Sergio León Cervantes
México firmó el Tratado de Libre Comercio con Israel en el año 2000. Fue el primer TLC de Israel con América Latina y uno de los primeros de México fuera de Norteamérica. Han pasado más de 24 años y, sin embargo, es probablemente el tratado más subutilizado del país.
El dato es contundente: mientras el comercio de México con Estados Unidos supera los 800 mil millones de dólares anuales, el intercambio con Israel ronda apenas los 1,200 millones de dólares, según cifras de la Secretaría de Economía.
Es decir, menos del 0.15% del comercio exterior mexicano. Una cifra marginal si consideramos que Israel es la startup nation del planeta, con más de 9,000 empresas tecnológicas activas, la mayor densidad per cápita de startups del mundo y uno de los países con mayor inversión en investigación y desarrollo respecto a su PIB (más del 5%), por encima incluso de Estados Unidos y la Unión Europea.
El tratado permite arancel cero en más del 90% de los productos industriales y preferencias relevantes en agroalimentarios.
Pero México lo ha usado, en esencia, para lo básico: importar maquinaria, componentes electrónicos y fertilizantes; exportar tequila, cerveza, alimentos procesados y autopartes. Nada más.
Lo que no hemos hecho es lo verdaderamente estratégico: usar el TLC como plataforma de transferencia de inteligencia productiva.
Israel no es un país de volumen, es un país de solución. Sus ventajas están en:
- Agrotecnología (riego por goteo, semillas resistentes, agricultura de precisión).
- Gestión del agua (desalinización, reutilización, eficiencia hídrica).
- Ciberseguridad.
- Biotecnología y salud digital.
- Energía solar y almacenamiento.
- Smart cities y sensores urbanos
Hoy México enfrenta tres crisis estructurales: escasez de agua, baja productividad agrícola y estancamiento industrial. Israel tiene soluciones para las tres. Pero seguimos comprando tecnología como consumidores, no como socios estratégicos.
Y aquí entra Quintana Roo.
El sur del estado tiene más de 500 mil hectáreas con potencial agroproductivo subutilizado. El norte concentra una de las mayores infraestructuras hoteleras del mundo, con altísimos consumos de agua y energía. Cancún, Tulum, Playa del Carmen y Chetumal podrían convertirse en laboratorios reales de tecnología israelí aplicada al turismo, al agro y a las ciudades inteligentes. Los números son claros:
- La implementación de riego inteligente puede incrementar la productividad agrícola entre 30% y 50%.
- La eficiencia hídrica en hoteles puede reducir hasta 40% el consumo de agua potable.
- Los clústeres agrotech y watertech generan en promedio entre 5 y 8 empleos directos por cada millón de dólares invertidos.
- Cada dólar invertido en tecnología productiva genera multiplicadores económicos de entre 1.6 y 2.4 veces.
Aplicado a Quintana Roo, un programa serio de atracción tecnológica vía TLC Israel podría significar:
- Miles de empleos técnicos bien pagados.
- Nuevas carreras universitarias.
- Menor presión ambiental.
- Mayor resiliencia económica.
- Menos dependencia del turismo tradicional.
El problema no es el tratado. El problema es la visión.
“El TLC México–Israel no es para vender más aguacates, es para dejar de ser un país que sólo exporta recursos y empezar a ser uno que exporta inteligencia aplicada”.
México tiene el acuerdo. Tiene la puerta abierta. Tiene el socio ideal. Lo único que no ha tenido es una estrategia. Y Quintana Roo, paradójicamente, tiene todo para ser el primer estado que lo use como debe ser: no como un tratado comercial, sino como un tratado de futuro.
Israel–Quintana Roo: del turismo a la inteligencia.
¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima, que el éxito ya lo tenemos.
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