Wayeb político: Quintana Roo, identidad histórica ausente

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Quintana Roo

 

ÉDGAR FÉLIX

Quintana Roo es una tierra de migrantes, una mescolanza atroz de identidades, calós babilónicos de toda la República, costumbres y una amalgama sin forma ni fondo ni rumbo en muchos de quienes llegamos hace algunos meses o años a este lugar. Más del 80 por ciento de quienes poblamos esta entidad nos sentimos de la tierra donde nacimos, sin las raíces quintanarroenses, muy humano y normal. Hasta en la comida lo notamos. Nunca hay un platillo de aquí, porque todo proviene de fuera, o es típico de Yucatán, o de alguna otra entidad o, peor aún, de algún otro país, pero nunca de aquí.

Esa falta de identidad histórica podría ser hasta cierto punto normal porque es una entidad muy joven con ciudades todavía en ciernes pero esa ausencia del orgullo quintanarroense es lesiva en muchos casos. Esa carencia histórica y poco fomento atrofia el amor y el respeto que debemos sentir por cuidar nuestro lugar, nuestra tierra, nuestro Quintana Roo. Hace poco le dije a un cancunense: “ahí te veo, en el Centro Histórico de Cancún”, y me vio como bicho raro. ¿Centro histórico? Pero si esta ciudad no tiene ni 51 años. Pues no, nos equivocamos, hay una historia antes de la fundación. Este lugar existía desde hace muchos años pero al parecer todo comenzó hace algunos años.

Por eso, no hay palabras para agradecerle a la norteamericana, mexicana y quintanarroense Jeanine Kitchel por ser una protagonista de la historia de esta tierra y por traernos una anécdota maravillosa descrita hace poco en la reciente publicación de su bitácora personal.

Escribe:

“El Cancún de hoy irradia lujo, destello y civilización. Cuando viajé allí por primera vez en la década de 1980, aunque no era la sofisticada ciudad turística que es hoy, no era un remanso. Tenía un Club Med, una elegante zona hotelera y en 1989 acogió el certamen de Miss Universo. En ese momento, Cancún, en el estado de Quintana Roo, no era muy conocido, pero sus claras aguas turquesas y sus playas de arena blanca servían como un telón de fondo atractivo para una audiencia mundial. Cancún estaba listo para su primer plano”.

Así lo conoció un enorme segmento de habitantes, pero lo más interesante es cuando cuenta la historia del francés Peissel. La gran aventura de este extranjero y el libro que escribe posteriormente el europeo es parte de esa historia que debemos conocer. Nos cuenta Kitchel, de quien recomiendo visite su blog en jeaninekitchel.blogspot.com:

“Hace sesenta años caminó (Peissel) por la tierra y consideró a Quintana Roo como la costa más salvaje del continente americano. Era una tierra inhóspita, sin leyes, sin gobierno, sin carreteras, accesible sólo por mar o a pie. Así lo descubrió Peissel en 1958 y quien entonces tenía la juventud de 21 años de edad. Fueron varias y extrañas circunstancias, pero el destino de Peissel lo llevó a caminar solo a través de espesos manglares y densas selvas desde el extremo norte de Quintana Roo hasta Belice. Al graduarse de Harvard en 1958, Peissel planeó un año sabático de seis meses en México antes de ingresar a la escuela de posgrado para una carrera empresarial pero de aquí ya jamás regresó a lo que era antes.

“Pasarían tres años antes de que Peissel hiciera un viaje de regreso y en ese tiempo descubrió que muchas cosas habían cambiado a lo largo de la costa de Quintana Roo. En 1974, Quintana Roo se convirtió en entidad y poco después el Consejo de Turismo de México concibió un proyecto para un centro  turístico planeado conocido como Cancún. Peissel regresó a Quintana Roo. Remaba y navegaba por la costa en una canoa maya. Después de su primera aventura en Quintana Roo, abandonó sus planes de convertirse en banquero y pasó a escribir quince libros y producir veinte documentales.

“A título personal, Peissel se puso en contacto conmigo después de que escribiera una reseña de la publicación Lost World de 1963, en el 2000, para el Miami Herald. La revisión llegó a Peissel en París; me localizó por correo electrónico y me lo agradeció. Mencionó que el libro estaba agotado y que si sabía de un editor que quisiera volver a publicarlo, se lo haría saber. Tenía pocos contactos editoriales, pero estaba emocionado de haber sido contactado por Peissel. Más tarde supe de su hermano Bernard que me explicó que había leído la reseña y se la había enviado a Michel. Permanecimos en contacto y fue Bernard quien me informó años después del fallecimiento de Michel.

“Viajé a París y como dueña expatriada de una librería en México, por casualidad conocí a George Whitman. Aunque separados por un océano, éramos almas gemelas: expatriados con librerías en suelo extranjero. Cuando le hablé de mi negocio, me preguntó Whitman en qué parte de México estaba. Le contesté que en Quintana Roo. Fue cuando la conversación se volvió realmente interesante. Quintana Roo? Quintana Roo! Caminé por Quintana Roo cuando era joven’, me dijo.

“-¿Has estado allí?

“-‘Oh sí, en los años treinta viajé por México. Mi visa se acabó y ayudé a construir un puente entre Chetumal y Belice para poner mis papeles en orden.

“’¿Ha leído El mundo perdido de Quintana Roo?’ Yo pregunté. — ¿Por Michel Peissel?

“Michel, por supuesto. Llegó a la librería cuando era estudiante en la Sorbona. A menudo hablábamos de mis viajes en Quintana Roo.

“Así que Peissel se había sumado a la verdadera aventura de la vida de Whitman. Whitman fue su revolucionario como Peissel fue el mío. Llegué al punto de partida, al encontrar un libro agotado en California que se convirtió en el corazón de mi deseo por México, inspirándome a viajar al sur y establecerme como expatriado en México. Para colmo, conocí accidentalmente a Whitman en París, quien conectó los puntos con Peissel. Aaah, la vida puede ser dulce.

“Aunque el libro está agotado, es posible encontrar copias a través de varios vendedores. Es una historia fascinante. Sube a bordo y prepárate para una fascinante aventura en sillón”.

Este es resumen muy sucinto de la anécdota contada por Kitchel, de Whitman, de Peissel, de aquel Quintana Roo fascinante, de esa tierra. Por eso, no podemos, no debemos, seguir con una historia ausente como si esta tierra se hubiera inventado hace apenas algunos años.

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