Los incrédulos de la vacuna

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Los incrédulos de la vacuna

 

  • La vacuna contra el Covid-19 pronto estará lista, pero la mala noticia es que ahora hay que convencer a la gente que se la aplique.
FERNANDO MARTÍ / CRONISTA DE LA CIUDAD

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / La fotografía de la ciudadana inglesa Margaret Keenan, de 90 años de edad, recibiendo la primera dosis de la vacuna contra el Covid-19, ocupó muchos titulares en periódicos y noticieros.

Detrás del pinchazo hay un claro ejemplo de cooperación a nivel global, pues el laboratorio que la produjo es americano (Pfizer), su socio en este proyecto es alemán (BioNTech), y el país que primero la aprobó fue Inglaterra, que no pudo autorizar antes, como deseaba hacerlo Boris Jonhson, la versión de la farmacéutica británica Astra-Zeneca y la Universidad de Oxford.

Con esa noticia, más el anuncio de que están listas 50 millones de dosis, más la inminencia de la vacuna rusa (Spuntik V, que según algunas versiones ya empezó a ser aplicada) y la vacuna china (la de Cansino Biologics, porque hay varias), más las compras masivas del fármaco anunciadas por el gobierno de Andrés Manuel, es válido suponer que para Navidad podremos ver en México algo parecido a la luz al final del túnel… pero la mala noticia es que estamos hablando de una Navidad aún distante y difusa, la del 2021, y no la que de algún modo vamos a festejar dentro de dos semanas.

Los números al respecto no dejan mentir. Si todo sale como lo planeó Marcelo Ebrard, el secretario multiusos, México recibirá 250 mil dosis de la vacuna en diciembre, que serán íntegramente destinadas al personal médico que está en la línea frontal de combate contra el bicho (más alguno que otro influyente que se apunte vía charolazo). Luego vendrá un millón más en enero, otro en febrero, y 12 millones en marzo, con lo cual pueden inocularse casi todos los 16.2 millones de mexicanos que tienen 60 años o más, que se supone son los primeros de la lista en recibir la vacuna.

Para que eso suceda, desde luego, es necesario que los mayores de 60 años estén dispuestos a dejarse aplicar la vacuna. No está claro que esto sea sí. Una encuesta efectuada por el periódico El Financiero reveló que el 55 por ciento (¡!) de mexicanos de la tercera edad, quienes son los más expuestos a enfermar gravemente, han decidido ‘esperar’ a ver los resultados de la vacuna en otros compatriotas, antes de dar su brazo a torcer, o en este caso, a picar.

Esa cautela, que en alguna medida se explica por los titubeos y las mentiras del gobierno, puede complicar en extremo el camino que lleva a la inmunidad de rebaño. Está claro que la vacuna va a tener fallos, como los tiene cualquier vacuna. Estimando un porcentaje de eficacia del 70 por ciento, eso supone que tres de cada diez vacunados van a enfermar, y en algunos casos, a morir. No es difícil imaginar que la prensa amarillista y radio pasillo interpreten esas muertes como una prueba irrefutable de que la vacuna no sirve, o aún peor, que enferma a quien se la pone.

Como sea, sin contar con la tarea de persuadir a los remisos y a los rejegos, la distribución y aplicación de tantos millones de vacunas se antoja un desafío formidable. En otra de sus cuentas alegres, el gobierno de López declaró que para diciembre del 2021 piensa tener vacunada al 75 por ciento de la población, lo cual en números gruesos significa cien millones de mexicanos.

Eso cuadra bastante bien con el número de vacunas que ha adquirido México como país, que anda por los 116 millones. El reto evidente es que la gente se la deje poner, pues todavía existe un robusto 21% de la población (según las encuestas, que fallan más que las vacunas), que asegura que el virus no existe, o que no es letal, o que a los jóvenes no les pega, o que todo consiste en una conspiración del gobierno para controlar nuestras vidas (esa conspiración sí que existe, pero es ajena al bicho).

En el mejor de los casos, nos espera otro año de cubrebocas, de sana distancia, de home office, de encierros parciales y de cero viajes (o muy pocos). En el peor escenario, la pandemia podría mostrar su cara más fea en los meses de enero y febrero, que ya están a tiro de piedra. Los contagios se han disparado nuevamente, provocando lo que tanto temía el gobierno, o sea, la saturación de los hospitales. Noche a noche, los noticieros nos muestran las imágenes de la infame peregrinación para conseguir una cama Covid en la Ciudad de México, pero la ruleta del riesgo máximo se encuentra en operación y, si ayer afectó a Chihuahua y Durango, hoy apunta a Zacatecas y Baja California Sur, y mañana podría estar en cualquier parte, incluyendo Quintana Roo. El dantesco espectáculo de los enfermos agonizando en los pasillos, sin acceso a respirador, o los ataúdes apilados a la vera de las fosas comunes, no puede ser descartado, sobre todo en los países periféricos como Brasil, como la India, como México, que no han logrado reducir los índices de letalidad.

