Se viene una Navidad ‘covidiana’

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Se viene una Navidad covidiana

 

  • Pese a la incómoda presencia del bicho, habrá festejos de Navidad en una atmósfera que parece de renacimiento.
FERNANDO MARTÍ / CRONISTA DE LA CIUDAD

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / El pronóstico se hizo realidad: la Navidad va a coincidir en México (y en muchos países americanos) con el pico de la pandemia, aunque este pico puede ser fugaz: los expertos prevén que las cifras de enero podrían rebasar las de diciembre, y que la crisis puede mantenerse en el cénit durante febrero y marzo, con tendencia a mantener números altos hasta mediados del año.

Abona a este sombrío vaticinio la visión de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que hace unos días declaró que no se puede comparar México con lo que sucede en Europa, porque aquí la curva, más allá de los dichos de Andrés Manuel y los diretes de López-Gatell, nunca se aplanó. Hay regiones que tienden a la estabilidad (Quintana Roo, por ejemplo), otras que van en franco aumento (Sonora y el Bajío), y algunas donde los contagios se dispararon (Ciudad de México y área conurbada, más Baja California), pero el país en general está reportando —en casi todas partes— más infectados y más decesos.

Parte de la responsabilidad debe adjudicarse a la Virgen de Guadalupe y a Santa Claus, que atrajeron oleadas de fieles creyentes, en el primer caso, y de consumidores compulsivos, en el otro, pese a las advertencias de que las aglomeraciones son el caldo de cultivo ideal para el bicho. No lo serán menos la Navidad y las fiestas de Año Nuevo, donde la gente, hay que decirlo, se está organizado para brindar con el mismo entusiasmo que en años anteriores.

No deja de resultar conmovedor preguntar a los amigos qué planes tienen para la noche de Navidad, enterarte que van a cenar “en familia”, y luego descubrir que “en familia” significa hijos y nietos, más la parentela asociada (yernos y nueras), más algún colado (tío o sobrino), y que la lista de asistencia está conformada por veinte o más personas.

En Cancún, y por extensión en el Caribe mexicano, todo indica que reinará un ambiente festivo, como a Navidad. El semáforo nacional nos tiene en naranja (que significa actividades esenciales), pero el estatal nos indica amarillo (todos los negocios abiertos, con algunas restricciones), una clara concesión a la industria turística para que pueda reponer en diciembre sus maltrechas finanzas. La ocupación proyectada en la plaza es de 70 por ciento, pero esa cifra es quimérica: muchos hoteles operarán al cien por ciento, y las medidas sanitarias se ajustarán al viejo adagio de los tiempos de la Revolución: se acatan, pero no se cumplen.

Ya sucede eso en antros y restaurantes, que tienen varias semanas operando a full, como dicen los chavos. En los noticieros de la televisión suelen difundirse escenas de fiestas clandestinas en otras latitudes, pero aquí el reventón está a la vista de todos: basta darse una vuelta por la zona de discotecas, donde los bares a cielo abierto están atestados de alegres y despreocupados tertulianos.

Lógico, va a ser un contagiadero. Tal vez no lo reflejen las estadísticas, porque los turistas que se infecten tendrán los primeros síntomas cuando estén de regreso en casa, pero los contagios alcanzarán por fuerza a los locales, de modo que es imposible descartar que nuestro semáforo eventualmente cambie de color y más depues de esta Navidad.

Llevamos nueve meses de pandemia, con muchas semanas de encierro y la vida por completo trastocada, con la boca cubierta por un trapo que nos impide hablar, con las ganas contenidas de abrazar en esta Navidad a quienes amamos, con las manos todo el tiempo embarradas por geles grasosos, sin vida social, sin viajes, y en muchos casos, sin ingresos o con ingresos menguados, con el presente complicado y el futuro incierto. Estamos hartos del bicho, de las estadísticas, de las advertencias, del quédate en casa y de la sana distancia, y en estas condiciones vamos a celebrar la Navidad.

Pues bien, todo indica que esta Navidad habrá pocas precauciones, y muchos besos y abrazos que en esta ocasión tendrán un sabor diferente, pues lo que vamos a celebrar, antes que cualquier cosa, es el hecho extraordinario y milagroso de seguir con vida.

