Vacuna contra Covid: la luz al final del túnel

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Vacuna contra Covid: la luz al final del túnel

 

  • A pesar de que estamos en el pico de la pandemia, la llegada de la vacuna indica que diciembre será el principio del fin de la pesadilla.
FERNANDO MARTÍ / CRONISTA DE LA CIUDAD

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / En diciembre voy a iniciar la cuenta regresiva del Diario del coronavirus. La razón: aunque el fin de la pandemia, si es que tiene fin, aún se antoja lejano, lo que podríamos llamar el principio del fin se encuentra al alcance de la mano y tiene nombre y apellido. Se llama vacuna, si bien no sabemos si el nombre de familia será Astra-Zeneca, Moderna, Pfizer, Sputnik (la rusa) o CoronaVac (la china). La llegada de este remedio milagroso es inminente, en su doble papel de exterminador del bicho y de promotor de la normalidad, sea nueva o sea vieja, pues hay bastantes indicios de que la humanidad desea volver a sus ancestrales costumbres y vicios apenas se controle la plaga.

Me resulta difícil de digerir que este anuncio de muerte anticipada (de la columna), tenga efecto cuando la peste se encuentra en su cénit. Las cifras son tan apabullantes que apenas tiene caso repetirlas. A nivel mundial, 60 millones de casos, millón y medio de muertes; a nivel doméstico, un millón de contagios, 100 mil decesos. Eso, claro está, más los repuntes: el viernes tuvimos 12 mil 081 infectados en el país, la cifra más alta que se ha registrado desde el inicio de la epidemia, pues en verano el número mayor de casos en un día fue de 9 mil 556 (agosto 1).

Con todo y que la cifra es una pésima noticia, llegar a esa cresta era inevitable, el desenlace lógico del comportamiento del virus a nivel mundial. En Europa, que marcha unas semanas adelante en la propagación del mal, tuvieron su pico hace un mes (días más, días menos). Francia llegó a 86 mil contagios diarios (nov 7), Italia a 40 mil (nov 13), Gran Bretaña a 33 mil (nov 12), España a 25 mil (oct 29), y en la lista hay un país americano, Argentina, con 18 mil (oct. 21), que siempre quiso parecerse a Europa y en esto del Covid-19 lo está logrando. Todos esos países redujeron la movilidad y decretaron encierros más o menos severos, y en todos los casos el número de contagios se redujo a menos de la mitad.

En Alemania (22 mil casos diarios), en los Estados Unidos (199 mil), en Canadá (6 mil casos) y en México (12 mil), estamos ahora en el punto máximo. Estas cifras corresponden al viernes anterior, y son registros mucho más elevados que los picos del verano. Pero hay razones para suponer que este incremento tiene carácter cíclico y, aunque nos vamos a pasar una Navidad un tanto sombría, con los hospitales y las funerarias saturadas, tal vez 2021 inicie con una franca tendencia a la baja.

Tal declive seguramente va a coincidir con las primeras vacunas en población abierta, pues en grupos de voluntarios son bastantes miles quienes ya han recibido su dosis. La presión para que así suceda es inmensa. En forma descarada y agresiva los laboratorios están manipulando a la opinión pública para que las autoridades sanitarias se brinquen los últimos protocolos y autoricen la inoculación masiva. En ese sentido van sus anuncios de que ya produjeron cientos de millones de dosis y de que las están distribuyendo a nivel mundial, cuando ni siquiera saben si las pueden usar.

En tal estrategia cuentan con la simpatía de muchos gobiernos impacientes (en forma señalada míster Trump, que si bien ya aceptó irse a su casa, también declaró que la vacuna es un éxito histórico de su administración), pues prefieren correr el riesgo de fallos en la vacuna a seguir prolongando la incertidumbre. Fallos los habrá, porque las vacunas nunca son cien por ciento efectivas. Con un porcentaje de efectividad, digamos, del 80 por ciento, significa que dos de cada diez vacunados se va a enfermar, pero ese par de casos serán utilizados por la prensa amarillista para asegurar que la vacuna no sirve.

(Entre paréntesis, he oído a mucha gente comentar que están dispuestos a ponerse una vacuna americana o europea, como Astra-Zeneca o Pfizer, pero ni locos se pondría la rusa y la china, que pudieran ser a las que México tenga mayor acceso. Es obvio que se trata de un prejuicio pues todas las vacunas, antes de entrar al mercado, van a pasar por los protocolos de la OMS, que suele ser muy estricta antes de respaldar un medicamento. Con ese aval, uno podría tener una cautelosa confianza en dejarse inyectar la dosis china o rusa, aunque es inevitable que en algunos casos falle, como también fallarán las americanas y las europeas. Sin embargo, podemos estar seguros que los prejuicios prevalecerán, y que oiremos muchas historias de que la vacuna rusa o la china no sirven, y aún peor, de que provocan la enfermedad).

