Rodolfo ‘El Negro’ Montes
En este país de desaparecidos y fantasmas con nombre de alias, la prisión siempre ha sido un agujero negro. Un limbo donde los hombres se pierden y las identidades se canjean por un fajo de billetes o una amenaza de muerte. Pero parece que, en las oficinas de la Secretaría de Seguridad, allá donde Omar García Harfuch mastica el plomo de la realidad, han decidido que ya basta de jugar a las escondidas con los muros de piedra.
Harfuch está agarrando al toro por los cuernos, y el toro es una bestia vieja, mañosa, que se llama Sistema Penitenciario. El plan no es de saliva, viene con tecnología de esa que parece de ciencia ficción, pero que aquí se necesita para que la justicia no sea ciega, sino que tenga vista de lince.
Ya no bastará con la foto de frente y de perfil, esa que a veces sale borrosa por el descuido o el soborno. Ahora, el expediente de los que habitan el encierro llevará el mapa del iris, la arquitectura del rostro y el eco de la voz. Es un cerrojo digital. Un “aquí estás y no te nos pierdes”, ni te nos transformas en otro bajo el amparo de la sombra de la celda.
El rastro de un hombre ya no será solo su sombra en el patio; será la huella de su mirada y el tono de su confesión, guardados en una base de datos que no acepta parpadeos.
El anteproyecto de los Lineamientos del Registro Nacional de Información Penitenciaria busca que no haya escape administrativo. Quieren que en los 24 meses que vienen, desde el penal más recóndito de la sierra hasta el más blindado del centro, todos hablen el mismo idioma de bits y datos biométricos.
No solo es el iris. Es todo. Es el árbol genealógico del crimen y de la pena, obteniendo la identidad total, alias, CURP, domicilio y hasta el rastro de los hijos que crecen entre rejas. Así como la ruta jurídica, el delito, la sentencia, quién los detuvo y cuánto les falta para volver a pisar la calle.
Los funcionarios que se “olviden” de llenar estos datos no solo recibirán un regaño; hay cárcel y procesos para los que dejen la puerta abierta por omisión.
Se siente un aire distinto. Hace unos días, los de arriba —México y Estados Unidos— estrecharon manos para apurar las extradiciones. Van noventa y tantos fugitivos de alto vuelo mandados al otro lado en lo que va del año. Y para que esos “objetivos de alto valor” no se nos desdibujen en el camino, Harfuch está sellando las grietas del sistema con esta vigilancia total.
Es un juego de ajedrez en un tablero de sangre. Harfuch sabe que, para controlar la calle, primero hay que controlar el infierno de las prisiones, porque desde ahí, desde el encierro, se siguen dictando sentencias de muerte afuera. Ponerle nombre, voz y mirada fija a cada interno es, quizás, la única forma de que el Estado deje de ser el espectador de su propia derrota.
A ver si así, con el ojo bien puesto en el monitor, la justicia deja de ser ese fantasma que nos atraviesa sin mirarnos.