Recuento de daños

Tengo una historia de Navidad que contar, pero como todo en este aciago año del 2020, no tiene un final feliz (todavía). Resulta que el viernes pasado (18 de diciembre, la tercera posada), en plena de luz del día, con gente adentro de la casa, un ladrón forzó una ventana de mi domicilio, se metió muy confiado hasta una recámara habilitada como estudio, sustrajo una computadora lap top que estaba a la vista y se la llevó con rumbo desconocido, junto con varios cientos de documentos relativos a la historia de la ciudad.

Los hechos ocurrieron de la siguiente manera. 16:45 (aproximadamente): regreso a mi casa proveniente de la oficina, donde me entretuve con los últimos pendientes del año. En forma automática, desactivo el sistema de alarma, que se pone en funcionamiento con cualquier apertura de puerta o ventana, emitiendo un ruido infernal que se escucha a una cuadra de distancia. Como mi mujer no ha llegado, me dirijo al estudio, donde trato de avanzar en la redacción de este Diario del Coronavirus (en lap top, por supuesto).

17:05 (también aproximadamente): llega mi mujer, Gabriela, también atorada en las compras que hace en Navidad. Anuncia que compró comida china, que me avisará en cuanto esté servida. Yo sigo en la redacción de mi texto.

17:25 (casi con certeza): dejo el estudio y voy al comedor. Abro un par de cervezas y nos sentamos a comer. Un asistente doméstico, Geovany (así lo escribe él), anda por ahí acomodando cosas. En un momento impreciso anuncia que sacará a pasear al perro (qué digo perro, es el príncipe de la casa), Lucas. Nosotros le pegamos a los fideos chinos y al pollo cantonés, hablando de trivialidades decembrinas: las plazas llenas, las tiendas vacías, las canastas que llegaron y las que no llegaron, un viaje obligado que tenemos en Nochebuena.

17:41: se oye con toda claridad como se cierra la puerta principal, pero no le prestamos importancia. Quién puede ser, pregunta Gabriela. Yo ni contesto, asumo sin dudarlo que será Geovany. Terminamos, recogemos la mesa, me sirvo un vaso de agua mineral y regreso al estudio.

17:50 (otra vez aproximadamente): me extraña no ver la computadora donde la dejé. Me encamino de nuevo a la cocina, pienso extrañado que tal vez Geovany la guardó (nunca lo hace), pero al pasar por el cuarto de TV veo que la ventana está abierta y el mosquitero roto, revoloteando con la suave brisa. Salgo volando a la calle y encuentro que regresa Geovany, muy quitado de la pena, tras pasear a Su Alteza. Juntos le damos una vuelta a la manzana, nada más por no dejar, pues es obvio que en esos momentos mis archivos históricos se encuentran muy lejos de la escena del crimen.

18:15: Gabriela llama a los servicios de alarma, que tienen instaladas cámaras de vigilancia en puntos estratégicos. El técnico llega media hora después, manipula la consola y descubre que dos cámaras filmaron el atraco. Revisa varios minutos hacia atrás, reconstruye los hechos, los edita y nos entrega una memoria electrónica (usb) que muestra con toda claridad el allanamiento y el robo.

19:10: asombrados, indignados, perturbados, vemos el video una y otra vez. El tipo, con aspecto de cuarentón, se deja ver por primera vez a las 17:34 (hora exacta, la del video de filmación). Se aproxima a la ventana, rasga el mosquitero, rompe (o fuerza) la cerradura, la abre (es corrediza), pero escucha un ruido (tal vez Geovany, que sale por otra puerta con Lucas), así que se regresa por donde vino. Vuelve a aparecer a las 17:38 y ya no pierde tiempo: se mete a la sala de TV, sin pensarlo se dirige al estudio (ni siquiera se molesta en mirar si ahí hay algo que valga la pena), mete la lap top en una bolsa de plástico (tipo súper), y abandona la casa por la puerta principal, sin preocuparse del chasquido que hace al cerrarse (el ruido que escuchamos). Tampoco se preocupó en cubrirse el rostro (llevaba una gorra beisbolera, que se ponía y se quitaba), incluso vestía en forma llamativa, con bermudas cargo y una camisa a rayas.

