NIDO DE VÍBORAS

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POR KUKULKÁN

LA ELECCIÓN del próximo gobernador será histórica porque por primera vez en 47 años de vida constitucional del estado de Quintana Roo, alguien ajeno a los cacicazgos locales, sin ser oriundo de la entidad —inconcebible por el nativismo recalcitrante—, tiene la posibilidad de ocupar la silla del Palacio de Gobierno en Chetumal en septiembre de 2022… y si la contienda lleva además el ingrediente de la paridad de género, el escenario adquiere mayor trascendencia pues en caso de ganar alguna de las mujeres postuladas, vendría a romperse el patriarcado imperante en todo este tiempo en la política estatal.

LAS DOS ocasiones anteriores en que “fuereños”, con alto porcentaje de aceptación en la población del norte del estado, pretendieron buscar la gubernatura a través de la oposición, Juan Ignacio García “Chacho” Zalvidea en 2015 y Gregorio Sánchez Martínez en 2010, el resultado fue la cárcel para ambos que venían de gobernar con buenos números el municipio de Benito Juárez donde radica el 60 por ciento de la población estatal.

ENTONCES, aunque confrontados entre sí, los cacicazgos políticos históricos de Cozumel y Chetumal dejaban los pleitos internos para otra ocasión, dialogaban, acordaban y se unían para cerrarle el paso a los “fuereños” que se atrevieron a intentarlo. Ya no es lo mismo, la ambición individual, de grupo o familiar por controlar el poder entre cozumeleños y chetumaleños pulverizó la relación entre las diferentes camarillas que entonces jugaban del lado del PRI, el partido en el poder durante 41 años. 

HASTA 2005, con la salida del entonces gobernador Joaquín Hendricks Díaz, la clase política de Chetumal tuvo el control del gobierno estatal que venía detentando desde la administración anterior de Mario Villanueva Madrid, a quien todavía hoy en la capital se le sigue queriendo como el líder moral. La administración pública estatal, concentrada en Chetumal, es la principal fuente de ingresos de los habitantes y contar con una plaza laboral es como haberse sacado la lotería. Por mucho tiempo, los locales tuvieron la natural preferencia para ocupar los espacios de trabajo, de modo que familias completas estaban incrustadas en todo el organigrama burocrático.

DESPUÉS de esta docena de años en el poder de los chetumaleños, a la silla estatal llegó Félix González Canto con el objetivo de establecer un maximato del Grupo Cozumel por dieciocho años, tres sexenios, aunque en el intento sólo logró un mini maximato de once años —uno que se restó por la homologación del calendario electoral del país— al imponer a su pupilo Roberto Borge Angulo, ambos responsables de la deuda pública de casi 20 mil millones que dejó hipotecados los recursos del estado durante los próximos 30 años.

DOTADO de una perversidad sin límites, González Canto supo comprar la ambición de los chetumaleños, a quienes colocó en los principales cargos del gabinete como exigían, les convidó negocios desde el poder y alimentó la división entre sus principales representantes, quienes hasta ahora viven las secuelas de un odio que hace prácticamente irreconciliable algún tipo de relación. Esto fue aprovechado por Félix para manejar a su antojo los recursos públicos durante la llamada “oncena trágica”, sin que nadie lo cuestionara, pero no contó con que su pupilo Roberto Borge no pudo dejar como sustituto a Mauricio Góngora Escalante, impuesto también por González Canto.   

TAMPOCO contempló que el poder le fuera arrebatado por otro cozumeleño, Carlos Joaquín González (con quien guarda lazos familiares, no de proyectos políticos), luego de renunciar al PRI y aceptar competir por la gubernatura en 2016 bajo la coalición conformada por PAN y PRD. Las envidias y odios históricos entre las familias cozumeleñas de los González, los Borge y los Joaquín terminaron por enfrentarlos con procesos penales por el saqueo del patrimonio estatal, por los que hoy se juzga al ex gobernador preso, Roberto Borge y al candidato priista derrotado, Mauricio Góngora, entre otra lista de actores que participaron en estos actos de corrupción.

PARA recuperar el control del poder local, González Canto se ha aliado a Jorge Emilio González Martínez, “El Niño Verde”, quien anhela ser gobernador de Quintana Roo pero al verse imposibilitado está impulsando como su candidata, en primera opción, a la actual alcaldesa de Cancún, Mara Lezama Espinosa, aunque a él le gustaría que su candidata fuera la diputada federal Laura Fernández Piña, su Plan “B” en caso de que algo suceda, cuyo perfil de “servidumbre del poder” es el ideal para gobernar detrás del trono.

@Nido_DeViboras