¡Vaya paradoja! En el mismo instante en que respiramos aliviados porque llegó la vacuna redentora, podríamos estar cruzando el umbral de un nuevo apocalipsis. Es sin duda otra dura lección de este infame microbio, que ha dejado al descubierto los peores defectos de la humanidad, experiencia de la cual, por desgracia, parece que no aprendimos nada.

 

Recuento de daños

Antes de empezar este segmento, voy a hacer una declaración de parte: no encuentro nada más aburrido que los comentaristas políticos de la prensa nacional. Me da una pereza infinita ver Tercer Grado, me duermo sin remedio si pongo La Hora de Opinar, y bostezo con las mesas redondas que arman López-Dóriga, Óscar Mario Beteta o cualquier otro.

La razón: ya sé lo que van a decir, porque todos dicen lo mismo. Jamás hacen investigación, nunca aportan datos novedosos (todos los sacan de los periódicos, y en su mayoría, son datos que suelta el propio gobierno), y se contentan con darle como piñata a López Obrador, haciendo gala de un valor civil que jamás mostraron en su carrera previa, ya fuera por temor a la censura, ya fuera porque estaban bien maiceados.

El colmo, a mi juicio, es que opinan de todo, lo mismo de política que de economía, o de comercio internacional, o de petróleo, o del Papa, o de Trump, o del Cruz Azul, o del Checo Pérez, casi siempre con lugares comunes y frases hechas, que lo único que revelan es su descomunal resistencia por investigar el tema antes de abrir la boca.

Dicho todo lo anterior, me voy a permitir caer en el mismo juego, emitiendo una opinión de la anunciada alianza PAN-PRI-PRD, que creo es el último clavo que le faltaba al ataúd de la democracia mexicana. La mayoría de los analistas aseguran que el gran ganador fue el PRD, que se quedará con 44 de las 158 candidaturas aliancistas, cuando su fuerza electoral es raquítica: un gobernador, cuatro senadores, siete diputados.

Yo no veo ganadores, pero sí percibo un claro perdedor: la derecha. Y, dentro de esa opción política, su representante histórico: el PAN. En lo personal, las posturas de la derecha mexicana me disgustan, y en algunos casos me repugnan, por su defensa abierta de causas retrógradas, sobre todo en temas de sexualidad, de igualdad de género, de contubernio con la Iglesia Católica, y por supuesto, su complicidad a ultranza con el capital que dice crear empleos, pero más bien fabrica pobres.

Pero también creo que México necesita una derecha sólida, simple y sencillamente porque la mitad del país es conservador y desconfía de las causas liberales.

Pues bien, Marko Cortés y sus secuaces han cancelado esa posibilidad, aliando lo que quedaba del PAN con dos auténticos lastres políticos, su archirrival histórico, el PRI, y su antítesis ideológica, el PRD. Ambos manejan un confuso ideario, lleno de palabrería hueca (institucional anacrónico uno, marxistoide demagógico el otro), con estructuras anquilosadas y corruptas, sin ninguna clase de oferta diferente, que los tenía y los tiene al borde del sepulcro.

El PAN ha llegado al rescate porque el PAN, con todo y sus broncas internas (la camarilla de Anaya, los pleitos con Felipe Calderón, la inconsistencia de sus gobernadores), es la única oposición real a Andrés Manuel. Obvio, no le van a ganar la elección del 2021, pero sí podían consolidar una opción real a futuro, en cuatro años (cuando dizque se va AMLO), o en diez (al sexenio siguiente), o en veinte o treinta, los que sean necesarios para que la propuesta de López Obrador se agote y la gente se hastíe de su mesías.

Además, el PAN es experto en esperar: fundado en 1939, fue oposición 61 años consecutivos, hasta que Vicente Fox los llevó a la presidencia (se asumían tanto como oposición, que muchos de ellos se sintieron incómodos siendo gobierno).

Yendo del brazo con tricolores y amarillos, el partido azul no sólo traiciona sus orígenes, sino que se descara como una agrupación electorera (y oportunista). Hay quienes apoyan la marometa alegando que busca un fin superior, que no es otro que restarle algo de poder a López Obrador, o sea, quitarle la mayoría en el Congreso, pero esa estrategia ignora una cruda realidad: desde hace un par de décadas, las mayorías legislativas en México se construyen a base de dinero.

