POR KUKULKAN
LAS ELECCIONES locales de Coahuila en 2026 no serán una contienda más en el calendario político: serán una prueba de resistencia, un duelo de colmillos y un examen de supervivencia. Para Morena, el reto es demostrar que ya no sólo sabe ganar elecciones presidenciales y arrasar con el efecto arrastre, sino que puede disputarle el poder real —territorial, económico y simbólico— a uno de los últimos bastiones del viejo régimen. Para el PRI, en cambio, la elección representa algo más elemental: probar que sigue vivo, que aún muerde y que no está listo para convertirse en pieza de museo político.
COAHUILA no es cualquier estado. Es una de las pocas entidades donde el tricolor ha logrado conservar el poder casi sin interrupciones, blindado por una estructura territorial aceitada, una élite empresarial cómoda y una narrativa de ‘estabilidad’ que durante años funcionó como anestesia electoral. Aquí el PRI no sólo gobierna: administra, reparte, controla y, sobre todo, resiste. Pero las grietas ya son visibles.
EL 2024 fue un aviso, no un accidente. La victoria de Morena en Piedras Negras rompió un cerco que parecía infranqueable y dejó claro que el mapa electoral coahuilense ya no es monocromático. Fue una fisura en el muro priista, un recordatorio de que incluso los bastiones más sólidos se erosionan cuando la fatiga social se combina con el desgaste del poder. Y aunque el PRI logró retener municipios clave, lo hizo sin aplastamientos ni celebraciones desbordadas.
EN SALTILLO y Torreón, los márgenes fueron más estrechos de lo que el tricolor quisiera admitir en público.
AHÍ ES donde entra el verdadero dilema para ambos proyectos. Morena llega a 2026 con una marca poderosa, pero con una tarea pendiente: construir estructura local, liderazgos creíbles y narrativas propias, más allá del manual de campaña nacional. Ganar Coahuila no será cuestión de consignas, sino de operación política fina, algo que al partido guinda todavía le cuesta en territorios donde no gobierna. El reto no es menor: enfrentarse a un PRI que conoce cada sección electoral como la palma de su mano y que entiende el poder no como ideología, sino como mecánica.
PARA el PRI, en cambio, la elección será una especie de juicio final. Coahuila es uno de sus últimos refugios políticos y económicos, un estado donde aún puede presumir gobernabilidad, alianzas empresariales y control institucional. Perderlo no sería sólo una derrota electoral, sino un golpe simbólico devastador: la confirmación de que el partido que gobernó México durante décadas ya no puede defender ni sus propias trincheras históricas.
EL TRICOLOR jugará su carta favorita: el miedo al cambio. Advertirá sobre el ‘salto al vacío’, la ‘improvisación’ y el ‘riesgo Morena’. Intentará vender continuidad como virtud y estabilidad como logro, aunque para muchos ciudadanos esa estabilidad se parezca más a inmovilidad. El problema del PRI es que su discurso ya no seduce como antes: suena conocido, repetido, predecible. Y cuando el poder se vuelve costumbre, deja de generar lealtad.
MORENA, por su parte, apostará a la narrativa del relevo generacional y del fin de los cacicazgos. Hablará de alternancia, de justicia social y de romper pactos de élite. A cambio, deberá demostrar que no sólo sabe denunciar, sino gobernar; que no basta con señalar al PRI como pasado si no puede ofrecer un futuro convincente. En Coahuila, el voto no se regala: se disputa, se negocia y se trabaja.
BAJO este escenario, Coahuila 2026 será más que una elección local: será un termómetro nacional. Si Morena logra avanzar de nuevo, el mensaje será claro: ningún bastión es inexpugnable. Si el PRI resiste, podrá presumir que aún sabe defender territorio y que no todo el país está dispuesto a cambiar de piel. En el Nido de Víboras lo sabemos: aquí no gana el más puro, sino el que mejor muerde. Y en Coahuila, ambos proyectos políticos llegarán con los colmillos afilados… pero sólo uno saldrá sin veneno propio en la herida.


