POR KUKULCÁN
EN LA SCJN hay dos tipos de arte: el que nunca existió y desató portadas histéricas, y el que sí existió, tuvo inventario, medidas, técnica, activo fijo… y terminó colgado en la pared de algún domicilio particular. Adivine usted apreciable lector cuál indignó más a la derecha.
EL PRIMER caso es ya una pieza clásica del museo de la ficción conservadora: el famoso “retrato millonario” de la ministra Lenia Batres. Una pintura fantasma, invisible, inexistente, pero tan poderosa que llenó columnas, noticieros, memes y discursos sobre “el derroche”, “la vanidad” y “la Corte tomada por el populismo”. Nunca hubo óleo, nunca hubo artista, nunca hubo factura, nunca hubo inventario. Pero hubo furia. Mucha.
EL SEGUNDO caso, en cambio, es más modesto, menos estridente y mucho más incómodo: retratos reales, con medidas precisas, números de inventario y actas oficiales, que la vieja Corte decidió regalarse a sí misma con toda la elegancia burocrática del “pura y simple”.
Y ES QUE mientras los voceros de la pulcritud republicana gritaban “¡escándalo!” por una pintura que solo existía en su imaginación, el Comité de Gobierno y Administración de la Suprema Corte —ese órgano tan serio, tan sobrio— autorizaba la autodonación de obras de arte propiedad del Poder Judicial. No es metáfora. Es literal.
AHÍ ESTÁ el retrato al óleo del ministro Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, 50 por 40 centímetros, autora Anamario Hernández, inventario 570470, activo fijo 51000376. Obra institucional, patrimonio público. Destino final: el propio ministro retratado. Aprobado por unanimidad. Sin rubor. Sin debate público. Sin columnas indignadas.
TAMBIÉN está la obra titulada ‘Ministra Presidenta Norma Lucía Piña Hernández’, técnica de dibujo impreso en papel metálico sublimado con acrílico, 60 por 70 centímetros, sin marco, inventario 571663, activo fijo 50000101. Destino final: la autora. Donación gratuita. Firmas, sellos y votos unánimes incluidos.
Claro que no hubo mesas de análisis, ni editoriales solemnes, ni analistas rasgándose las vestiduras. Porque no es lo mismo un cuadro inexistente de una ministra incómoda que un cuadro real de ministros bien conectados. La derecha mediática funciona así: grita cuando conviene, calla cuando incomoda.
EL RETRATO fantasma de Lenia Batres fue perfecto porque permitía construir un relato: la ministra austera convertida en caricatura de lujo, el “nuevo régimen” derrochando como virreinato. No importaba que no existiera la pintura; lo importante era que existiera el titular.
EN CAMBIO, las autodonaciones documentadas son aburridas. Tienen actas, fechas, técnicas artísticas y números de inventario. No sirven para memes. No generan indignación selectiva. No ayudan a sostener la narrativa de que “antes todo estaba bien”.
Y ESO que aquí no hablamos de interpretaciones jurídicas, sino de hechos administrativos: bienes públicos desincorporados para beneficio privado por decisión de quienes los administraban. Los hoy exministros de la Corte regalándose su propio retrato. La institucionalidad convertida en galería de despedida.
LO IRÓNICO es que quienes acusaron a Lenia Batres de “querer colgar su ego en la Corte” nunca explicaron por qué nadie gritó cuando los retratos sí salieron del edificio, no rumbo a un museo, sino a casas particulares. Tal vez porque en el viejo régimen judicial el problema no era el retrato, sino quién aparecía en él. Si el rostro era incómodo, se armaba el escándalo. Si el rostro era del club correcto, se firmaba el acta y se entregaba el cuadro.
ASÍ, en el Nido de Víboras queda claro el contraste: una ministra linchada mediáticamente por una pintura que nunca existió y una Corte que regaló cuadros que sí existieron, con medidas exactas y sellos oficiales. Al final, el arte no miente. Mienten quienes fingen indignarse. Y en este caso, el verdadero óleo no está en la pared, sino en el cinismo con el que algunos prefieren hablar de fantasmas antes que mirar los inventarios.


