POR KUKULKAN
HAY POLÍTICOS que tropiezan una vez y aprenden. Y hay otros que convierten el tropiezo en una política pública. En esa categoría comienza a instalarse el presidente municipal de Tulum, Diego Castañón Trejo, quien parece empeñado en demostrar que cada aparición pública puede superar a la anterior… pero no precisamente por sus aciertos.
HACE apenas unos meses consiguió lo que pocos alcaldes logran: hacerse viral a nivel nacional. No fue por una obra emblemática, ni por una estrategia de seguridad, mucho menos por un programa de gobierno innovador. Fue por anunciar, con absoluta solemnidad, que las playas de Tulum serían de libre acceso… siempre y cuando los visitantes consumieran en los establecimientos de la zona.
UNA FRASE que, por sí sola, resumió la contradicción. Acceso libre… con condición. Tan absurdo como decretar que el aire es gratuito, siempre y cuando primero se compre una botella de oxígeno. La explicación terminó convirtiéndose en meme y el alcalde quedó atrapado en esa maquinaria despiadada llamada redes sociales, donde las ocurrencias sobreviven mucho más que los comunicados oficiales.
PERO cuando parecía que aquella desafortunada declaración sería difícil de superar, apareció el segundo acto. Las denuncias de empresarios y comerciantes sobre presuntas extorsiones, cobros indebidos y actos de corrupción dentro del Ayuntamiento comenzaron a escalar hasta alcanzar medios nacionales. El tema dejó de ser un rumor de pasillo para convertirse en un problema político de primer orden.
LA RESPUESTA del alcalde fue inmediata. Anunció, con tono enérgico, que nueve servidores públicos habían sido cesados. Siete de Fiscalización. Dos de Protección Civil. Y asunto resuelto. O al menos esa pareció ser la intención. Aunque el mensaje que terminó enviando fue exactamente el contrario. Si existían funcionarios dedicados a extorsionar ciudadanos, entonces la pregunta inevitable es: ¿durante cuánto tiempo ocurrió sin que la autoridad municipal lo advirtiera?
Y SI SÍ lo sabía, la interrogante resulta todavía más incómoda. En política existe una regla tan vieja como el poder mismo: la responsabilidad no termina donde empieza el escritorio del subordinado. Los inspectores pueden cometer abusos. Los verificadores pueden excederse. Los mandos medios pueden fallar. Pero corresponde a quienes gobiernan construir los controles, supervisar el funcionamiento de la administración y asumir el costo político cuando esos controles fracasan.
POR ESO resulta insuficiente convertir a nueve funcionarios en los únicos protagonistas de una historia mucho más compleja. La corrupción administrativa rara vez florece en el vacío. Necesita omisiones. Necesita desorden. Necesita una cadena de mando incapaz —o desinteresada— de detectar lo que ocurre bajo sus propias oficinas. Y mientras esas preguntas siguen sin respuesta, el Ayuntamiento decidió reservarse incluso los nombres de los servidores públicos cesados.
SE TRATA de una transparencia bastante opaca. Lo preocupante, sin embargo, trasciende a Diego Castañón. Su administración vuelve a colocar en una posición incómoda a Morena, partido que deberá enfrentar en 2027 el reto de defender los estados conquistados durante el obradorismo, cargando además con el desgaste que provocan gobiernos municipales emanados del Partido Verde, aunque administrativamente se presenten bajo el paraguas de la Cuarta Transformación.
LO CIERTO es que para el ciudadano común las siglas importan poco. Lo que observa es el logotipo del gobierno. Y cuando un alcalde se equivoca, la factura política suele llegar a toda la coalición. Tulum representa hoy uno de esos casos donde el costo de la improvisación rebasa las fronteras del municipio. Diego Castañón gobierna uno de los destinos turísticos más importantes del país, una vitrina internacional donde cada error amplifica su eco.
SIN EMBARGO actúa con la ligereza de quien cree que basta una conferencia de prensa para desactivar una crisis. Quizá ahí radique el verdadero problema. Hay coronas que pesan más que otras. La de Tulum, por su relevancia económica, política y turística, exige oficio, templanza y capacidad para administrar crisis. Virtudes que no se improvisan. Gobernar no consiste únicamente en cortar listones o posar para la fotografía. También implica medir las palabras, anticipar consecuencias y entender que el poder no se ejerce desde la ocurrencia.
A VECES Diego Castañón transmite la imagen de un joven príncipe convencido de que el reino funciona con sólo anunciar decretos desde el balcón del palacio. Pero los reinos modernos tienen una diferencia fundamental. Cuando el monarca se equivoca, no sólo se desgasta la corona. También pierde prestigio el escudo que la sostiene. Y eso, en tiempos donde Morena busca refrendar la confianza ciudadana, es un lujo político que la Cuarta Transformación difícilmente puede darse.