Más o menos así veo el principio del túnel, aunque no puedo ni vislumbrar el final. Pero tengo la sospecha de que el trayecto será aburrido y de que, como noticia, el coronavirus ha dejado de interesar. Tras este pico, que es muy probable que sea el peor (si este bicho se comporta parecido a la influenza de 1918, que para todos los expertos es patrón de referencia), si la vacuna se empieza a repartir a escala global (aunque haya fallos), si los gobiernos persisten en mantener andando las economías (aunque haya muertos), el bicho pasará a las páginas interiores de los diarios y desaparecerá de los noticieros.

Ya no habrá picos, ya no habrá confinamientos, ya no habrá debate, y como consecuencia lógica, ya no habrá Diario. No tengo la fecha exacta de cuándo sucederá esto último, pues me quiero esperar al menos a que termine el año 2020 (el año del 50 Aniversario, pero también el año aciago de la peste, de los huracanes y de los asaltos a Palacio), o quizás a que el primer cancunense reciba su vacuna, que sería una manera simbólica de afirmar que la pesadilla ha terminado.

Ya veremos. Por lo pronto, para dejar constancia de que las peripecias del bicho no nos conmueven y que pronto sus excesos serán historia, vamos a tratar temas más agradables.

 

La vida sigue

Por méritos propios, tras años y años de talacha intelectual, Lorena Careaga se ha convertido en una autoridad indiscutida en la minuciosa tarea de construir la historia de Quintana Roo. Buceando en archivos y bibliotecas, no solo ha rescatado documentos fundamentales para entender el pasado de este rincón patrio, sino que ha aportado una versión fresca y lúcida de la génesis del territorio al término de la Guerra de Castas, alejada de los dogmas que tiñen la historia oficial.

Otro logro mayor en su recorrido académico ha consistido en el rescate de los testimonios de numerosos viajeros (exploradores, científicos, arqueólogos, botánicos, soldados, funcionarios, y hasta simples aventureros), que recorrieron la Península de Yucatán en el siglo XIX, retratando un país lleno de contrastes, cuna de la enigmática civilización maya por un lado, mezcla de razas y choque de culturas por el otro, el alucinante escenario de un colonialismo salvaje y despiadado, con episodios tan trágicos como la guerra civil y tan chuscos como la separación de México.

Siguiendo los pasos del investigador tradicional, Lorena ha publicado una decena de libros indispensables, lectura obligada para quien pretenda conocer la historia de la Península y de su porción oriental, el Caribe mexicano, pero con una óptica moderna y desenfadada, sabiendo que las letras llegan a un público por fuerza limitado, no ha tenido empacho en recurrir a otras herramientas de difusión, en forma señalada la radio, donde sus breves cápsulas alcanzan un auditorio masivo.

Con ese encomiable bagaje, Lorena Careaga presentó el jueves pasado su trabajo de ingreso a la Sociedad Andrés Quintana Roo, la filial local de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, un venerable membrete que se ostenta como la primera institución científica y literaria de América, pues fue fundada en 1833 por uno de los pocos presidentes humanistas que ha tenido México, Valentín Gómez Farías, lo que significa que tiene 187 años en funciones.

Careaga escogió un tema que para nada le es ajeno, pues su ensayo se intitula El arte de viajar y la pasión por descubrir. El texto inicia con algunas reflexiones sobre el impulso de viajar y la impaciencia que muestran algunos espíritus por desplazarse, por estar en movimiento. Muy pronto, el lector descubre que si bien los viajeros mudan de paisaje, el cambio más importante es interior: renuevan sus ideas, aprenden de lo ajeno, aceptan lo otro como válido, y eventualmente, como propio.

Viajar, decía el escritor norteamericano Mark Twain, “es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”.

Todo eso queda claro en el texto de Careaga, que revisa el impacto de viajes que no solo cambiaron a sus protagonistas, sino que de paso cambiaron al mundo: los de Heródoto, el padre de la historia; del primer geógrafo, Estrabón; de Marco Polo, el viajero por excelencia; de los exploradores Fernando de Magallanes y James Cook, que nos hicieron conscientes de las dimensiones del globo terráqueo; de los científicos Charles Darwin y el Barón de Humboldt, que se desplazaron a territorios insólitos para probar sus teorías; y de otras docenas de viajeros como Hernán Cortés, como Clark & Lewis, o como Alice Dixon, que a querer o no han modificado el curso de la historia, y también de nuestras vidas.

