Descontrol total frente al Covid-19

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Descontrol total frente al Covid-19
  • Hay tantas versiones interesadas y mal intencionadas que, para la opinión pública, la pandemia de Covid-19 se ha vuelto un tema incomprensible.
FERNANDO MARTÍ / CRONISTA DE LA CIUDAD

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / El tema de la pandemia parece estar fuera de control. No me refiero a que los contagios y las muertes se hayan disparado en México (y en muchos países del mundo) ni tampoco al desastre que reina en la distribución de las vacunas (sobre todo en México), sino que quiero hablar del flagelo como un tema de opinión pública que, como tal, está sumido en el más grande de los desórdenes.

La pandemia está terrible, pero la gestión de la pandemia está aún peor, con las aportaciones contradictorias de un gobierno rebasado y aturdido, la conducta torpe e irreflexiva de la población, y los oportunistas que tratan de llevar agua a su molino, lo mismo por motivos económicos que políticos.

En este último apartado, creo que se lleva la palma el PAN, cuyo dirigente acudió a la Fiscalía a denunciar al subsecretario López-Gatell nada menos que por “homicidio culposo, lesiones, sabotaje, ejercicio ilícito de funciones y negligencia criminal”. Como esa acusación no va a prosperar, no es difícil deducir que la dirección del blanquiazul hizo un cálculo político siniestro y estimó que la maniobra le aportará algunos miles de votos en las próximas elecciones.

Pero esa artimaña está lejos de ser única en una atmósfera recargada de noticias incomprensibles, declaraciones contrapuestas, titubeos oficiales y una larga lista de rumores, lo mismo producto de la ignorancia que de la perversidad, que tienen a la ciudadanía sumida en la confusión y en el caos. Nada más en los últimos días tuvieron lugar los siguientes montajes:

• Frente a la jeja de gobierno de la CDMX, la secretaria local de Salud, Olivia López, aseguró que cuenta con estudios científicos que comprueban que la aplicación de ivermectina, un poderoso desinfectante con alto grado de toxicidad, es efectiva en el combate del Covid-19, descalificando las recomendaciones en contra de López-Gatell. Sin opinar quién tiene razón, que los principales responsables de la gestión sanitaria difieran en público no deja de ser patético.

• Las redes sociales y el Internet están saturadas de mensajes favorables a otro desinfectante común, el dióxido de cloro, avaladas por médicos que reportan porcentajes milagrosos de recuperación. Pese a que las autoridades lo han descalificado en todos los tonos, incluso clausurando clínicas donde se aplica el tratamiento, cientos de miles de ciudadanos poco prudentes han decidido correr el riesgo. En el fondo, no es más que un síntoma de la desconfianza generalizada hacia el discurso oficial.

• La doctora Laurie Ann Ximénez Fyvie, jefa del laboratorio de Genética Molecular de la UNAM, publicó un libro de denuncia que intituló “Un daño irreparable. La criminal gestión de la pandemia en México”, en cuya portada aparece la fotografía de un ofuscado Hugo López-Gatell (para que no quede dudas quién es el responsable). En entrevistas de prensa, la investigadora asegura que no se trata de un juicio, sino de un testimonio, pero el uso de la palabra criminal no deja lugar a dudas sobre la intención del texto. La editorial Grijalbo, a sabiendas de que se venderán muchos ejemplares, se arriesga con un tiraje de muchos miles de volúmenes, algo inaudito para la ópera prima de cualquier autor.

• Cuarenta y ocho horas después de que López-Gatell afirmara que los Estados y los particulares no podrían adquirir la vacuna (y hacer sus propias campañas de inoculación), López Obrador anuncia que se van a autorizar esas compras, pero sujetas a requisitos y procedimientos que no da a conocer. Es obvio que los gobernadores estaban en pie de guerra, dispuestos a irse por la libre si el gobierno federal no daba marcha atrás.

• Andrés Manuel asegura que para marzo estarán vacunados todos los adultos mayores del país, mas, para que eso suceda, tendrían que importarse millones de dosis de Sputnik V, la vacuna rusa que no ha publicado los protocolos de la fase 3. Aunque hay países que ya la están usando (notoriamente Argentina, cuyo presidente se dejó inyectar frente a las cámaras para animar a los escépticos), el temor de recibir el piquete con un fármaco que no ha sido aprobado por la OMS está más que justificado. En México, hay 14 millones de personas que tienen 65 años o más.

En medio de este desastre de comunicación, la pandemia ha dejado de ser un tema comprensible. Cualquier afirmación de cualquier autoridad (sea politica, sea sanitaria, sea académica), de inmediato es cuestionada y desmentida, con el claro objetivo es descalificar, no de ayudar. Hay en torno al flagelo una gritería ensordecedora, una cacofonía que impide acercarse a la verdad.

En este contexto, es probable que los días de López-Gatell estén contados. Ha dejado de ser un interlocutor eficaz en muchos frentes (los gobernadores, los medios de comunicación, la academia), y sus contradicciones le han restado toda credibilidad. Aunque Andrés Manuel presume de su propia terquedad, quizás muy pronto llegue a la conclusión de que requiere con urgencia otro pararrayos.

