Sobran vacunas en Leona Vicario; las aplican a cancunenses

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Sobran vacunas en Leona Vicario; las aplican a cancunenses
  • Un mal cálculo del número de adultos mayores produjo un exceso de inyecciones en Leona Vicario… ¡Y una estampida desde Cancún para aprovecharlas!
FERNANDO MARTÍ / CRONISTA DE LA CIUDAD

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Vacunarse o no vacunarse: he ahí el dilema. En las sobremesas, en las redes sociales, en las pláticas casuales, ese es el tema inevitable.

Desde luego, quienes optan por la negativa la tienen más fácil (si no se enferman, claro está). Lo único que tienen que hacer es mantener su decisión, a veces contra viento y marea, y no tienen que andar pensando en registrarse en línea (con la Secretaría de Salud), o en buscar un atajo para conseguir la dosis, ya que la 4T es tan caótica en sus trámites y procedimientos.

Como sea, resulta instructivo escuchar sus razones. Dejando de lado los disparates (nos van a inocular un chip, nos van a volver zombis, nos van a meter el bicho con efecto retardado y mortal) cada día son más notorios los grupos que se muestran escépticos y que insisten en esperar un tiempo prudencial antes de dejarse inyectar. El principal temor que confiesan es que la vacuna tenga efectos secundarios que tarden años en manifestarse. En respaldo de esa hipótesis se suele citar el caso de Suecia, que efectuó una campaña masiva de vacunación contra el AH1N1 (la gripe mexicana) en 2009, pero hay estudios que sostienen que provocó entre los pacientes episodios de narcolepsia (mal del sueño).

El problema de esperar, si bien puede ser razonable a nivel personal, es que impedirá que los países accedan a la inmunidad de rebaño, que requiere que las dos terceras partes de la población sean inmunes, para que el virus deje de propagarse. No será fácil alcanzar esa condición de acuerdo a encuestas recientes, ya que tres (o más) de cada diez habitantes del mundo desarrollado no se quieren vacunar: España, 32%; Japón, 33%; Estados Unidos, 34%; Alemania, 35%; Francia, 46%. Eso plantea a los gobiernos un gigantesco dilema de salud pública, y otro de libertad personal.

En México, por ejemplo, la aplicación de seis vacunas infantiles es obligatoria (tosferina, sarampión, tétanos, tuberculosis, difteria y sarampión), es decir, los padres no pueden optar por dejar a sus hijos sin protección. Eso es diferente en los Estados Unidos, donde por ley no hay vacunas forzosas, pero hay otros métodos para obligar a los padres desobligados: por ejemplo, las escuelas no aceptan a niños sin la cartilla completa.

Pero no es lo mismo vacunar niños que adultos, sobre todo cuando se trata de radicales y fanáticos que están dispuestos a resistirse al piquete por medios violentos.

En la telenovela del coronavirus aún nos falta ver los capítulos donde los malos no se quieren vacunar y los buenos no pueden obligarlos, pese a que son un peligro para el resto de la gente.

Hay otra cara de la moneda: quienes no sólo se quieren vacunar, sino que están desesperados por hacerlo y no hay dosis disponibles. Ese es el caso de muchos mexicanos mayores de 60 que, tras diez meses de encierro más o menos estricto, hastiados del home-office y del home-school, sin abrazar seres queridos, sin frecuentar parientes, con los nervios de punta, han decidido vacunarse tan pronto puedan, pero ahora están sujetos a los desastrosos planes de la 4T, que a todos dice que sí, pero no les dice cuándo.

Esos compatriotas han encontrado que la solución más próxima se llama Estados Unidos, que este fin de semana estaba por completar una hazaña descomunal: 60 millones de dosis. Desde que la enfermera Sandra Lindsay fue inoculada en Nueva York el pasado 14 de diciembre, y más aún, desde que el gobierno de Joe Biden accedió al poder el 20 de enero, el vecino país ha efectuado un esfuerzo descomunal, propio de los tiempos de guerra, para proteger a su población.

En las últimas cinco semanas (37 días) de un Trump vengativo e histérico, obsesionado con el embuste de que había ganado la elección, se vacunaron 12.3 millones de americanos, un promedio diario de 332 mil piquetes. Pero en las cinco semanas (33 días) de un Biden concentrado y conciliador, han sido inoculadas 47 millones de personas, a un ritmo diario que se acerca al millón y medio de dosis.