Lorena advierte que esas travesías siempre eran sufridas. Los viajeros nunca tenían las certezas más elementales: dónde iban a dormir, qué iban a comer. Vamos, ni siquiera sabían en dónde estaban. Pasaban calor y pasaban frío, sufrían hambre y sed, no lograban dormir bien, siempre estaban cansados y sucios. Extrañaban a la familia, a la cual no veían en años, y a su país, con el cual perdían toda comunicación. Se movían en barco, en carreta, a caballo, en mula, siempre caminaban. A veces eran recibidos con hostilidad, incluso con violencia. No era raro enfermar o lastimarse, tampoco morir en el intento. Lo más significativo era el retorno: muchos extrañaban esa vida infame, no le encontraban gusto a quedarse quietos.

Sin descalificarlos, Careaga afirma que tales viajeros no tienen nada que ver con los turistas modernos, que no tienen que preocuparse de nada (salvo de pagar la cuenta), y que tampoco se ocupan en nada: no conocen, no investigan, no aprenden. Aparte de tomar un avión, esos viajes no implican ningún cambio: ni de idioma (todo en inglés), ni de menú (garantizada la comida chatarra), ni de cultura (oyen la misma música, ven la misma TV), ya no digamos de ideas y de conceptos. El auténtico viajero, concluye Careaga, aprende primero (escribe notas, toma fotos, intenta captar), y luego transmite, comparte su experiencia.

En resumen, un ensayo provocativo y filoso, que sin duda merece el homenaje de ser impreso, pues disecciona con el bisturí de la historia la moda contemporánea de saltar de aquí para allá, de acumular sellos en el pasaporte, de recorrer a todo galope dos países por día, y de regresar a casa exactamente con las mismas certezas, sin haberse enterado de nada. Nada más lejos del concepto establecido hace unos ocho mil años por el filósofo chino Lao-Tse, quien aseveró: “El buen viajero no tiene planes fijos ni tampoco la intención de llegar a ningún lado.”

 

Recuento de daños

Fundada en 2011, la Sinfónica de Cancún tuvo en 2020 el año más complicado de su historia. A raíz del Covid-19, no solo tuvo que suspender su temporada regular de conciertos (que apenas alcanzó una solitaria función en febrero, antes de la contingencia), sino que se vio ante el desastroso panorama de que todos sus integrantes se quedaron sin empleo y sin ingresos, y que esa lamentable situación se prolongara por muchos meses.

La Sinfónica, hay que decirlo, es resultado de una generosa iniciativa de una decena de empresarios, que dedican tiempo y destinan recursos para que Cancún tenga buena música. Igual de generosos son los músicos, casi sin excepción trabajadores eventuales de los hoteles, donde tocan en los lobby-bar, en las bodas, en los banquetes y un largo etcétera. Esa fuente de trabajo, que hace un año parecía segura y fue el imán que los trajo a Cancún, enmascara el hecho de que todos los músicos de la Sinfónica son egresados de conservatorio, con licenciaturas y maestrías en una gran cantidad de instrumentos y disciplinas.

Como en Cancún no hay conservatorio ni escuela de música, no es de extrañar que vengan de otras latitudes. Hubo momentos en que tocaban sobre el escenario más de diez nacionalidades distintas, lo cual incluía pasaportes de Armenia, de Ucrania, de Rusia, de Cuba y de Canadá. Un grupo muy cosmopolita y sofisticado, que desde luego extraña a mares el ambiente refinado de la música seria y que está dispuesto a tocar en la Sinfónica (y a estar puntual en los ensayos, que requieren varios días), a cambio de un honorario simbólico.

Sin embargo, el sueldo eventual y el honorario simbólico desaparecieron con el Covid-19, lo mismo que otras ayudas que siempre se tienen en el accidentado oficio de ser músico, como las clases particulares y los palomazos. Desde marzo, los músicos de la Sinfónica no tienen ingresos (algunos van recuperando lentamente su chamba), y han sobrevivido en condiciones críticas, con la ayuda solidaria de los amigos, de los vecinos y de los integrantes del Patronato (la Sinfónica de Cancún, también hay que decirlo, jamás ha recibido subsidio de las autoridades).

La buena noticia es que la sequía ha terminado. El próximo sábado a las 8 de la noche, en la explanada de Puerto Cancún (dentro del centro comercial), la Sinfónica ofrecerá un concierto para celebrar el 50 Aniversario de la fundación de Cancún, con un programa de lo más accesible: las Cuatro estaciones de Vivaldi y el tercer Concierto de Brandenburgo, de Juan Sebastián Bach. Como seguimos en pandemia, tan solo habrá 150 localidades (al aire libre y con sana distancia), cuyo importe tiene la calidad de una terapia de primeros auxilios, pues apenas alcanza para cubrir el magro honorario de la orquesta.

Pero la recompensa será triple: oír buena música, apoyar a los músicos (que de verdad lo necesitan), y celebrar por todo lo alto los primeros 50 años de nuestra querida ciudad. Allá nos vemos.

 

 

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