Una cantidad escandalosa de diputados son mercenarios que ofrecen sus servicios al mejor postor (una política que el Partido Verde convirtió en práctica parlamentaria, pero luego la adoptaron todos los demás), y tasan sin el menor pudor el valor de su voto. En el caso del PAN, basta recordar el episodio de Baja California, donde los blanquiazules estiraron a cinco años el mandato del gobernador morenista, en una maniobra tan chueca que la Suprema Corte tuvo que meter reversa. De triunfar la alianza, lo único que va a lograr es encarecer el precio por levantar la mano, pero Morena seguirá ejerciendo el control en la Cámara, así sea a base de billetazos.

Hace más o menos un siglo, el más pícaro de los presidentes mexicanos, Álvaro Obregón, dijo que no había general que aguatara un cañonazo de 50 mil pesos. Puede que hayan aumentado un poco los precios, pero los legisladores mexicanos suelen ratificar con demasiada frecuencia la sabiduría del sonorense.

 

La vida sigue

Entre la pandemia, los huracanes y los balazos en Palacio, 2020 fue en verdad un año accidentado. Una víctima colateral de tanto estropicio fueron los festejos por el 50 Aniversario de la ciudad, la mayoría de los cuales tuvieron que ser, o bien cancelados (como el magno concierto popular que se planeaba hacer en Malecón Tajamar), o bien postergados, porque se pensaron para abril y el confinamiento los dejó en el limbo.

Prueba concluyente de las ganas ciudadanas de no dejar pasar tan significativa efeméride, la cuestión es que en diciembre —aprovechando el semáforo amarillo— aún se siguen armando festejos cuyo motivo principalísimo es celebrar ese medio siglo de vida. Como ejemplo, apenas el sábado anterior la Orquesta Sinfónica de Cancún ofreció su concierto de 50 Aniversario, que tuvo que ser al aire libre para evitar la cercanía física (en la explanada de Puerto Cancún), que tuvo que ser con una orquesta de cuerdas (porque la compañía entera no cabía), y que tuvo un programa de piezas cortas y populares (Bach y Vivaldi), pero dejó a todo los asistentes extasiados y satisfechos (incluyendo a los clientes del centro comercial, que convirtieron en palcos los pasillos de los pisos superiores).

En esa misma categoría, la intención de dejar constancia, hay que inscribir la presentación del libro Cancún 50 Años. Una versión cartográfica, obra de Ricardo López Rivera (quien formalmente se desempeña como director del Instituto Geográfico y Catastral del Estado), cuya presentación en petit comité se anuncia para el día de mañana, pero que sin duda merece una difusión mayor.

La idea original del libro es a todas luces novedosa: reconstruir la historia de la ciudad con base en mapas, utilizando para ello los numerosos bocetos, croquis, trazos y planos que sirvieron de base para el crecimiento de la mancha urbana, elaborados en su momento por toda clase de autoridades (Fonatur, el estado, el municipio), e incluso por contratistas privados. Buscando una óptica diversa, López Rivera se pasó varios años buceando en los archivos muertos de varias instituciones, incluyendo la dependencia para la cual trabaja, rescatando papeles tan viejos como valiosos que ya estaban en el olvido.

En su labor de investigación, López Rivera encontró dos acervos adicionales. Primero, una buena cantidad de mapas que pertenecen a la prehistoria de la ciudad, lo mismo de la época colonial que de los siglos XIX y XX, todos anteriores a la fundación, que ilustran la desolación y el aislamiento de este rincón de México antes del arranque del centro turístico.

Y segundo, una cantidad importante de fotografías, también sepultadas en el fondo de los archivos, en muchos casos inéditas, que vienen a enriquecer el acervo de nuestras primeras décadas de vida.

El resultado es un libro memorable, que sin titubeos recomiendo tratar de adquirir. Ese puede ser un problema, pues se trata de una edición oficial (no comercial), financiada íntegramente por el gobierno del estado, con un tiraje muy limitado. No es extraño que así sea, pues además de las apreturas presupuestales por la pandemia, el libro es de tamaño monumental, demasiado grande para cualquier librero, pues ese es el formato que requiere el despliegue de los mapas y los croquis, que de menor tamaño resultarían ilegibles.

Fuera de ese inconveniente, la versión cartográfica de López Rivera, condimentada con unas 150 fotografías, será un buen acompañante para disfrutar los últimos días de este año aciago, que sin duda nos dejó con ganas de fiesta, pero que podemos compensar con este fascinante recorrido por la evolución de una ciudad cuyo perfil se definió —antes que en cualquier otra parte— en los restiradores de los urbanistas.

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