Con esto, Biden se encamina a cumplir una de sus más ambiciosas promesas de campaña: aplicar cien millones de vacunas en sus primeros cien días de gobierno. Ya sólo le faltan 40 millones (o 52, si descontamos las que puso Trump), pero apenas lleva 32 días en la Casa Blanca, de modo que lo que parecía imposible en diciembre se ve muy factible en febrero. Para lograr esa meta la estrategia tiene un solo criterio: la vacunación universal. En consecuencia, el gobierno está enviando lotes sobrados de vacunas a todos los sistemas de salud, con una instrucción precisa: vacunar a todos los que se dejen.

Como en el caso de México, la prioridad es el personal médico, luego los miembros de la tercera edad, luego quienes tengan afecciones crónicas, pero en la práctica se han reducido al mínimo los requisitos, y a veces han desaparecido. El estado de Connecticut, que la semana pasada descubrió que tenía cientos de miles de dosis en exceso, anunció que vacunaría sobre la base “first come first serve” (en orden de llegada), incluyendo adultos sanos y menores de edad.

Las cosas no son tan fáciles para los mexicanos que quieren vacunarse en Estados Unidos, pero la mayor parte de los hospitales han eliminado el requisito de residencia y están atendiendo a cualquiera que demuestre que es mayor de 65 años, o que declare que tiene una condición de riesgo que no es necesario demostrar. Un vistazo a la página de preguntas y respuestas del Departamento de Salud Pública de la ciudad de Amarillo, en Texas, muestra con claridad cuál es la actitud.

Pregunta: ¿Sólo los residentes de Amarillo pueden recibir la vacuna?

Respuesta: No, no tenemos requisitos de residencia.

Pregunta: ¿Cuánto cuesta la vacuna?

Respuesta: La vacuna no tiene costo.

Pregunta: ¿Tengo que probar que existe una condición de riesgo?

Respuesta: No, le estamos pidiendo que sea honesto.

Pregunta: ¿Tengo que hacer una cita?

Respuesta: No, atendemos a la gente conforme llegue, pero cheque disponibilidad de dosis en nuestra página web.

Ese es el hospital de Amarillo, pero el caso se repite a lo largo y ancho del país y la consecuencia lógica, para México, es que muchos compatriotas están viajando, sobre todo quienes viven en la frontera, están cruzando la línea para vacunarse, y los que no, se toman un avión para ir a Miami, Chicago, Dallas, Los Ángeles, Nueva York, y, desde luego, a Amarillo, Texas, donde la semana pasada llegaron varios vuelos privados en naves que ostentaban matrículas mexicanas.

¡Qué paradoja! Mientras allá están en la abundancia, aquí estamos en la escasez.

Eso era exactamente lo que yo pensaba el jueves en la mañana, al momento de escribir estas líneas. Lo que no sabía es la sorpresa que me tenía reservada la 4T…

La vida sigue

El jueves a mediodía platiqué con la editora de Oveja Negra, la periodista Mariana Orea. Leí en el Diario que te pusiste en la lista de las vacunas, afirmó, ¿cuándo crees que te va a tocar? No creo que pronto, repliqué, llegaron seis mil vacunas de AstraZeneca, y en Quintana Roo los mayores de 60 años somos una multitud, como 200 mil. Pero tú te inscribiste rápido, alegó. No sé si eso funcione, añadí, pero ese primer lote se mandó a Bacalar y Puerto Morelos, no a Cancún.

Mariana no quería creer que haya tanto viejito en Quintana Roo, pero las cifras del último censo señalan que el 12 por ciento de la población es mayor de 60 años, y si en Quintana Roo somos un millón 857 habitantes, eso significa 222 mil mayores. Te vas a tener que esperar un ratote, se mofó MO. Mi confianza en el Peje es ilimitada, si él dijo marzo, será abril o mayo, máximo junio o julio, y seguro no pasa de diciembre, repelé. Además, supongo que habrá mucho desorden en la lista, sospecho que cualquier día me llama un amigo y me pregunta si me quiero vacunar, que él sabe cómo y dónde. ¿Qué amigo?, preguntó maliciosa. Será un político. O un empresario, o algún médico conocido, son puras imaginaciones mías, agregué.

