¡Se acabó, hasta pronto!

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¡Se acabó, hasta pronto!
  • Ha llegado la hora del adiós: este espacio tiene que desaparecer, antes de que sean evidentes los bostezos del respetable.
FERNANDO MARTÍ / CRONISTA DE LA CIUDAD

CANCÚN, Q. ROO.- CUARENTEMAS / Por definición, una muerte por Covid siempre es una muerte injusta. No importa si el muerto fue imprudente al contagiarse, si se cuidaba poco o se descuidaba mucho, si era diabético o hipertenso, si ya estaba viejo o muy viejo: los muertos de la pandemia son muertes inaceptables porque vulneran el orden (natural) de las cosas.

No importa quién sea la víctima, las muertes del bicho las percibimos como un accidente lamentable, una cuestión de suerte, algo que no puede estar sucediendo, algo equivalente a morirte en la guerra, a morirte de hambre, algo tan absurdo como que se caiga tu avión, o como que te parta un rayo.

Tal vez esa óptica derive de un exceso de confianza en nosotros mismos, los terrícolas del siglo XXI. Después de ir a la luna, después de inventar la bomba atómica, después de descubrir el espacio curvo y pesar la luz, esta civilización ha llegado a la soberana conclusión de que la ciencia (o la técnica, o la fe, o la magia) lo puede todo, que las catástrofes tienen solución instantánea, que el apocalipsis es una fantasía, o mejor aún, un cuento chino. La muerte, con todo y que es segura, sólo es tolerable si se cumplen ciertos atenuantes: que el muerto sea mayor, que esté sufriendo, que se haya portado mal, que sea tan distante como una estadística.

Ninguna de esas premisas se cumple con el coronavirus, que no respeta edades, ni parentescos, ni jerarquías, ni distancias. A estas alturas, ya todos sabemos o sufrimos una pérdida, se nos fue un pariente, se nos murió un amigo, falleció un conocido, y todos ellos deberían seguir con vida, esas muertes fueron todas gratuitas, no hay ninguna razón válida para que abandonaran el mundo de los vivos. Muertes muy duras, muertes sin aviso ni despedida, muertes inesperadas por más que se anuncien, muertes chocantes que nos recuerdan que estamos en riesgo, que también nos puede tocar a nosotros.

Algún día, claro está, nos vamos a morir. Pero que la muerte esté tan cerca, que nos ronde y nos acose, que se insinúe con tanto descaro, eso no lo podemos aceptar.

Cuando te toca, pues ni modo, te toca. Pero a muchos no les tocaba y se murieron.  Y a otros muchos, que todavía no nos toca, resulta que estamos en riesgo cotidiano de morir.  ¿Será eso lo que nos trae de mal humor?

La vida que sigue (y seguirá)

En las 46 semanas que he publicado este Diario del Coronavirus hubo varios instantes en que creí conveniente darle fin a la serie. El primero fue por ahí de septiembre, cuando el formato original de la columna se volvió obsoleto y perdió la estructura de diario, esa especie de diálogo íntimo y epistolar que mantiene uno consigo mismo a través de un cuaderno.

El Diario arrancó como un divertimento periodístico en abril, en pleno confinamiento. La fecha de aparición fue el 20, el día preciso en que la pandemia nos impidió celebrar con propiedad el 50 Aniversario de Cancún. Como Cronista de la Ciudad, esa semana tenía planeado presentar un libro que tenía varios años en gestación, el álbum fotográfico “Cancún 50 Años de Vida”, pero el flagelo dio al traste con ese debut, con el concierto de Marc Anthony que armó el Ayuntamiento en Malecón Tajamar (entonces recién recuperado), con docenas de eventos, concursos, festivales, conversatorios y festejos incluidos en el Programa Oficial, y hasta con la sesión solemne de Cabildo que, por ley, debe hacer ese cuerpo colegiado para entregar la Medalla al Mérito Ciudadano Sigfrido Paz Paredes.

El Diario pretendía dejar constancia de ese debacle, y la mala suerte de que la aparición del bicho coincidiera con tanta exactitud con el cumpleaños de la ciudad. Reinaba en el ánimo general la certidumbre de que el tropiezo sería pasajero, que la pandemia no duraría más de un par de meses y que pronto, si bien a destiempo, se podría reponer el calendario conmemorativo de las cinco décadas. En resumen, le creímos a López-Gatell y su promesa hueca de que el percance era cuestión de semanas, y que el número de muertos no pasaría de seis mil (¡!). Para dejar testimonio del trance, inicié el Diario con formato de diario, es decir, tras un comentario inicial (Cuarentemas), apuntaba lo que me parecía más histórico de cada día de la semana, de lunes a domingo, dedicando al menos un párrafo a comentar las múltiples facetas de la enfermedad, con información procedente de “fuentes confiables”, confidentes anónimos, informes oficiales, más los periódicos locales, más algo de respaldo de la prensa extranjera, más las revistas especializadas, y por supuesto, el Internet.

