POR KUKULKAN
LA DERECHA mexicana encontró hace tiempo su talismán más gastado: Venezuela. No importa el tema, el contexto ni la evidencia. Si sube el salario mínimo: Venezuela. Si se construye una refinería: Venezuela. Si la presidenta habla mucho: Venezuela. Si llueve, si tiembla o si pierde su candidato: ¡ahí viene Venezuela! La caricatura ya no da risa, pero sí vergüenza ajena.
LA NARRATIVA opositora ha reducido el análisis político a un espantajo de feria. No es debate, es chantaje emocional. No es argumento, es miedo en aerosol. La derecha no compara; amenaza. No explica; asusta. No convence; grita “chavismo” como quien grita “fuego” en un teatro lleno, esperando que el pánico haga el trabajo que ellos no supieron hacer con ideas ni votos.
EL PROBLEMA es que la realidad se empeña en no obedecer el guión.
México no expropió medios, no cerró congresos, no suspendió elecciones, no abolió la alternancia, no persiguió opositores por decreto ni convirtió al Ejército en partido político. Pero eso es lo de menos. Para la derecha, los hechos son estorbos cuando se trata de fabricar miedo.
PODRÁ gustar o no la Cuarta Transformación, pero ha gobernado bajo una Constitución que sigue intacta, con elecciones competitivas, con derrotas aceptadas, con una JN que tumba leyes, con prensa crítica que en siete años ha venido insultando todos los días al titular del Poder Ejecutivo sin amanecer clausurada. Un detalle menor que no cabe en la narrativa venezolana de utilería.
COMPARAR a México con Venezuela es como comparar un tamal con una arepa solo porque ambos llevan masa. La analogía sirve para el meme, no para el análisis. Pero la derecha insiste porque no busca explicar el país: busca asustarlo. Y lo más grotesco es que el discurso ya ni siquiera engaña. Se volvió tan predecible que perdió eficacia.
CADA VEZ que dicen “vamos rumbo a Venezuela”, los mexicanos revisan su realidad inmediata: cobran más salario mínimo que hace seis años, siguen votando, siguen cambiando gobernadores, siguen viendo noticieros críticos, siguen protestando sin que les caiga la Guardia Nacional encima. Y entonces el cuento se desinfla.
PERO la derecha no aprende. Prefiere la caricatura al diagnóstico. Prefiere el apocalipsis ficticio a revisar por qué perdió credibilidad, por qué se divorció de las mayorías, por qué su proyecto económico solo funcionaba para unos cuantos y su idea de democracia se agotaba cuando no ganaban.
VENEZUELA es su coartada perfecta. Les evita la autocrítica. Les permite no hablar de desigualdad, de corrupción pasada, de privilegios, de privatizaciones mal hechas, de saqueos legales. Es más fácil gritar “dictadura” que explicar por qué gobernaron décadas sin resolver lo básico.
LO IRÓNICO —y aquí la víbora muerde— es que muchos de los que hoy alertan sobre “el camino venezolano” fueron los mismos que aplaudieron fraudes, militarizaciones selectivas, represión de protestas y presidentes todopoderosos cuando el poder les pertenecía. La democracia, como la moral, solo les importa cuando están fuera del banquete.
LA 4T no es Venezuela. No lo fue, no lo es y no va camino a serlo. Es un proyecto con contradicciones, errores, tensiones y límites institucionales muy claros. Y precisamente esos límites son los que desmienten la fábula. Pero la derecha necesita el miedo como oxígeno. Sin Venezuela, se queda sin relato. Sin relato, se queda sin causa. Y sin causa, tendría que hacer lo impensable: reconstruirse con ideas, no con fantasmas.
MIENTRAS tanto, seguirán sacando a Chávez de la tumba cada vez que no sepan qué decir. El problema es que ya nadie se asusta del espantapájaros cuando lleva años sin espantar ni a los cuervos. En el Nido de Víboras lo sabemos: cuando el miedo se vuelve caricatura, deja de ser arma y se convierte en síntoma.


