El pez por su boca muere 

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POR KUKULKAN

DE MADRUGADA, cuando el alba apenas pintaba los primeros rayos del sol sobre los pantanos de Tabasco, Jorge Romero Herrera se levantó con espíritu de pescador y en cuestión de minutos el dirigente nacional del PAN preparó caña, carrete, carnada, anzuelos y hasta la hielera, convencido de que aquella jornada prometía una pesca abundante en aguas donde los azules llevan años regresando prácticamente con las redes vacías de votantes.

SE PUSO las botas, se acomodó el sombrero imaginario y emprendió camino hacia Macuspana. Previamente, había estudiado el mapa y escogido cuidadosamente el sitio para lanzar el anzuelo: nada menos que las aguas donde comenzó a nadar políticamente Andrés Manuel López Obrador. Tiró la línea. Esperó. Movió la carnada. Volvió a esperar. Pero los peces no parecían muy interesados ni mucho menos convencidos en cambiar de estanque.

ANTE desilusionante jornada, al pescador azul no le quedó de otra más que condimentar su incursión con una ocurrencia gastronómico-electoral: un “pejelagartote” como plato fuerte y, de postre, un “pejelagartito junior”. ÑAM, ÑAM. La política mexicana servida a las brasas. Y es que si los electores no aparecieron, lo que sí mordió el anzuelo fue la conversación mediática. Y ahí Romero consiguió pesca: titulares, fotografías, videos, publicaciones en redes y la inevitable interpretación de que había osado penetrar en la mismísima tierra del obradorismo ¡Vaya expedición!

SIN EMBARGO, una cosa fue lo que realmente ocurrió y otra bastante diferente la epopeya que algunos quisieron cocinar alrededor de la visita. Romero recorrió calles, tocó puertas, habló con ciudadanos y militantes y llevó el mensaje de que Acción Nacional pretende aumentar su presencia en Tabasco rumbo a 2027. Eso ocurrió. Lo demás fue escenografía. El PAN quiso cargar de simbolismo la entrada de su dirigente a Macuspana. Algo así como plantar una bandera azul en territorio del adversario y anunciar que hasta el santuario político del expresidente puede disputarse.

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LA FOTOGRAFÍA era irresistible: el dirigente del PAN caminando por el municipio donde nació el hombre cuyo movimiento político terminó desalojando precisamente a Acción Nacional y a sus aliados del PRI de Los Pinos. Aunque entre una fotografía y una estrategia electoral hay tantos kilómetros como entre Macuspana y Palacio Nacional. El propio Romero reconoció que para el blanquiazul las cosas están “cuesta arriba” en Tabasco. Y vaya que lo están.

POR ESO resulta excesivo imaginar que una excursión política de unas cuantas horas pueda comenzar a dinamitar una identidad construida durante décadas. López Obrador no construyó su arraigo tabasqueño con una caminata, una conferencia de prensa y una degustación de pejelagarto. Y poderlo desmontar tampoco ocurrirá durante la sobremesa de un partido con presencia testimonial.

ALGUNOS columnistas críticos del PAN fueron todavía más lejos y prácticamente redujeron la expedición a propaganda de un partido que en la pasada elección presidencial obtuvo el 1.7% de la votación en Tabasco. Se trata de una interpretación basada en resultados estadísticos en contraste con la interpretación muy personal de Romero de pensar que su partido puede convertir semejante incursión en el principio de una recuperación electoral. Ya las urnas se encargarán de demostrar quién pescó y quién terminó de carnada.

SÓLO que en el camino hay un problema bastante más interesante. Romero llegó hablando de inseguridad, salud, corrupción, servicios públicos y presuntas irregularidades electorales. Temas legítimos para cualquier oposición. Sin embargo, nuevamente apareció esa vieja receta opositora: explicar con enorme entusiasmo todo aquello que Morena hizo mal, dejó de hacer o debería haber hecho. Mucho diagnóstico del restaurante de enfrente. Poco menú propio sobre la mesa. Acusar que el cocinero vecino quemó el pescado no significa automáticamente demostrar que uno sabe cocinarlo mejor.

EL PAN sostiene nacionalmente que tiene propuestas y presume sus llamadas “111 Soluciones para México”. Perfecto. El problema es que en Macuspana aquello quedó sepultado bajo algo mucho más apetitoso para cámaras y redes sociales: Morena, López Obrador, el simbolismo territorial y, desde luego, el dichoso pejelagarto. Sobre las propuestas concretas para enamorar al elector tabasqueño se habló bastante menos que del menú.

QUIZÁ ahí está la verdadera captura de aquella jornada: no lograron atraer a electores morenistas decepcionados, pero sí atrajeron reflectores. Romero podrá regresar satisfecho porque consiguió que hablaran de él y del PAN en uno de los territorios de mayor simbolismo para el obradorismo. Como operación propagandística, el anzuelo encontró peces mediáticos, pero como estrategia para modificar la correlación electoral de Tabasco, todavía falta comprobar que exista algo más que caña, carnada y fotografía.

PROBABLEMENTE olvida que para pescar votos hacen falta organización, candidatos competitivos, presencia permanente y, sobre todo, ofrecer algo suficientemente atractivo para que el elector decida morder el anzuelo. No basta llegar al pantano, aventar la línea durante unas horas y regresar a la Ciudad de México presumiendo la pesca. Y menos cuando el pescador termina convertido en protagonista de su propia ocurrencia culinaria.

TAL VEZ, entre tanta emoción culinaria, nadie en la mesa recordó advertirle aquel viejo refrán que suele perseguir a quienes hablan demasiado frente a los micrófonos: el pez, por su boca muere. Y en política, como en los pantanos, hay que tener cuidado: a veces uno sale muy temprano creyendo que va de pesca… y termina siendo el pescado.

@Nido_DeViboras

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