Vale la pena tratar de explicar ese criterio de más histórico. Cuando uno escribe en el periódico, la primera consideración que hay que tener en mente es el lector del día siguiente, un personaje que no importa quien sea, siempre está saturado de información, atosigado por los medios electrónicos, indigestado por las redes sociales. Lógico, ya sabe lo obvio, de modo que para captar su atención hay que buscar el ángulo imprevisto, aportar algo distinto que motive su intelecto. Pero los periodistas, sobre todo aquellos que sufrimos la deformación profesional de ser cronistas, escribimos también para un lector impreciso que leerá nuestros textos dentro de 50 o 100 años, quizás algo más, porque tendrá curiosidad por averiguar que sucedió en una ciudad que vivía del turismo cuando le cayó encima la peste del coronavirus.

No soy tan vanidoso como para creer que ese curioso imaginario buscará los textos de Fernando Martí, pero sí estoy seguro que alguien concreto, aunque hoy sea incorpóreo y fantasmal, consultará los periódicos de esta época e inevitablemente se topará con el Diario. Pues bien, para ese lector indefinido no hay nada lógico ni obvio. Es posible que hoy todavía no haya nacido y que cuando lea no conozca Cancún (bajará los textos desde cualquier computadora del planeta, o de otro planeta), o que conozca un Cancún que sería irreconocible para sus actuales habitantes. Para entender el texto y el contexto, el lector galáctico requiere obviedades, así que cuando escribo “la explanada de Plaza de la Reforma”, la palabra explanada es una obviedad para quienes vivimos aquí, pero es un dato informativo esencial para el forastero del porvenir, porque dentro de un siglo la Plaza de la Reforma puede ser un jardín (con suerte), o una estación de metro, o un rascacielos de cincuenta pisos, o un vago recuerdo de los orígenes de la ciudad. Vaya usted a saber, pero eso no quita que el Diario pretendiera ser lo más entretenido posible, y a la vez, lo más informativo posible.

Los periódicos, cabe decir aquí, son un archivo formidable para rescatar esas minucias, una herramienta muy útil para los historiadores, aun cuando consignen datos frívolos, hasta cierto punto insustanciales (quizás lo son por esos datos, que reflejan mucho mejor la realidad de la vida que los discursos de los políticos). El dramaturgo-poeta-ensayista-académico Salvador Novo, en funciones de cronista oficial de la Ciudad de México, escribió por muchos años una columna de chismes, que luego se publicó en forma de libro, en siete tomos, con un título genérico: La vida en México en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas (al que luego siguieron Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez), textos que son fundamentales para reconstruir la historia menuda de varias décadas del XX. Buceando en las hemerotecas, el escritor ondero José Agustín le dio continuidad al género y escribió su “Tragicomedia Mexicana. La vida en México de 1940 a 1970 (I)” … “de 1970 a 1982 (II)”, y de “1982 a 1994 (III)”, que también se volvieron referente, aunque carecen de la elegancia y la malicia de las obras de Novo.

Antes, con poca gracia, pero mucho rigor, el académico-ensayista-diplomático-editor Daniel Cosío Villegas coordinó una investigación histórica que abrevó en las mismas fuentes, para recrear la vida en el México de Juárez y de Porfirio Díaz, en su enciclopédica “Historia moderna de México”.

El Diario, sobra decirlo, no tiene nada que ver con esos esfuerzos monumentales, salvo que algún día podría aportar datos que fueran del interés de algún historiador que adopte la pandemia como tema y Cancún como escenario.

Volviendo al Diario y a su protagonista, el virus SARS-CoV-2, el asunto fue que el libreto se prolongó en demasía, y las seis semanas que prometió López-Gatell se convirtieron en seis meses. Hacia septiembre, el modelo del Diario como diario se había agotado por completo: las noticias de la peste eran escasas y reiterativas, y las referidas a Cancún eran inexistentes, o en el mejor de los casos, esporádicas (salvo la mecánica acumulación de contagios y de muertes que, aquí y en China, ya no le interesaba a nadie).

Los Diarios de esas fechas están repletos de las ocurrencias de Trump y de Andrés Manuel, de informes fragmentarios sobre la fabricación de las vacunas, y de comentarios que me saqué de la manga, como el parche de glorieta con el cual Fonatur le rompió la espina dorsal al Bulevar Kukulcán.

Tal vez era buen momento para concluir la tarea, pero me dejé convencer de seguir un poco más, sobre todo por la expectativa de que faltaba lo peor (el rebrote de invierno). Como sea, eliminé la camisa de fuerza de los comentarios por día, y adopté un formato menos rígido, aunque mantuve un diseño de textos cortos y de secciones temáticas: Cuarentemas (nombre que me regaló el cronista de Tuxtla Gutiérrez, Marco Antonio Orozco Zuarth, donde nunca se abandonó el tema del Covid); Recuento de daños (las pérdidas del año y las metidas de pata de los políticos); Historia del bicho (con carácter de anecdotario, y sucesos de toda índole); y La vida sigue (o los modos de la gente de ignorar la pesadilla). Durante un par de meses, también incluía una sección con fotografías del Cancún antiguo (50 Años), que no figuraban en el libro que publiqué.