La predicción falló, pues el pitazo surgió de una fuente inesperada. El viernes, a eso de las once y cachito, una reportera que lee este Diario mandó a mi WhatsApp, sin mayores comentarios, dos audios asombrosos que se oían como una frecuencia de la Policía, que paso a trascribir letra por letra:

“Compañeros, buenos días. Estamos en Leona y nos comenta el señor Alfredo Velázquez, que es del gobierno federal y está a cargo de las vacunas aquí, de Covid, en Leona, que por instrucciones del centro les están dando instrucciones (¡!) que pueden venirse a vacunar también los de la tercera edad en adelante (¡¡!!) de otros municipios, lógicamente incluyendo Cancún y Playa, etcétera, con los mismo requisitos, que sería su INE, comprobante de domicilio y su CURP, porque quedan 900 vacunas y las tienen que utilizar, porque ya mañana es el último día. Corran la voz por favor, y lo pueden hacer, hoy o mañana”.

El otro audio era un tanto reiterativo:

“¡Afirma! ¡Afirma! Aunque sea INE de otro estado. Hay candado abierto. La instrucción que tienen es que se tienen que terminar esas 900 vacunas que aún hay y ya mañana es viernes, el último día”.

Mi primera reacción fue de total incredulidad, pensé que era un borrego (como se le dice en jerga periodística a las noticias falsas), pero en los muchos años que pasé en las redacciones descubrí que hay infinidad de rumores que se hacen realidad. Además, la filtración despertó mis ansias de reportero. Así que agarré mi INE, mi comprobante, mi CURP, y por si era necesario, mi constancia de inscripción en la lista de vacunación, y enfilé hacia Leona Vicario, con dos ideas en la mente. Una, si es un borrego, ya tengo que escribir en el Diario, y si no lo es, también. Dos: si de veras se van a echar a perder y si hay alguna chance, aprovecho y me la pongo.

Llegué a Leona como a la una. La calle que da acceso al centro de salud estaba bloqueada por un toldo color caqui, donde algunos jóvenes sin uniforme, con chalecos que lucían la leyenda “Servidores de la Nación”, recibían a la gente. Sólo había dos personas delante de mí, notoriamente ancianos, ella en silla de ruedas. Un instante después, cuando me tocó pasar, en tono neutro me pidieron mi INE. También traigo CURP y comprobante, informé. No es necesario, dijeron. Tras anotar algunos datos en un cuaderno, el Servidor me entregó una ficha, un pedazo de cartulina que tenía un número escrito con plumón, el 470, y me indicó pasar a otra mesa ubicada en la banqueta, bajo unos árboles, donde personal paramédico estaba checando la presión sanguínea.

Concluido ese trámite en un par de minutos, me enviaron a un grupo compacto de toldos blancos, también situados en la calle, donde alrededor de cien adultos mayores esperaban. Lo van a llamar, espere su turno, me dijeron. En el grupo descubrí a la pionera Alicia González, que se acercó a platicar. Estoy aquí desde las nueve, me dijo, tengo el turno 348. Eso la colocaba cerca del paraíso, pues el edecán que voceaba los grupos, de diez en diez, estaba llamando la serie de los 320. Más o menos pasan 80 por hora, comentó Alicia, en un rato entras.

¿A quién más has visto?, pregunté, ya en franca labor reporteril. A un montón, respondió, ahorita se acaba de ir Víctor Viveros. Tomé esa mención como un dato pues, aunque conozco a Viveros, candidato fallido al municipio en dos ocasiones, hace años que no lo veo. Cerca de mí descubrí la presencia del Chel Ayuso, esposo de Magaly Achach, primera alcaldesa de Cancún, y padre de Candy, la presidente estatal del PRI. Pregunté por la salud de Magaly, a quién estimo mucho. Está allá adelante, la pasaron porque viene en silla de ruedas, refirió.

