Hacen negocio con vacunas para mexicanos en EU

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  • Un mexicano que viajó a EU para vacunarse contra Covid cuenta cómo arregló el viaje y su contacto con los polleros cibernéticos que lo ayudaron a inocularse.
STAFF / AGENCIA REFORMA

CIUDAD DE MÉXICO. – La llamada telefónica para la vacuna llegó de imprevisto el domingo.

“Ya tengo todo listo, nos vamos a ir a Houston a vacunarnos”, se oyó del otro lado del auricular.

Entre sorpresa, alegría y un poco de culpa, agradecí enormemente a este amigo de la infancia, quien me había considerado para viajar con su familia a Estados Unidos y conseguir una dosis de la vacuna que, optimistamente, representa el salvoconducto para vencer a la muerte en tiempos de pandemia.

¿Sí voy? ¿No estaré haciendo nada malo, quitándole el lugar a alguien? ‘Acuérdate de Pepillo Origel’, me decía esa noche sin poder dormir.

Entonces, revisé en la computadora y me encontré con que desde el 18 de abril, Texas abrió la vacunación para turistas mayores de 16 años y que, según el Centro de Investigación de Turismo Médico, al menos uno de cada cuatro vacunados en ese estado venían de México.

Además, había un excedente de vacunas, ya que muchos habitantes, sobre todo de Houston, no querían aplicarse el biológico por cuestiones sociales, religiosas o políticas.

Luego de revisar estos datos; pensar en mi mamá, quien vive conmigo y todavía no recibía la vacuna: y problemas respiratorios propios, decidí emprender el viaje por la vacuna.

Me puse entonces a revisar los vuelos a Houston, y aunque había varias opciones, la verdad es que los pasajes estaban bastante caros, casi como para ir a Europa.

Era la primera vez que salía de viaje en avión durante la pandemia, así que vestido con un traje tipo espacial, careta y doble máscara, me presenté en el mostrador de la línea aérea, en donde me checaron mi prueba Covid.

“Y ustedes, ¿dónde se la van a poner?”, preguntaba un señor a otro, quien confesaba, enojado, que tendrían que manejar como a cuatro horas de Houston para llegar a la farmacia y así recibir la vacuna.

No acepté ni café ni galletas, para no quitarme la mascarilla. Me quedó claro que en ese avión, casi todos los pasajeros iban a Houston por un poco de seguridad y esperanza.

Al llegar a Estados Unidos, la pregunta obligada, con nervios de por medio.

“¿A qué viene?”, De compras, respondo apresuradamente, “¿cuánto dinero tiene?”, Como 300 dólares en efectivo, “¿en qué hotel se queda?”, En uno junto a The Galleria, “ok, pase”, me dijo el guardia.

Creo que el uniformado sabe que casi todos estamos mintiendo porque, además, muchos paisanos como yo, traen apenas una maletita con una muda de ropa, sólo para el día siguiente.

Después del interrogatorio, nunca había sentido tanta tranquilidad de llegar a Estados Unidos.

Ya en el hotel, por la tarde, encontraríamos a Joel, el chico mexicano que nos había arreglado la cita por 100 dólares.

Recomendación del amigo del amigo, pues es necesaria una computadora de Estados Unidos para poder hacer la cita en cualquier farmacia. Hay quienes ya pueden hacerlo desde México, pero con algunas aplicaciones sospechosas.

Cuando llegó nos platicó -orgulloso- que, aunque trabaja en una agencia de sistemas informáticos, desde el inicio de la peregrinación de mexicanos a Estados Unidos por el turismo “vacunacional”, había pedido permiso para dedicarse a esta labor que le consume casi todas sus horas.

“No, para qué les cuento me voy a casar y ya saqué para el anillo, la boda y la luna de miel. La verdad es que me está yendo súper bien. Pero bueno, la verdad es que yo sólo quiero ayudar”, agregó al final, como para que no pensáramos que sólo le interesaban los ingresos.

Mientras, no dejaba de mandar mensajes por correos a otros mexicanos que buscaban una dosis…. como yo.

Dentro del servicio que ofrece está el acompañarte a la farmacia designada, una CVS como a 2 kilómetros del aeropuerto, un lugar en medio de la nada. Estaba prácticamente solo cuando llegamos y nos recibió una joven en un escritorio de plástico.

-A qué hora es su cita -me preguntó.

-A las doce -le respondí, mostrándole el registro impreso y batallando para disimular mi nerviosismo.

Pidió una identificación y mostré mi licencia de conducir -mexicana y permanente-, ya casi ilegible de tanto viajar en la cartera. Me preguntó si tenía alguna de Texas y que si tenía seguro médico. Para ambas, la respuesta fue “no” y con seguridad mi cara fue de niño regañado al que están a punto de cachar en una mentira.

Pero no. Sin verme siquiera, me extendió una cartilla para pasar a la zona de aplicación.

Estaba contento, pero no podía cantar victoria todavía. Caminé entre desodorantes, shampoos, rasuradoras, jabones y al final del pasillo tomé mi lugar en la fila, de tan sólo tres personas… todas ellas paisanas, por cierto.

Otra joven de descendencia oriental llevaba el control para pasar a pequeñas tiendas de lona. Aún sin creerlo, con carnet en mano y el pulso acelerado, tenía enfrente a la enfermera quien, antes que nada, me mostró el frasco con la dosis.

De repente -¡ea!- el pinchazo tan ansiado… ¡que ni siquiera sentí!

Ahora, a esperar sentado 20 minutos para observar reacciones y para pensar en lo afortunado que soy. Una lágrima se me escapó recordando el año de cautiverio en casa.

Pensé en los mexicanos, conocidos o no, que no han aguantado esta pandemia.Y en cómo un piquete ligero que molestó un poco en el brazo puede ser una verdadera esperanza de vida.

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