Recuento de daños

Ya siendo Félix González Canto gobernador electo de Quintana Roo, Edgar Villajuana me invitó a cenar japonés. Sin mayores preámbulos, fue directo al grano: estoy buscando la Secretaría de Turismo, me dijo, te pido que me ayudes. Más allá de la simpatía que sentía por él, le respondí que eso era imposible: mi mujer, Gaby Rodríguez, está buscando lo mismo, expliqué. Es muy buena candidata y se lo merece, haría un gran papel, opinó.

Días antes, Félix me había pedido que tratara de empujar el nombre de Gabriela en la terna que suele presentar el sector privado. Lo comenté con Edgar y, pocos días después —por boca de uno de los jerarcas del CCE— me enteré que sin descartar sus propias posibilidades, Villajuana había hablado maravillas de Gabriela. Esa generosidad, esa rectitud en su conducta fue ratificada en los hechos cuando Gaby obtuvo el cargo y Edgar, aunque advirtió que lo haría en forma transitoria, aceptó convertirse en subsecretario del ramo, un subsecretario de súper lujo que obviamente fortalecía el equipo.

Ese no fue el origen de mi relación con Villajuana, que se inició socialmente en la época de los años 90, en tertulias interminables que solían iniciar hablando de dos aficiones comunes, los viajes y los vinos. Era un trotamundos incansable, al grado que contrató para toda su familia un viaje alrededor del mundo, con no sé cuántas escalas, invirtiendo en ello todas las millas que había acumulado por años. En otra ocasión, estando en la Fitur de Madrid, tenía planes para escaparse a conocer Praga, pero con mucha facilidad se dejó convencer que era mejor plan dirigirse al puerto de Vigo, navegar hasta las inmensas bateas donde se cultivan los mejillones, darse un festín de mariscos en el fuedo de Loliña e ir a sobarle el dedo gordo a la estatua de Santiago Apóstol en la catedral de Compostela, una excursión que en cuestión de instantes improvisó el naviero Luis Reynoso.

Lo mismo sucedía con los vinos. Edgar era experto en sorprender a la mesa aportando etiquetas de lo más exóticas, de Australia, de Sudáfrica, de las regiones australes de Chile, de los valles de Oregon y de Washington, y su generosidad volvía a aflorar si te encantaba una marca, cuando mandaba a tu casa un par de botellas de su propia cava. Tampoco era remilgoso para ambientar las reuniones y no se hacía de rogar para exhibir sus dotes de tenor, entonando a todo pulmón los versos de la canción Y tú qué has hecho, trova cubana aunque parezca yucateca, mejor conocida por su estrofa inicial que reza “En el tronco de un árbol una niña…”.

En plan profesional lo traté mucho cuando fue designado director del Fonatur local, dada su estrecha relación con un amigo mutuo, John McCarthy. Aunque era funcionario público, nunca perdió la visión del empresario, pero su principal preocupación no eran los ceros de su cuenta bancaria, sino los aportes que hacía el sector privado a la comunidad. Con esa óptica, me animó a elaborar un proyecto editorial que rescatara el papel de los empresarios en la historia de Cancún, lo que dio origen a una revista que dirigí durante diez años, Latitud 21, de la cual fue socio fundador.

Por la información que manejaba, por su capacidad de síntesis, por su afición a analizar el fondo de las cosas, era una delicia escucharlo en las juntas de Consejo. Curioso, incisivo, provocador, sugería temas y personajes que parecían áridos, pero que se transformaban en reportajes ágiles y controvertidos. Muchas páginas y entrevistas de esa publicación provienen de sus sugerencias.

Con esa misma agudeza persuadió al Fonatur nacional de urbanizar una serie de súper manzanas para la clase media. Así resurgieron la 11, la 12, la 13 y la 17, que se vendieron como pan caliente, apenas salieron a remate. Pero su éxito más notable, el que le cambió la fisonomía a la ciudad, fue el rescate de Puerto Cancún, un proyecto que tras varias intentonas fallidas se había quedado en el cajón de los pendientes.

Con su vocación implacable de promotor, Edgar desempolvó el expediente, consiguió un inversionista (Michael Kelly), sorteó la burocracia y logró incorporar esa zona pantanosa al casco urbano.

De vuelta a la Iniciativa Privada, como el Fonatur detuviera su programa de vivienda, Villajuana organizó un grupo de empresarios para copiar el modelo. Durante los siguientes diez años, en mancuerna con Ricardo Alvarado, la geografía de Cancún se modificó con todo un menú de fraccionamientos residenciales (Cumbres, Palmaris, Alborada, Aqua), que luego se replicaron en otros rincones de Quintana Roo (Playa del Carmen, Chetumal).

