Zósimo Camacho
La próxima semana se cumple un año del ascenso, por segunda ocasión, de Donald J Trump a la Presidencia de Estados Unidos. Del 20 de enero de 2025 a la fecha, cuenta una serie de amenazas, intervenciones, agresiones y, como corolario, el secuestro impune de un jefe de Estado en América Latina, el ejecutado contra Nicolás Maduro. Y así, con el desparpajo histriónico que le caracteriza, el presidente estadunidense ha reconocido que todo se reduce a quedarse con el petróleo de Venezuela, es decir, los mayores yacimientos del planeta.
El plan de Estados Unidos para el mundo no sólo se puede deducir de los exabruptos cotidianos del capitalista convertido en el cuadragésimo séptimo mandatario de ese Estado. Ha quedado plasmado claramente en el instrumento que rige la relación de Estados Unidos con el resto de las naciones.
El documento Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, publicado en noviembre de 2025, se presenta como un afianzamiento del país en la primacía mundial. Así, sin ambages, asume el imperialismo clásico bajo el discurso de “America First”. Lejos de ser un abandono de las ambiciones globales, el texto despliega una estrategia más cínica y calculada para preservar la hegemonía estadunidense en una era de multipolaridad incipiente.
Lenin caracterizó al imperialismo como la fase monopolista del capitalismo, donde la exportación de capitales reemplaza a la exportación de mercancías, y la rivalidad por el reparto del mundo entre grandes potencias se intensifica. Vemos que la Estrategia de 2025 es un manual operativo para esta fase. Su obsesión por la “reindustrialización”, el “reshoring” de cadenas de suministro y el dominio en tecnologías críticas no es sino el intento de recomponer la base material —el capital monopolista— que ha sido erosionada por la globalización. Cuando el documento declara que “el futuro pertenece a los que fabrican”, está reconociendo que el poder imperial requiere una base industrial doméstica sólida para sostener su complejo militar-industrial y competir con otras potencias, principalmente China. La retórica proteccionista y los aranceles “históricos” no buscan el aislamiento, sino fortalecer al capital estadunidense para competir mejor en el saqueo global de recursos y mercados.
La Estrategia enfatiza sin rubor la preservación del dominio del sector financiero estadunidense, el estatus del dólar y el uso de los mercados de capital como “herramientas” de política de seguridad. Esto no es más que la explicitación de cómo la oligarquía financiera utiliza el aparato estatal para asegurar sus intereses globales. El llamado a “vincular las monedas” de países de bajos ingresos al dólar es la expresión contemporánea de la exportación de capital y la sujeción financiera de los Estados “débiles”. La paz que pregona el documento —los ocho conflictos “resueltos”— es la Pax Americana del siglo XXI: una paz coercitiva impuesta para estabilizar mercados, asegurar rutas comerciales y permitir la acumulación de capital sin las perturbaciones de la guerra abierta, salvo cuando sea necesaria una demostración de fuerza como la “Operación Martillo de Medianoche”, ejecutado contra Irán en junio pasado, o el secuestro de un jefe de Estado para apropiarse de los recursos de un país, operado en Venezuela el pasado 3 de enero.
Toda la sección sobre Asia de la Estrategia es un tratado de contención contra China, un rival imperialista en ascenso. Las acusaciones de “prácticas predatorias” y “robo de propiedad intelectual” enmascaran la competencia feroz por los mercados, las cadenas de suministro y la supremacía tecnológica. La insistencia en que los aliados aumenten su gasto militar hasta el 5 por ciento del producto interno bruto (PIB) y asuman más cargas es la movilización de un frente unido de capitales aliados (Europa, Japón, Corea) bajo el mando estadunidense para enfrentar colectivamente al rival chino.
La retórica sobre soberanía y “primacía de las naciones” es profundamente hipócrita. Mientras proclama respetar la soberanía de otros, la estrategia declara abiertamente su derecho a hacer cumplir un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe en el Hemisferio Occidental, negando a potencias extra-hemisféricas cualquier influencia. Esto es el derecho imperial a una esfera de influencia exclusiva. Del mismo modo, el desdén hacia las instituciones multilaterales es reflejo de que no acatará nada que se interponga a los intereses del capital monopolista estadunidense.
En conclusión, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 informa al mundo que el imperialismo de Estados Unidos se ha quitado la máscara. Y que al proteccionismo interior le acompaña una política exterior más agresiva. Además, ordena una coalición de Estados vasallos movilizados contra el principal competidor. Busca consolidar un imperio más eficiente.
No parece que vaya a tener resultado y que logre frenar el declive de Estados Unidos. Sin embargo, sí profundizará el desastre y hará más oscura la noche que padecen los pueblos. Y es apenas el primer año.


