no ha seguido a Issac en ese proceso de purificación administrativa es porque está conteniendo el sacrificio político al que está condenada. No es porque traiga las manos llenas de sangre y de compromisos políticos sino de quienes la esperan afuera del poder mal ejercido.

Para resumirlo en pocas palabras, el Ayuntamiento de Benito Juárez es el gobierno de la negación. Una administración sin oídos, sin ojos, sin olfato. La poca responsabilidad y conocimiento con que se asumió un cargo de tanta envergadura y con tanta exigencia fue conducido por una sencilla rúa iluminada por un tenebrario encendido por el desconocimiento.

De los asuntos claros después del 9N es precisamente este: la consecuencia de un mal gobierno dedicado al enriquecimiento familiar donde cada uno de los miembros se siente de la realeza británica o española.

El delicado problema político de Benito Juárez ha sido entregado al gobernador Carlos Joaquín González en una bandeja de plata proveniente del Palacio Nacional de la Ciudad de México, con una nota escrita: “confío en su capacidad política”.

Son los nuevos tiempos que vive este país y con el nombramiento de Flor Ruiz Cosío, una académica de la Universidad Anáhuac de Cancún y feroz litigante, se dan los primeros acuerdos para resarcir los daños ocasionados. No esperemos mucho porque Flor Ruiz no vendrá a equilibrar el poder dentro del Ayuntamiento sino, al contrario, a defender ciegamente a su jefa.

Enmendar políticamente la situación del municipio de Benito Juárez nunca fue tan complicado para la actual administración estatal pero la colocación de las nuevas piezas podrá solventar mayor descomposición y el riesgo de que se acentúe la inseguridad.

En las auscultaciones y acuerdos ha estado el secretario de Marina, José Rafael Ojeda, quien como representante del gobierno federal, trata de poner orden en el Ayuntamiento, a la vez que diseña una estrategia acordada con el gobernador Carlos Joaquín González, quien continúa reuniéndose con los grupos feministas y los afectados para tomar estos acuerdos o estas correcciones que tengan ese atributo de consenso. Están de por medio la vida de decenas de mujeres en los siguientes años.

Wayeb político: Hermelinda, adiós