En la mano traía un arma cubierta, tal vez un cuchillo largo, con el cual forzó la cerradura. Se movió con rapidez, sin titubeos, sin cometer errores (a menos que se piense que es un error dejarse filmar, pero creo que eso lo tiene sin cuidado). En resumen, el trabajo de un profesional, con oficio calificado de ladrón, que debe ejercitar su modus operandi en forma cotidiana.

20:50: por recomendación del Ayuntamiento, acudo a la Fiscalía de la zona hotelera a hacer la denuncia (en el kilómetro 12.5, junto a Bomberos). Tengo mala suerte: están en su posada navideña, que celebran en un restaurante cercano, pero un par de agentes femeninas hacen pausa para atendernos. La escena es algo kafkiana, pues las licenciadas están vestidas de fiesta, enfundadas en vestidos coquetos, maquilladas en exceso, recargadas de bisutería, y con ese atuendo levantan el acta policiaca y me piden la reconstrucción de hechos. Se portan a la altura: jamás hacen un mohín de desagrado o hastío, son en extremo amables y sonrientes, incluso hacen cita con el agente de la Policía Ministerial (el detective del caso, digamos), a quien debemos entregar la copia de los videos.

Eso ya no sucede el viernes, sino el sábado. Otra vez una atención correcta, paciencia para oír los detalles del caso, diligencia para llenar los formularios. El agente policía que me atiende observa los videos, le resulta sospechoso el aplomo del delincuente. ¿No lo conoce?, pregunta. Tal vez alguien que le hizo un trabajo, o un empleado doméstico de otra casa, o alguien que está enojado con usted. Veo el video por enésima vez, buscando el semblante en la memoria. No hay caso: tal vez lo conozco, pero no lo reconozco, no tengo la más mínima idea quién es el secuestrador (supongo que involuntario) de la historia de la ciudad.

Esa es la pérdida mayor. No quiero decir que no me importe la lap top, una Mac Book Air que se había convertido desde que la compré, hace siete años, en una especie de oficina móvil. Adentro tengo casi todos los libros que escribí (media docena) y que edité (unos quince, casi todos de crónicas ajenas), las columnas que publiqué en los periódicos (desde Dominguillo y El Espantapájaros, hasta las Cartas de alcoba y el Diario del Coronavirus), los archivos de la Sociedad Andrés Quintana Roo y la Biblioteca Nacional de la Crónica, más las dos mil fotografías que fueron la base para editar el álbum Cancún 50 Años de Vida.

Casi todo ese material, creo yo, lo puedo recuperar, aunque va a requerir semanas y meses de esfuerzo duplicado. Por ahí debe estar arrumbado en correos electrónicos que mandé o recibí, en los discos duros de los diseñadores, en algunos respaldos que hice en forma precautoria, y en el caso de las fotografías tengo casi todos los originales que pueden volver a escanearse. Pero en ese mundo de información hay muchas cosas que no recuerdo, archivos que no tenían copia, cartas y documentos cuya existencia se me escapa, correspondencia que es imposible reconstruir.

Eso se perdió para siempre, lo mismo que mi lap top. Con todo y su gentileza, cuestionados de manera directa, los agentes ministeriales aceptaron que es casi imposible recuperar con éxito esos aparatos, que los ladrones los llevan a las casas de empeño (que son cientos, muchas informales, sin registro), que ahí les dan una bicoca (mil pesos, si acaso un poco más), pero lo peor del caso es que las resetean, es decir, les borran toda la información que tienen para poder venderlas otra vez. Adiós, historia de Cancún. Vas a ser erradicada del disco duro para que unos fierros viejos valgan mil pesos (tal vez un poco más) en el mercado de lo robado.

Un final triste, porque no creo que haya un siguiente capítulo, aunque las agentes ministeriales dicen que puede ser, que a lo mejor me toca un detective diligente y enjundioso que se lo toma personal, y en una de esas encuentra al malandrín. Lo dudo mucho. Mas bien estoy convencido de que la Policía está coludida con los compradores y vendedores de robado, que sí la podrían encontrar, pero no lo van a hacer y que mi denuncia pasará a formar parte de una estadística aplastante: el 93 por ciento de los robos en Quintana Roo no se denuncian, y de los que sí se denuncian, 91 por ciento no se resuelven.

Seguiremos informando…

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