Una serie de estropicios en cadena atrajo a la atención pública los siguientes meses. Primero, los huracanes. Tras muchos años de calma, tres meteoros azotaron las costas de Quintana Roo, y unos más, otros menos, todos amenazaron con impactar Cancún. Luego, el feminicidio de la joven Alexis, que dio origen a una marcha feminista que la Policía disolvió a balazos frente a Palacio municipal, una escena escalofriante que nos puso en los ojos del mundo por la razón equivocada. En noviembre, el presidente de los Estados Unidos se volvió loco y obsequió al mundo con sus rabietas de niño malcriado, que no hubieran preocupado a nadie si el susodicho no tuviera a su alcance el botón nuclear. Y en efecto, las noticias del coronavirus tuvieron un repunte hacia fin de año, con dos acontecimientos casi simultáneos: un aumento explosivo en el número de contagios, primero en Europa (que volvió a los confinamientos forzosos), luego en América (en medio de disturbios masivos por fricciones raciales), y luego el anuncio de varias farmacéuticas de que habían concluido la fase 3 y estaban listas para entregar al mundo sus vacunas.

De hecho, el 8 de diciembre la súbdita británica Margaret Keenan, de 90 años de edad, fue la primera ciudadana en recibir el piquete (aparte de los voluntarios que se sometieron a las fases de prueba). 

A esas alturas, el Diario enfrentaba un dilema sin solución. Desde que ingresé a las redacciones de los periódicos, hace casi 50 años (los mismo que Cancún tiene de vida), siempre oí decir que una buena historia debe tener un buen remate. Por más que la anécdota sea sabrosa, por más que el protagonista sea magnético, el sabor de boca lo aporta el desenlace. Con el coronavirus el caso está perdido: hubo tensión, hubo tragedia, pero todo apunta a un cierre descafeinado, como esas canciones que terminan disminuyendo el volumen hasta dejar de oírse.

Por supuesto, todavía pueden suceder cosas. No sabemos si las vacunas son efectivas, no sabemos cuánto tiempo inmunizan, no sabemos si aparecerá una mutación del virus más contagiosa o más letal, no sabemos cuándo llegará la inmunidad de rebaño global, la única que sirve para volver a la vieja normalidad. De la nueva normalidad, en cambio, sabemos que este año estarán vacunados casi todos los habitantes de los países ricos, y tal vez en un par de años quienes viven en países medio ricos, pero con muchos pobres, como el nuestro. Ese dilatado proceso, a mi juicio, va a provocar unos enormes bostezos en el respetable, como lo provocan todas las epidemias cuando pierden letalidad (la pandemia mundial de dengue, que está en curso, lleva tres y medio millones de contagios, pero nunca llega a ser noticia porque sólo suma un centenar de muertes).

En diciembre, con esa visión de cosa juzgada, anuncié que iniciaba la cuenta regresiva del Diario y puse como fecha tentativa la vacunación del primer cancunense. Nunca me enteré cuando eso sucedió, porque fue personal de primera línea, un médico o una enfermera anónimos. En enero, propuse terminar cuando se vacunara el primer cancunense común y corriente, pero tampoco me enteré, porque sucedió en los Estados Unidos en viajes privados. En febrero, ya sin el elemento sorpresa, consideré el último recurso: concluir cuando me vacunara yo.

Eso también ya sucedió, ya me vacuné (la primera dosis: falta la otra), como narré con mucho detalle la semana pasada. Así que esta semana voy a poner el punto final a la serie, pero no a la historia. Una editorial de la Ciudad de México me ha sugerido que aproveche el material para escribir una crónica del 2020, el año aciago y calamitoso en el cual Cancún celebró sus 50 años en medio de la peste, el azote de los huracanes y los balazos en Palacio municipal. Me gusta el enfoque: nunca habíamos tenido un año tan atropellado, tan amenazante, tan doloroso y tan intenso, un año que nadie va a olvidar, aunque nadie lo quiera recordar.

Para cerrar el capítulo, aunque no los puedo nombrar, tengo una deuda con los interlocutores del Diario, los lectores que lo siguieron en tres grupos de WhatsApp y que enriquecían el contenido con sugerencias, precisiones, críticas, y hasta con improperios.

También estoy en deuda con mis editores de Luces del Siglo, Norma Madero, Agustín Ambriz y Sergio Guzmán, que resolvieron con solvencia la parte operativa, sin un solo tropiezo en tan dilatado lapso. Por último, ha sido una gran experiencia compartir este Diario con tantos lectores, presentes o anónimos, locales o distantes, fieles o esquivos, pero muy atentos a la suerte de Cancún, y ha sido un gran privilegio vivir (y hasta hoy, sobrevivir), este año horroroso y desafiante, en lo que todo lo que podía salir mal, salió mal, y lo que no, también.

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