En años recientes, tras dejar los negocios en manos de sus hijos, dedicó muchas horas a un pasatiempo que tenía olvidado, ir de pesca. Ese fue el pretexto para organizar el último viaje que hicimos juntos, a Punta Allen. No pescamos casi nada (la única que ensartó algo fue su esposa, Carmelita), pero nos dimos maña para dedicar muchas horas a explorar el formidable sistema lagunar de Boca Paila, que se extiende desde las cercanías de Tulum (Muyil) hasta la Bahía de la Ascención, un recorrido de seis buenas horas en lancha de motor.

Otra vez con el pretexto de la pesca, hicimos cita sin agenda para otro destino, Río Lagartos, pero la pandemia se nos echó encima. Como a todos, el encierro nos alejó, pero no impidió el habitual intercambio de mensajes. Por ahí platicamos sobre la recuperación turística (él confiaba en el turismo carretero), sobre el azote de los huracanes (vio un cuadro sinóptico mal hecho en Internet y me animó a hacer otro), y por ahí también me enteré que se había contagiado de Covid y que, fiel a la costumbre yucateca, había decidido hospitalizarse en Mérida.

La muerte de Edgar fue un golpe seco, de esos que te sacan el aire, un desenlace inaceptable porque parecía que ya iba de salida. Más que rabia, más que impotencia, siento una tristeza agobiante, y tengo la sensación de un diálogo interrumpido cuando más sabroso estaba. Más allá de que haya sido bueno como empresario, creativo como funcionario, tremendo como promotor, Villajuana sabía ser amigo. Sabías que estaba ahí, que te iba a escuchar, que sí podía te iba a ayudar, y en ese sentido sí es una pérdida irreparable para quienes tuvimos la suerte de conocerlo, de disfrutarlo y de quererlo.

¡Qué amigo de sus amigos!, escribió hace muchos siglos el poeta Jorge Manrique, en un sentido obituario a la muerte de su padre. El elogio aplica a la perfección a Edgar Villajuana. No me extraña que las redes sociales se hayan saturado de muestras de pesar e incredulidad, y entiendo ese homenaje colectivo como consecuencia de su hombría de bien, de su trato caballeroso, de su calidez humana que se resume en unos pocos versos del mismo autor: “cercado de su mujer / y de sus hijos y hermanos / dio su alma a quien se la dio / que aunque la vida perdió / déjanos harto consuelo / su memoria”.

La vida sigue

Confirmando los temores de la industria, en su primer día como presidente Joe Biden anunció que los viajeros que lleguen a Estados Unidos desde el extranjero tendrán que observar una cuarentena obligatoria. Esa medida podría afectar severamente el flujo de americanos hacia Cancún, pues no es lo mismo hacerse una prueba negativa de Covid-19, un requisito que ya había sido instrumentado por la administración de Trump (y que formalmente inicia mañana), que tener que confinarse varios días al regreso.

No está claro qué tan prolongado sería el encierro, pero se espera que sea menos estricto que el canadiense, que obliga a los turistas a aislarse 14 días incluso de su propia familia, y a su costo (el repartidor de pizzas tiene que abandonar el edificio o el predio antes de que el comprador abra la puerta, so pena de ser multado). Es probable que el confinamiento americano sea más laxo pues, como ha observado con perspicacia Darío Flota, la suspensión de viajes afecta sobre todo a empresas americanas (mayoristas, aerolíneas, cadenas hoteleras), y el gobierno de Biden también tiene entre sus pendientes reactivar la economía.

De cualquier modo, los efectos se sintieron de inmediato y la Asociación de Hoteles ya reportó un diez por ciento de cancelaciones para febrero, que solía ser el mes de mayor ocupación en la temporada de invierno. Con un semáforo en naranja que se puede desplazar al rojo, y con las restricciones de movimiento y de ocupación, es lógico suponer que viajar pierde gran parte de su encanto.

Hay que anotar, sin embargo, que algunos estrategas del turismo en Quintana Roo, concentrados en Sedetur y en el Consejo de Promoción, opinan de diferente manera. De hecho, con mucha seriedad están analizando una opción por si las cosas se ponen peores: el turismo de burbuja. Este concepto, propuesto hace unos meses por el embajador mexicano en Alemania, Rogelio Granguillhome, consiste en armar viajes en los cuales el turista permanecerá en una burbuja de seguridad, donde los riesgos de contacto serían ínfimos.

Quizás para un turista aventurado, con ansias de explorador, esa opción no resulte atractiva, pero hay que recordar que una gran proporción de los visitantes que llegan a Cancún apenas abandonan los hoteles, en especial los todo incluido y, cuando lo hacen, es en paseos muy controlables: parques temáticos, zonas arqueológicas, centros comerciales. De hecho, ya hacen turismo de burbuja: lo único que habría que hacer son pequeños ajustes para estar seguro que los transportes y todos los puntos de contacto estén bien sanitizados. Eso no los eximirá de guardar la cuarentena que imponga Biden, pero es una muestra más de la creatividad que está mostrando la industria para mantener a flote un negocio cuya esencia es lo opuesto al distanciamiento social. Lo he dicho antes: el destino turístico mejor preparado para lidiar con el coronavirus se llama Cancún.

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