Mientras hablaba con el Chel, vi llegando al toldo la figura inconfundible de Jorge González Durán, en compañía del tercer alcalde de Cancún, Joaquín González Castro. Por ahí cerca andaba también el periodista Julio César Silva, quien llevaba a vacunar a su madre. Todos tenían ficha de los 400, así que nos sentamos en bola, a esperar. Ayer vino Miguel Quintana, el dueño de Xcaret, comentó uno de ellos. Y Margarita Álvarez, la de Cancuníssimo, apuntó otro. Adentro está Luis Contreras, dueño del Diario de Quintana Roo, añadió éste. Y la familia de Diego de la Peña, vinieron varios, remachó aquel. En medio de la chorcha, siempre sonriente, se acercó a saludar otro sesentón de aspecto saludable, el buzo Alberto Friscione, quien se sentó a hacer tiempo con Margarita Hernández.

La espera no fue tan larga. Más o menos una hora después todos habíamos pasado a la siguiente etapa, que consistía en una entrevista muy breve con otro Servidor de la Nación, quien pedía INE y comprobante de domicilio, y vaciaba los datos por partida doble en un formulario de vacunación, tras efectuar una encuesta relámpago. ¿Diabético? Sí o no. ¿Hipertenso? ¿Obesidad? ¿Daño renal? ¿Falla cardíaca? ¿Convulsiones? Nunca, nadie, me preguntó si me había registrado en línea. Sobraron de verdad 900 vacunas, le pregunté. Como 500, me dijo, son las fichas que repartimos hoy. Al final inquirió si había recibido otra vacuna de cualquier clase en los últimos treinta días y me entregó una nueva ficha, esta vez la 439.

Sin más trámite, en grupos de cuatro, pasamos al interior del centro. Había algunas sillas fuera de los consultorios, pero no esperamos ni un minuto. Dentro del cubículo, otra Servidora me volvió a pedir el INE y mientras apuntaba, una enfermera pidió que me descubriera “el brazo que menos use” y, santo remedio, me dio el pinchazo redentor. Yo quería una foto del momento para incluirla en este Diario, pero un guardia nacional que estaba presente lo impidió. “Está prohibido”, dijo.

Su próxima cita es en dos meses, el 19 de abril, me instruyó la Servidora. Guarde este papel porque no se va a poder vacunar en ningún otro lugar, ni en otra fecha, explicó. Con ganas de ser amable, comenté que me parecía muy acertada la decisión de no desperdiciar las vacunas sobrantes. “Eso no es cierto, señor, no sobró ninguna”, replicó con voz gélida, al tiempo que me entregaba la copia del formulario con el sello de VACUNADO. Luego me instruyó a esperar veinte minutos en la sala de observación (otro pasillo con sillas), y me advirtió que no podía beber alcohol en 24 horas. En corto, aproveché esa espera para preguntarle a mis vecinos de silla, todos adultos mayores a ojos vistas, si alguno había acudido mediante aviso formal de la Secretaría de Salud, o sea, un correo electrónico o una llamada al celular (la famosa lista de vacunación). No había tal: todos habían llegado porque los llevó un hijo o les avisó un pariente, ninguno tenía cita confirmada, cada cual llegó a ciegas, con la esperanza de obtener la dosis.

El borrego resultó que sí fue cierto, aunque es muy difícil saber si las cifras son exactas, si las vacunas que sobraron fueron 500 o 900, si sobraron porque la 4T no sabe hacer cuentas, si a los mayores del municipio los llamaron para que fueran, o si los llamaron y no fueron, o si el audio que parece de la Policía es auténtico, o sólo fue la broma macabra de algún chistoso que quiso armar relajo. Lo que sí es indudable es que los mayores de Leona no fueron suficientes, que no había una cola de ancianos esperando turno (ni siquiera había cola), y que alguien tomó la muy sabia y acertada decisión de usar las dosis antes de que se echaran a perder, vacunando a los mayores que se presentaran, aunque tuvieran un domicilio diferente.

Quizás nunca sepamos de dónde surgieron “las instrucciones”, si vinieron del centro (como dice el audio), o del estado, o incluso del municipio. Sería de desear que la 4T se organice un poco mejor, que la inscripción en línea sirva para algo, que haya una lista de los convocados (aquí no había ninguna), que calculen mejor los envíos, pero también, si todo eso falla y las vacunas sobran, que se adopte la sana costumbre de inmunizar a quienes lleguen en forma espontánea. A fin de cuentas, creo yo, de lo que se trata es de protegernos todos.

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